Pureza - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 El Arquitecto de la Arena
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13: Capítulo 13: El Arquitecto de la Arena 13: Capítulo 13: El Arquitecto de la Arena Basil siempre se había visto a sí mismo como el arquitecto de su pequeño mundo social.
Él era el centro, el que mantenía el equilibrio entre Alex, el seguidor; Steven, el necesitado; y Leila, la observadora que añadía un toque de clase al grupo.
Era un ecosistema que entendía y controlaba.
O eso creía.
Todo empezó a desmoronarse con la llegada de Kael.
Primero fue el incidente con Javier.
Un movimiento brusco e impredecible que sacudió la jerarquía establecida.
Luego, la forma en que Kael se ganó a los profesores, creando una esfera de influencia que Basil no podía tocar.
Y ahora, esto.
Lo había visto todo.
Había visto a Steven quebrarse frente a Leila, su postura derrumbarse como un castillo de naipes.
Un fastidio.
Steven siempre había sido el eslabón débil, el que requería más mantenimiento.
Pero era su eslabón débil.
Verlo exponer su vulnerabilidad así, fuera del control del grupo, le molestó.
Era un síntoma de que su autoridad se estaba debilitando.
Y luego, lo peor.
Vio a Leila acercarse a Kael en la biblioteca.
La observó con esa concentración que antes solo dedicaba a sus amigas o, en el mejor de los casos, a escuchar sus propias ideas.
Vio cómo Kael le decía algo, y cómo la cara de Leila se iluminaba con una comprensión y una gratitud que a él le costaba trabajo arrancarle.
Y entonces, lo vio.
El abrazo.
Fue como un relámpago en un día despejado.
Breve, sí, pero devastadoramente íntimo en su contexto.
Leila no abrazaba a la gente así.
No lo abrazaba a él así.
Y mucho menos a un extraño, a un elemento disruptivo como Kael.
Una oleada de calor, mezcla de incredulidad y una ira fría, le subió por el cuello.
¿Qué le había dicho ese fantasma para merecer eso?
¿Qué tenía él que Basil no tuviera?
No era fuerza, no era inteligencia…
era esa maldita impredecibilidad.
Kael era un agujero negro social que estaba absorbiendo a Leila, y ahora, por lo visto, también había empezado a arreglar a Steven.
Porque luego vio a Leila buscar a Steven, que andaba como un alma en pena, para luego hablar con él.
Siendo sinceros, no pudo oír lo que decían, pero vio la postura de Steven cambiar.
No era un cambio dramático, pero la espalda encorvada se enderezó un poco.
La desesperación en sus ojos fue reemplazada por un destello de…
¿determinación?
¿Acaso fue por lo que le dijo Kael?
Sin duda, tenía que ser eso.
Leila estaba transmitiendo las palabras de su oráculo.
Eso era lo más peligroso.
Kael no solo estaba robando la atención de Leila; ahora estaba dando órdenes a través de ella, arreglando los problemas de su grupo.
Se estaba convirtiendo en el poder detrás del trono, y Basil no lo podía tolerar.
Esperó a que Leila se quedara sola, al final de la jornada, junto a su casillero.
—Leila, un momento —dijo, con su voz más calmada, la que usaba cuando quería sonsacar información sin parecer demasiado interesado.
Ella se volvió, todavía con un resto de esa energía positiva que había traído de su encuentro con Kael.
—¿Qué pasa, Basil?
—Vi que hablaste con Steven.
Parecía…
mejor.
Por un momento pensé que iba a colapsar en el pasillo —comentó, haciendo un gesto de preocupación fingida.
—Ah, sí.
Solo le di un pequeño consejo.
Algo para que se sienta mejor.
—¿Un consejo?
—Basil sonrió, forzando naturalidad—.
Vaya, no sabía que te habías vuelto una gurú de la autoayuda.
¿De dónde lo sacaste?
¿De un libro?
Leila lo miró, y por un instante, Basil creyó ver un atisbo de cautela en sus ojos.
Ella conocía sus juegos.
—No —dijo, sencillamente—.
Alguien me lo sugirió.
Y funcionó.
No mencionó a Kael.
Pero no hizo falta.
La forma en que evitó su mirada, el leve rubor en sus mejillas, lo confirmó todo.
Basil asintió, la sonrisa aún pegada a su rostro como una máscara.
—Bien.
Me alegro por él.
De verdad.
Cuando Leila se fue, la sonrisa se desvaneció de su cara.
Se quedó mirando el casillero vacío, su mente trabajando a toda velocidad.
Kael ya no era solo el callado peligroso, ni la herramienta útil.
Se había convertido en un rival.
Un rival que no jugaba con las mismas reglas, que no buscaba popularidad, pero que, sin esfuerzo aparente, estaba logrando lo que Basil siempre había querido: la genuina atención y admiración de Leila, y ahora, incluso la lealtad de Steven.
El ecosistema estaba cambiando.
Y Basil, el arquitecto, se sentía de repente como un simple espectador en su propio reino.
Tenía que hacer algo.
Pero ¿Qué se le podía hacer a alguien que no quería nada de lo que el mundo social podía ofrecer, excepto, al parecer, el afecto de una chica?
El juego se había vuelto mucho más complicado.
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