Pureza - Capítulo 2
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2: Capítulo 2: Primeros días de clase 2: Capítulo 2: Primeros días de clase —Buenos días, mi nombre es Kael.
El nombre, extraño y cortante, resonó en el salón con la misma calidez de una losa de mármol.
No hubo más.
Ni un “encantado”, ni un “vengo de…”.
Solo ese nombre, Kael, y un silencio que lo envolvía todo.
La maestra representante de la clase, forcejeando con la incomodidad, señaló un asiento al fondo.
—Puedes sentarte allí, junto a Leila.
Kael asintió levemente.
Su caminar era silencioso, a pesar del peso evidente del bolso que colgaba de su hombro.
Al sentarse, Leila no pudo evitar notar los detalles: la camisa blanca impecable, el modo en que colocó la mochila a sus pies con cuidado, casi ritualístico o militar, y además el cómo sacó una libreta de tapa negra y un bolígrafo antes de que la clase comenzara era un tanto curioso no notarlo teniéndolo al lado.
Durante la primera lección, fue un espectro.
No participó, pero cuando el profesor de turno le preguntó directamente la capital de un país remoto, Kael respondió al instante, con una precisión fría que dejó claro que no era ignorante, solo reservado.
En el recreo, mientras el grupo de Basil ardía en especulaciones, Kael encontró su refugio en un banco alejado.
Abrió su yogur y, mientras comía, abrió la libreta negra.
Su mano se deslizó sobre la página, escribiendo con una caligrafía rígida y cuadrada.
En la parte superior de la página, escribió la palabra: Farsantes.
Debajo, comenzó a trazar perfiles sin nombres ya que no conocía a nadie por ahora, solo escribió descripciones e hipótesis de los que reconoció que llegaban a mostrar sonrisas falsas o forzadas al interactuar con otra persona: “Líder de la manada.
Pelo rojizo.
Se alimenta de la validación ajena.
Estratega mediocre según lo que parece, pero bastante carismático.
Quizás tenga influencia, pero no creo que tenga mucho intelecto.” (Basil).
“Lame botas del líder.
Alta estatura, autoestima baja.
Tal vez busca reflejarse en la luz de otros, me fastidia verlo hasta el punto de dar lastima.” (Steven).
“Creo que acabo de ver un camaleón.
Su rostro es común, pero actúa diferente dependiendo de la persona con la que habla, y al mismo tiempo trata de ser invisible cuando está solo.
Es un tipo interesante de persona.” (Alex).
“???, soy malo para analizar a las mujeres, sus sonrisas tienden a ser muy despectivas, pero esta chica ¿«Leila» dijo la profesora?
A ella la veo como una fusión de chica aplicada y popular; un caso raro si soy sincero.
Quizás ella sea capaz de ver a través de las mentiras de los demás con mayor facilidad.” (Leila).
Deteniéndose un momento, y, dejando el lapicero a un lado, sus manos desplazaron el papel a unas anotaciones anteriores, garabateadas con una letra más tensa y llena de rabia: “¡¿Por qué intentarlo de nuevo?!
¡Siempre es lo mismo!
Ellos juegan a ser amigos, a ser una familia, pero en la realidad tal vez solo te vean nada más como una herramienta; ¡No desees ser su amigo!
Ya sabes cómo estar solo; ya sabes la paz que se siente estar en soledad, ¡No busques ser parte de esta farsa que tanto odias!” Cerró la libreta con un golpe seco.
Y con un suspiro, el recreo había terminado.
5 AM – Segundo día El sonido del despertador cortó el silencio como un cuchillo.
Kael mantenía el aparato a unos metros de distancia, una táctica cruel para obligar a su cuerpo a abandonar la cama.
Pero ese día, después de apagar el estridente ruido, se dejó caer de nuevo sobre el colchón.
Tenía tiempo.
Un peso insoportable, la resaca emocional del día anterior por la adaptación al cambio, lo anclaba a las sábanas.
Cerró los ojos y la mente, traidora, lo arrastró a un sueño.
Allí estaba, con ella.
