Pureza - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Cicatrices Oníricas y Confrontaciones
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19: Capítulo 19: Cicatrices Oníricas y Confrontaciones 19: Capítulo 19: Cicatrices Oníricas y Confrontaciones El sueño de Kael empezó en paz.
Él y Ella caminaban de la mano por un lugar sin nombre, bañado por una luz dorada.
La sensación era de una tranquilidad absoluta, un silencio que no era vacío, sino pleno.
Como siempre, la figura de Ella era la encarnación de una aceptación que el mundo real le negaba.
Y como había empezado a ocurrir últimamente, los rasgos de Ella se afinaban, tomando la forma de Leila: la curva de su sonrisa, la manera en que se le escapaba un mechón de pelo negro de detrás de la oreja, la luz en sus ojos oscuros cuando lo miraba.
Pero la paz en los sueños de Kael era un visitante fugaz y traicionero, siempre llenándolo de esperanza y un bienestar que le hacían más difícil el sobrellevar lo que venía después.
De la nada, sombras humanas, sin rostros definidos, pero con bocas que se abrían en gritos silenciosos, los rodearon.
No se dirigían a él.
Se dirigían a Ella.
Y de sus bocas distorsionadas no salían palabras, sino cuchillos plateados y afilados que volaban como proyectiles.
“¡No!”, quiso gritar Kael, pero su voz no tenía sonido, y viendo eso, en un acto desesperado se interpuso frente aquellas sombras que amenazaban contra la vida de Ella, y aunque el corazón le latía a mil y el miedo lo iba invadiendo por dentro, trato con todas sus fuerzas para mantenerse firme y ser un escudo lo suficientemente fuerte para protegerla.
Pero al sentir el impacto frío y penetrante del primer cuchillo en el hombro, luego otro en el costado, se sintió débil.
Aquel dolor no era agudo, era una sensación de vacío helado que se expandía como si lo estuviera comiendo por dentro.
La sensación de la soledad que venía acompañada con la muerte le fue aterradora, pero aun así se negó a desplomarse por completo.
No se movió, y mantuvo los brazos abiertos para seguir recibiendo el castigo de aquellos cuchillos con tal de protegerla.
Hasta que vio, con horror y una lentitud de cámara lenta, como una hoja de acero pasaba por encima de su hombro y se clavaba directamente en el pecho de Ella.
Un grito desgarrador, que era el suyo y el de ella al mismo tiempo, resonó en su mente, haciéndole sentir que le ardía la garganta y los ojos ante el desespero.
Ella simplemente cayó ante aquel daño mortal, y la luz en sus ojos—los ojos de Leila—se iban apagando lentamente en medio de un charco de sangre.
En ese momento de agonía absoluta, un último cuchillo, el más grande, se hundió en su propia espalda, atravesándolo de par en par.
Solo le quedo sentir el frio del metal llegar a su corazón, provocándole un dolor tan vivido y real que creyó morir de verdad.
Kael solo pudo despertar de golpe, y estando sentado en la cama, con un jadeo ahogado.
Su mano estaba aplastada contra su pecho, buscando desesperadamente la herida, palpando solo el sudor frío y el latido frenético y aterrorizado de su propio corazón.
Jadeó, tratando de recuperar el aliento, la imagen de Leila—Ella—desvaneciéndose en sus brazos aún grabada a fuego en su mente.
Pero, como siempre, la memoria onírica era traicionera.
Para cuando el primer rayo de luz entró por la ventana, el rostro específico se había desvanecido.
Solo quedaba el terror, la sensación de pérdida y la fría certeza de que toda conexión profunda terminaba en tragedia.
En Clase Esa mañana, Kael estaba más callado de lo habitual, si es que eso era posible.
Su mirada estaba fija en un punto lejano, pero en su interior, la pesadilla se repetía en un bucle silencioso.
Cada vez que miraba a Leila de reojo, un escalofrío le recorría la espalda sin llegar a comprender por qué.
Leila, por su parte, también andaba distraída.
Se despertó con el corazón encogido por una pesadilla cuyo contenido se le había esfumado por completo, dejando solo un regusto a ansiedad y tristeza.
Se sentía pesada, como si hubiera llorado toda la noche.
Cuando Kael se levantó y salió del salón con paso firme, probablemente hacia el baño, Leila se quedó apoyando la cabeza en la mano, tratando de sacudirse la losa de malestar que la aplastaba.
Fue entonces cuando Valeria, seguida de cerca por Carla y Sonia, se acercó.
Su actitud no era hostil, pero sí cargada de una curiosidad imparable.
—Leila, ¿un momento?
—dijo Valeria, apoyándose en el borde del pupitre de al lado.
Leila alzó la vista, un poco aturdida.
—¿Sí?
—Es sobre Kael —soltó Carla, sin preámbulos—.
¿Son pareja?
¿Se pelearon?
Los hemos visto más callados de lo habitual, ósea, los vemos siempre juntos.
Caminan a casa, estudian, se ríen…
—Hizo una pausa dramática—.
¿Qué paso ahí?
¿Son algo?
Porque, seamos sinceras, con todo lo que ha pasado, la libreta, los paseos…
no parece solo un “somos amigos”.
La pregunta, directa y en el momento más vulnerable de Leila, la dejó sin aire.
La ansiedad residual de su sueño se mezcló con la presión del interrogatorio.
¿Qué eran ellos?
“Amigos” se sentía insuficiente.
“Novios” era una palabra demasiado grande, demasiado definida para lo frágil y extraño que era su vínculo.
Abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron.
Solo podía mirarlas, con el corazón latiendo fuerte, atrapada entre la necesidad de defender lo que sentía y el miedo a ponerle una etiqueta que pudiera romperlo todo.
El fantasma de Kael, y el de su propia pesadilla olvidada, parecían haberse materializado en el círculo de chicas que la rodeaban.
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