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Pureza - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 La Ruta Modificada
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18: Capítulo 18: La Ruta Modificada 18: Capítulo 18: La Ruta Modificada La lluvia no era una sorpresa para Kael.

La había visto acumularse en el cielo desde primera hora con nubes grises y pesadas que prometían descargar su contenido sobre la ciudad en cualquier momento.

Por eso, entre los dos tarros de agua y sus diversos útiles, su paraguas negro y resistente tenía un lugar asegurado en su bolso.

Al salir, el aguacero era tan intenso como había previsto.

Abrió el paraguas con un gesto mecánico y ya se disponía a iniciar su camino solitario cuando la vio.

Leila, encogida bajo el dintel de la puerta, miraba el cielo con una expresión de fastidio que rayaba en la impotencia.

Se había puesto la chaqueta que había traído sobre la cabeza, un gesto inútil contra semejante tormenta.

Kael no lo pensó dos veces.

Su ruta y la de ella coincidían en gran parte.

Dejarla allí era ilógico, y una parte de él le causaba incomodidad ante la idea de dejarla sola en medio de su situación.

Así que se acercó por detrás, y el paraguas se cernió sobre la cabeza de Leila, cortando el diluvio que tenía en frente de forma abrupta.

—Vamos —dijo posicionándose a su lado, su voz un bajo contundente bajo el estruendo del agua.

Ella solo se sobresaltó y lo miró, sus ojos oscuros muy abiertos.

—¿Kael?

No te molestes, ya pasará…

—Tu casa queda hacia la Avenida Central.

Yo voy por ahí hasta la glorieta.

Puedo ayudarte a llegar hasta allá, posiblemente no querrás quedarte mucho tiempo en la escuela con este frio —declaró, sin dejar espacio a la discusión y empezando a andar, obligándola a seguirlo para no quedarse fuera del círculo de protección.

El silencio que llenó los siguientes minutos no fue incómodo, sino íntimo.

El mundo se redujo al ritmo de sus pasos, al golpeteo constante de la lluvia sobre la lona y al espacio reducido bajo el paraguas que los obligaba a caminar muy juntos.

Kael era consciente del calor del hombro de Leila rozando el suyo, de la manera en que su pelo, ligeramente mojado en los extremos, olía a champú de manzanilla.

Eran datos nuevos, pero no desagradables.

—¿Siempre llevas paraguas?

—preguntó Leila al cabo de un rato, rompiendo el hechizo del agua.

—Si.

Últimamente ha estado lloviendo mucho.

Pero incluso sin que vea riesgo de lluvia lo traigo conmigo, no quiero que me agarre la lluvia y moje por completo mi bolso —respondió él, mirando al frente.

—¿Y siempre llevas…

todo?

—preguntó ella, señalando con la mirada su pesado bolso.

—Sí.

Me gusta llevar con todo por si acaso, ya estoy tan acostumbrado al peso que casi ni lo siento.

Llegaron a un tramo de tiendas con marquesinas amplias que formaban un pasillo seco.

Y al ver esto, Kael se detuvo.

—Desde aquí puedes seguir sin mojarte —indicó.

Leila dudó, mirando el camino cubierto y luego a él.

—¿Y tú?

—Yo tomo mi ruta habitual.

—La miró, y en un acto que para él era pura planificación logística, añadió— Si mañana llueve, podemos volver a caminar juntos si es que olvidas tu paraguas.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero que le llegaba a los ojos.

—De acuerdo.

Lo tendré en cuenta.

Gracias, Kael.

Él asintió con la cabeza, una vez.

Luego, se dio la vuelta y se adentró de nuevo en la cortina de agua, su figura volviéndose difusa y luego desapareciendo entre el gris de la tormenta.

Leila se quedó un momento bajo la marquesina, no por la lluvia, sino porque necesitaba un segundo.

El hombro donde él había estado le ardía con un calor fantasma, y en su pecho, una sensación de bienestar se expandía, cálida y confusa.

Kael, mientras caminaba solo, analizaba la situación.

El roce físico había sido…

tolerable.

La conversación, aunque breve, no había sido molesta a pesar de sus preguntas.

Había ayudado a Leila a evitar que se mojara.

Pero su mente, como en otras tantas ocasiones, no pudo simplemente olvidar su satisfacción por haberla ayudado.

Algo dentro de él se quedó con la imagen de su sonrisa bajo la lluvia, y la sensación de que, tal vez, su aporte y sus palabras eran apreciadas, le resultaba inesperadamente agradable.

Al día siguiente, aunque el cielo estaba despejado, Kael se encontró esperando inconscientemente a Leila a la salida.

Ella se acercó con una sonrisa tímida.

—Hoy no llueve —dijo.

—No, no está lloviendo —confirmó él.

—Pero…

mi casa sigue en la misma dirección —agregó ella, jugando con la correa de su mochila.

Kael la miró.

No había lógica climática que respaldara el gesto.

Pero una parte de él, una parte que no buscaba la soledad, encontró la idea aceptable.

—De acuerdo —asintió.

Y así, sin una palabra más, comenzaron a caminar juntos.

El paraguas había desaparecido, pero un nuevo ritual, más frágil y significativo, había nacido.

La ruta a casa de Kael acababa de ser permanentemente modificada, y él no estaba seguro de querer revertir el cambio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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