Una sonrisa que no tenía dueño en la vida real, una mano que se entrelazaba con la suya.
Soñaba con una familia, con un viaje en moto, con la libertad.
La sensación de pertenencia era tan vívida que le dolía.
De pronto, el rugido de motores extraños detrás de él irrumpió en su paraíso.
Un toro descomunal, una bestia de pesadilla hecha de sombra y cuernos, la cual perseguía a otros conductores detrás de él, ahora los perseguía.
El pánico lo paralizó.
La moto se descontroló, salió despedida, y el mundo giró en cámara lenta.
El golpe fue seco.
Al abrir los ojos en el sueño, lo primero que vio fue a ella, tendida en el suelo, con la mirada vacía, sin vida.
Y entonces, la sombra lo cubrió todo.
Al alzar la vista, el toro ya se abalanzaba sobre él.
Sintió el impacto brutal, un dolor desgarrador mientras los cuernos le atravesaban el pecho.
Kael abrió los ojos de golpe en la realidad, jadeando.
Se palpó el torso frenéticamente, buscando la herida que no estaba.
Solo había sudor frío y el latido acelerado de su corazón contra las costillas.
Tragó saliva, sabiendo el amargo regusto de la pesadilla.
El día de ayer no había sido como lo esperaba, y hoy, claramente, tampoco lo sería.
Se levantó y se dirigió a la ducha, el agua fría no logró lavar la sensación de vacío que el sueño había dejado a su paso.
En clase…
La profesora de literatura estaba explicando la estructura de un soneto cuando fue llamada a la salida.
—Chicos, un momento, por favor— dijo antes de salir, dejando un silencio incómodo en el aula.
Fue la oportunidad que el matón del salón, un chico grande y con fama de bravucón, estaba esperando.
Se levantó y se acercó a Kael con una sonrisa burlona.
—Oye, “nuevo”, ¿qué llevas en ese bolso que parece un refrigerador?
¿Piedras para tu mamá?
—dijo, intentando arrancarle la pesada mochila del suelo.
Pero para su sorpresa, el peso y el hecho de que Kael había agarrado la correa del bolso, no le permitía continuar con su cometido.
Así que, el bravucón tiró con fuerza, pero la mochila apenas se movió.
El esfuerzo fue tan inesperado que hizo que el matón perdiera el equilibrio por una fracción de segundo.
—Déjalo —dijo la voz de Kael, plana, sin emoción.
—¿Qué?
¿Vas a llorar?
—escupió el otro, ya enfadado por el fracaso.
Intentó agarrar el bolso con ambas manos, inclinándose sobre Kael.
Fue entonces cuando Kael se movió.
No fue un movimiento grande ni llamativo.
Se levantó con una fluidez perturbadora.
Su buzo holgado, que ocultaba su complexión, se tensó por un instante revelando hombros y un torso más definido de lo que nadie esperaba.
Antes de que el bravucón pudiera reaccionar, el puño de Kael salió disparado.
No fue un golpe salvaje, sino un movimiento corto, directo y brutal, cargado con el peso de toda su frustración y rabia contenida.
El impactó en la nariz del matón, crujió húmedo y siniestro.
El chico grande cayó de espaldas al suelo como un fardo, un grito ahogado escapándose de su garganta mientras sus manos volaban a su rostro, ahora manchado de rojo escarlata.
El silencio en el aula era absoluto.
Todos podían ver la sangre goteando entre sus dedos.
Kael no dijo una palabra.
Se limitó a ajustar el buzo, recogió su bolso del suelo con un solo brazo, demostrando una fuerza que desmentía su apariencia, y se sentó de nuevo.
Su respiración era calmada, pero sus ojos, por primera vez, tenían un destello de algo peligroso y vivo.
Miró al chico en el suelo con desprecio.
—El próximo que toque mis cosas —dijo, su voz un susurro helado que cortó el silencio— no se levantará tan rápido.
En ese momento, la profesora regresó.
El grito al ver la escena fue inevitable.
Pero todos los presentes, especialmente Basil, Leila y Alex, sabían que habían presenciado algo más que una pelea.
Habían sido testigos de la primera grieta en la fachada.
