Pureza - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 El Santuario Violado
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16: Capítulo 16: El Santuario Violado 16: Capítulo 16: El Santuario Violado El tiempo paso, y aquella relación utilitaria que Kael tenía con Leila se fue acercando poco a poco.
El que él le sacara una carcajada con un comentario oportuno en medio de sus charlas o de los desvaríos de ella, los cuales, cada vez eran más constantes, le hizo sentirse seguro.
Sus comentarios eran apreciados, y en vez de ser recibido por una mirada incomoda se sintió aceptado a pesar de lo poco que podía dar.
El intercambio de conocimientos, del cual, Kael se beneficiaba enseñando, cada vez se sentía como algo más que un contrato verbal.
Y aquellas horas de estudio venían acompañadas de juegos, charlas y desvaríos que Kael empezaba apreciar por tontos que pudiera ser si venían de ella.
No fue hasta seis meses.
Seis meses desde que llego, para que fuera tiempo necesario para que el paisaje social del salón 9B se hubiera reconfigurado por completo.
Donde antes había un abismo entre Kael y los demás, ahora había un puente constante y bien transitado que lo unía a Leila.
Para sus compañeros, ver a la chica de la tiara negra riendo junto al “fantasma” en su banca del patio era ya parte del mobiliario escolar.
Pero para el grupo de amigos de la chica, esto era un espectáculo que aún no podían digerir.
Estando reunidos en su esquina habitual, forcejeando por hablar de cualquier cosa, que no fuera esa inquietante relación de su amiga con el extraño silencioso, fijando su tema de conversación sobre el partido de fútbol, el último examen o cualquier otra cosa de su día a día con tal de no voltear a ver a ese par, pero sus miradas y su atención eran imanes atraídos por esa banca distante.
La risa de Leila, fresca y genuina cortó el aire una vez más, interrumpiendo la conversación forzada de Basil.
—¿De qué estarán hablando ahora?
—murmuró Steven, con una mezcla de curiosidad y la vieja herida que, aunque cicatrizaba con el ejercicio, aún le dolía al tacto.
—Probablemente de como conquistar al mundo o algo igual de emocionante —respondió Basil con burla y sarcasmo, guiado por su envidia, pero aun así su voz carecía de su fuerza habitual.
Estaba pálido.
Alex solo pudo mirar incomodo el comportamiento de Basil ante la nueva amistad de su amiga, por lo que prefirió cerrar la boca y seguir disfrutando de su bebida mientras sorbía de un pitillo, y al oír otra risa enérgica de Leila a la distancia, los tres volvieron a voltear a ver brevemente, siendo que Basil y Steven volvieron a lo suyo sin darle mayor importancia, pero, Alex, cuyo poder de observación se había afinado como un cuchillo por su constante necesidad de adaptarse a su entorno, dedico un poco más de tiempo a observarlos, y dándose cuenta de algo importante, contuvo el aire.
—Esperen —susurró, inclinándose hacia adelante—.
¿Acaso no es esa la libreta de Kael?
Basil y Steven giraron la cabeza al unísono.
La escena era clara e innegable: Leila sostenía en sus manos el cuaderno negro, el talismán de cuero desgastado que nunca se separaba de Kael.
Sus dedos pasaban las páginas con una lentitud reverencial, mientras sus ojos, llenos de asombro, devoraban el contenido.
Y Kael…
Kael la observaba atentamente con la intensión de que no viera más de lo permitido, como si fuera un dragón mostrando parte de su palacio, pero impidiendo que vieran sus más grandes tesoros.
Estaba sentado a su lado, su postura algo más tensa de lo normal, pero en sus ojos…
había un atisbo de algo que ninguno de ellos le había visto nunca: expectativa.
Esperaba, silenciosamente, la reacción de ella.
El silencio en el grupo fue absoluto.
Era como presenciar un milagro secular, o una herejía.
—Pero…
esa libreta…
—tartamudeó Steven, incapaz de completar la frase.
Todos recordaban la vez que un compañero curioso había intentado echar un vistazo por encima del hombro de Kael y se había encontrado con una mirada tan gélida y peligrosa que había retrocedido de inmediato, disculpándose.
Era un territorio vetado para cualquiera, un sanctasanctórum cuya violación equivalía a una declaración de guerra.
Y ahora, Leila no solo la tenía en sus manos, sino que la leía con la bendición tácita de su dueño.
—Él…
le está mostrando su diario —dijo Alex, articulando la realidad imposible—.
Le está mostrando…
lo que piensa ¿No?
La palabra “diario” resonó en el grupo.
No era solo un cuaderno de apuntes.
Era la mente de Kael expuesta en papel.
Y Leila en esos momentos tenía acceso, con restricciones tal parece, pero acceso, al fin y al cabo.
La intervención era inevitable.
Esperaron a que terminara el recreo, acechando cerca de los casilleros, y aprovechando que Leila se separó de Kael dejándola momentáneamente sola.
Fue Basil quien, con una urgencia que disfrazó de simple curiosidad, la interceptó.
—Leila, un momento.
Ella se volvió, y en sus ojos aún brillaba el resplandor de lo que acababa de ver.
—¿Sí, Basil?
—Acabamos de verte…
—Alex tomó la palabra, buscando ser más diplomático—.
Con la libreta de Kael.
La sonrisa de Leila no se desvaneció, pero se matizó con un toque de picardía.
—Ah, sí.
—¿Y?
—preguntó Steven, incapaz de contenerse—.
¿Qué…
qué hay ahí?
Leila los miró a los tres, consciente de la incredulidad y la ansiedad que emanaba de ellos.
Sabía que lo que estaba a punto de decir cambiaría para siempre la forma en que lo veían.
—No es un diario de secretos oscuros, si es lo que piensan —aclaró, su voz serena—.
O bueno, no lo sé realmente, él no me permitió leer toda la libreta.
Él…
simplemente me mostro unos escritos que tenía ahí, y yo simplemente me reía por lo entretenidos que eran.
—Su sonrisa creció un poco ante el recuerdo— Ah, también tenía algunas observaciones.
Garabatos de cosas que ve.
La forma en que simplifica problemas…
como la receta de las galletas.
—Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—.
Es como si me hubiera dejado ver…
una parte de él, sin llegar a enseñar cómo funciona por completo su cerebro.
Basil quedo confundido brevemente, nunca pensó que él tuviera esas cosas en su libreta, pero bueno, ella misma dijo que no le había mostrado todo, pero…
aun así él le había mostrado una parte del contenido de su libreta, cosa que nadie había hecho sin llegar a ser apartado por una mirada fría que prometía tu muerte.
Esto era peor de lo que imaginaba.
Kael no solo la toleraba o la encontraba útil al repasar temas mientras le enseñaba.
Le había dado llaves para una parte de su fortaleza.
—¿Y por qué a ti?
Ósea… ¿Por qué te ha permitido ver dentro de su libreta?
—La duda salió de los labios de Basil con un dejo de amargura y ansiedad que no pudo ocultar.
Leila los miró, y por primera vez, su expresión fue de lástima, no hacia Kael, sino hacia ellos.
—Porque nunca le pedí que fuera otra cosa —dijo, con una simpleza que los dejó sin palabras—.
Nunca intenté cambiarlo.
Solo…
quise entenderlo.
Y con eso, se dio la vuelta y se marchó, dejando al grupo sumido en un silencio profundo y revelador.
La lección era clara: Kael no se había abierto a Leila porque ella fuera especial.
Se había abierto porque ella era la única que no había tratado de forzar la cerradura, sino que se había sentado a esperar pacientemente a que él, por primera vez, decidiera abrirla desde dentro.
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