Pureza - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 Forjado en Acero y Memoria
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15: Capítulo 15: Forjado en Acero y Memoria 15: Capítulo 15: Forjado en Acero y Memoria Thump.
Thump.
THUMP.
Cada golpe contra el saco de boxeo era un latido más en el silencio del sótano.
El sudor le corría por la espalda y el pecho, dibujando caminos salados sobre piel enrojecida.
Kael no entrenaba; se exorcizaba.
Y esta noche, los fantasmas del pasado habían salido a bailar con el ritmo de sus puños.
Con cada impacto, una imagen se incrustaba en su mente.
Thump.
Él, quien creció en un pueblo, hijo de padres que su comunidad consideraba perfectos, fue cargado con una presión extraña que le daba la necesidad de ser perfecto también, obligándolo a negándole por completo la posibilidad de equivocarse sin sentirse juzgado, haciéndole sentir cada vez más ridículo ante cualquiera de sus fallas, sin importar cuan pequeña fuera.
Thump.
Él, quien, sin haber cumplido ni siquiera los diez años, al intentar entablar conversación, nunca llego a conectar con las demás.
Sus palabras eran entrometidas, y constantemente incomodas por su búsqueda de una razón o motivo, que en la mayoría de las ocasiones terminaba siendo en un momento poco oportuno, causaron el desprecio y la necesidad de los demás en hacerlo callar cada vez que quería aportar con una idea.
Thump.
Él, un poco mayor, con el corazón palpitándole con fuerza, se había acercado a una chica de cabello claro y sonrisa pegadiza.
Sintió por primera vez que el mundo podía tener algo de color más allá de su familia.
Y en un acto inocente, le había hablado de lo fascinante de las constelaciones, de la forma en que las historias antiguas se dibujaban en el cielo.
THUMP.
La escena, de una forma nítida y cruel.
Le recordó a su propio hermano, quien, ante un acto de venganza porque él no había cerrado la boca ante sus secretos, este rebelo su amor infantil hacía la chica que le interesaba.
¡THUMP!
Ella, sin filtro alguno, con aquella misma sonrisa pegadiza y un gran tono de burla, se rio ante sus sentimientos expuestos, burlándose por completo del hecho de que él la estuviera amando.
Siendo que después de algunos días también se volvió a burlar de él cuando salió el tema en una salida al rio entre las dos familias.
¡¡THUMP!!
Esa fue la última vez que mostró su verdadero ser.
Esa noche, recordando su pasado, y todos aquellos momentos en que se sintió de lado y ridiculizado, un odio profundo lo invadió, y en un arranque de ira, a pesar de no tener su cuerpo completamente desarrollado, golpeo la pared de su cuarto hasta hacerlo sangrar.
Y tras desquitar su enojo contra el concreto, estando sudando, herido y con los nudillos magullados empezándole a arder poco a poco, se hizo un juramento.
No cambiaría por ellos.
No se doblegaría.
No agacharía la cabeza para complacer a nadie.
Sería el loco, sí.
Pero sería un loco forjado en acero.
Un loco que no necesitaba de su validación, de su compasión o de su amor.
Un loco no por ser lo que ellos dicen, sino un loco que construía sus propias reglas, su propia fortaleza, y vivía dentro de sus muros para siempre sin que nadie lo molestara.
Y hasta ahora… había funcionado.
De pronto, sus puños se detuvieron en el aire.
Jadeante, se apoyó contra el saco, la frente pegada a la lona áspera.
La imagen de Leila irrumpió en su memoria, no como un recuerdo doloroso, sino como un destello nuevo, desconcertante.
Su sonrisa cuando entendía algo.
La luz en sus ojos cuando le daba un consejo que funcionaba.
Y el abrazo.
El maldito, cálido, silencioso abrazo que había hecho añicos por un instante todas sus defensas.
¿Y si…?
La pregunta era un virus, tratando de infiltrarse en su mente, en su corazón.
¿Y si abro una rendija?
Solo una.
No todo.
No el corazón.
Solo…
la puerta de la fortaleza.
Lo suficiente para llamarla amiga.
La idea era a la vez tentadora y aterradora.
Implicaba un riesgo.
Implicaba la posibilidad de que ese “amiga” se convirtiera en algo más, y que ese “algo más” terminara como siempre: en humillación y dolor.
Se enderezó, respirando hondo.
No.
No estaba listo.
No permitiría que ella, o nadie, derribara en semanas lo que le había llevado años construir.
La lógica era su escudo, y la desconfianza, su espada, su verdadera amiga.
Solo seguirían siendo…
socios.
Colegas académicos.
Nada más.
Pero esa noche, el sueño que lo atormentaba de vez en cuando, fue uno de los tantos que lo dejaban con un gran vacío al despertar.
No hubo campos de girasoles ni persecuciones aterradoras.
Solo estaban él y Ella, de pie en un lugar sin características, bañados por una luz suave.
Ella no decía nada.
Solo le sonreía.
No era una sonrisa de lástima o de diversión, sino de una dulzura profunda y un orgullo inmenso.
Un orgullo por tenerlo, por estar a su lado, por ser la persona a quien él permitía acompañarlo en ese espacio privado.
Era una mirada que aceptaba su locura, su pureza, su fortaleza de hielo, y no quería cambiarla, sino habitarla.
Y en ese sueño, el rostro de Ella era claro.
Era Leila.
Al momento de despertar.
Kael no se levantó con un sobresalto, pero si con una calma extraña que lo hacía sentir frio en las mañanas.
La sensación de aquella sonrisa lo envolvía como un manto.
Se sentó en la cama, tratando de aferrarse a la imagen, al sentimiento de paz y aceptación que había experimentado.
Pero la memoria onírica es traicionera.
Para cuando el sol iluminó por completo su habitación, el rostro específico se había desdibujado.
Solo quedaba el eco de la emoción, la sombra de una sonrisa y la certeza de que, en algún lugar de su mente, alguien lo miraba con un orgullo que él nunca antes había conocido.
La imagen de Leila se había desvanecido de la memoria consciente del sueño, pero una semilla había sido plantada.
La fortaleza no se había derrumbado, pero en sus muros más internos, una grieta había florecido en forma de una pregunta para la que no tenía respuesta lógica: ¿Y si abrirse no significaba debilitarse, sino encontrar un nuevo tipo de fuerza?
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