La teoría de Basil había cobrado vida de la manera más violenta posible.
El callado había hablado.
Y su lenguaje había sido el de la fuerza pura.
El silencio en el salón solo se rompió con los pasos apresurados de la profesora y los quejidos ahogados del bravucón, a quien entre varios llevaron a la enfermería.
Kael, por su parte, fue escoltado por un prefecto a coordinación con la misma expresión impasible con la que había entrado.
La puerta se cerró a sus espaldas, y fue como si un hechizo se rompiera.
Un murmullo creciente llenó el aula.
Todos hablaban a la vez, sus voces una mezcla de excitación y shock.
Basil, pálido, pero con los ojos brillando por una extraña mezcla de terror y emoción, se reunió con su grupo en un rincón.
—Hey, Basil, lo que tú decías sobre los callados, tal parece es verdad —comentó un tanto asustado Alex, bajando la voz como si Kael pudiera oírlos desde coordinación.
—Emm, pues, la verdad sí estaba seguro de que los callados podían tener ese nivel, pero…
hay algo en él que no cuadra con lo que tenía en mente —admitió Basil, frunciendo el ceño.
Su teoría se había hecho realidad, pero la realidad era más cruda y visceral de lo que había imaginado.
No era una abstracción; había sido el crujido de un hueso y el charco de sangre en el piso.
—¿Qué?
¿Qué es una mecha corta?
—preguntó Leila, con una sonrisa tensa y nerviosa que venía acompañada de un visible sudor frío en su frente—.
Él no se anda con juegos.
Ya me está dando miedo estar cerca de él.
—No es solo eso —intervino Steven, quien había estado más callado de lo usual—.
¿Vieron cómo movió el bolso?
Eso debe pesar una tonelada.
Y él lo levantó como si nada.
Ese tipo…
no es normal.
Basil asintió lentamente, su mente de “estratega mediocre” pero aguda, trabajando a toda marcha.
—Exacto.
No fue solo un arrebato.
Fue…
calculado.
No gritó, no se puso rojo.
Se levantó, lo noqueó y se sentó.
Como si estuviera siguiendo un manual de instrucciones.
—Hizo una pausa, mirando hacia el asiento vacío de Kael—.
El problema no es solo que sea peligroso.
El problema es que no sabemos qué lo hace funcionar.
¿Es un loco?
¿Un psicópata?
¿O solo alguien tan harto que ya no le importa nada?
Alex se estremeció.
—¿Y qué hacemos?
¿Le decimos al director?
¿Hacemos que lo expulsen?
—Y decirle qué —replicó Basil con un dejo de sarcasmo—.
¿Que el nuevo se defendió del matón que lo estaba molestando?
Él empezó.
Kael solo…
terminó la conversación.
De la manera más aterradora posible.
Leila miró fijamente la mancha de sangre en el piso que intentaban limpiar.
Recordó la libreta negra, la calma con la que Kael escribía en ella.
—Él anota cosas —murmuró, casi para sí misma—.
En una libreta.
Todo el tiempo.
Las palabras cayeron en el grupo como una losa.
No era solo un tipo fuerte y callado.
Era un observador.
Un archivista de sus propias miserias.
—Genial —resopló Alex—.
Así que no solo puede rompernos la nariz, sino que probablemente ya tiene una lista de razones por las que merecemos que nos la rompa.
Mientras, en la oficina de coordinación, Kael permanecía sentado frente a la coordinadora, una mujer de gesto severo.
Ella hablaba sobre la violencia no siendo la solución, sobre las normas del colegio.
Kael asentía mecánicamente, pero su mente estaba en otra parte.
No en el golpe, ni en el regaño.
Estaba en la libreta, en su bolso, en la rutina que se había visto interrumpida.
Un fastidio.
Todo esto era un fastidio.
Pero en lo más profundo, una pequeña y oscura parte de él, la misma que escribió “Farsantes” y que almacenaba un odio creciente, se sentía…
satisfecha.
Por primera vez, no se había quedado con los brazos cruzados.
Había dejado una marca.
No con palabras, sino con un acto que todos entenderían.
El mensaje estaba claro.
Kael no buscaba problemas.
Pero si los problemas lo buscaban a él, no habría advertencias.
Solo consecuencias.
Y el salón 9B, ahora dividido entre el miedo y la morbosa curiosidad, había recibido el mensaje alto y claro.
La ley del más fuerte acababa de cambiar de manos, y el nuevo titular era un enigma silencioso y letal.
A pesar de los pensamientos de Kael, la coordinadora, la Señora Rojas, la cual tenía su propia reputación, siendo reconocida como una muralla inquebrantable de reglamentos y sermones.
Cruzó los brazos sobre el escritorio, su mirada fija en Kael.
—Kael, la violencia nunca es la respuesta.
Este instituto tiene normas claras sobre la convivencia.
Podrías haber llamado a un profesor, haberme buscado a mí…
Hay protocolos.
Esto obligo a Kael a volver a la realidad con un simple parpadeo.
Las palabras de la coordinadora no hicieron que Kael bajara la mirada.
La había escuchado con una paciencia de fachada, pero en su interior, cada palabra de las últimas palabras de la mujer encendía un recuerdo amargo.
Veía a los matones de su antigua escuela, sus sonrisas crueles, los profesores que miraban hacia otro lado, las víctimas que se encogían esperando que el tormento pasara.
Él se había jurado a sí mismo que nunca sería una de esas víctimas.
—¿Protocolos?
—repitió Kael, y su voz, por primera vez, perdió su planicie absoluta.
No era un grito, era un tono cortante, cargado de una amarga lucidez—.
¿Y qué quería que hiciera, Señora Rojas?
¿Qué me quedara sentado sin hacer nada, esperando que llegara alguien a ayudarme?
—preguntó, clavándole los ojos oscuros—.
¿A intentar razonar con él para que devolviera mis cosas, como si estuviera negociando con una persona sensata que no solo entiende de fuerza y humillación?
¿O quizás quería que fuera pasivo, que sonriera y agachara la cabeza, para que así no solo él, sino todos los que están esperando ver qué pasa con el “nuevo”, se acercaran a molestarme creyendo que soy una presa fácil?
La Señora Rojas parpadeó, sorprendida por la elocuencia fría y la lógica implacable que surgía del joven.
No era el balbuceo defensivo de un chico asustado.
Era un argumento.
—No se trata de ser pasivo, Kael, se trata de ser inteligente y usar las vías…
—¿Cuáles vías?
—lo interrumpió, sin ceder un ángulo—.
Usted no estaba.
El profesor no estaba.
Él tenía mis cosas en sus manos; ahora.
La “vía” que usted propone llega tarde y solo sirve para poner un simple castigo que no sirve para nada.
Eso no me devuelve mi propiedad, ni mi dignidad, ni me quita la etiqueta de “blanco fácil”.
Lo que hice —y aquí, su voz recuperó la frialdad inicial— fue dar una respuesta inmediata, clara y definitiva a su agresión.
Le demostré que acercarse a mí es un error costoso.
Eso, Señora Rojas, es más efectivo que cualquier “protocolo”.
Eso sí evita futuros problemas.
La coordinadora se quedó en silencio por un momento, estudiando a Kael.
No podía negar la crudeza de su lógica, aunque chocara frontalmente con el manual de convivencia.
Veía en sus ojos no el arrebato de un temperamento caliente, sino la convicción helada de alguien que había aprendido las reglas no escritas del mundo a base de golpes, ya sea hacia él o sobre alguien más.
Este chico no estaba justificando una pelea; estaba declarando una filosofía de supervivencia.
—Tu punto de vista es…
comprensible, Kael —concedió, midiendo sus palabras—.
Pero no aceptable aquí.
Recibirás una sanción.
Suspensión por dos días.
Kael asintió lentamente, sin inmutarse.
Era el resultado esperado.
Para el sistema, la defensa propia proactiva era tan culpable como la agresión.
—Entiendo —dijo, levantándose—.
¿Puedo irme a recoger mis cosas?
Mientras salía de la oficina, un pensamiento cruzó su mente, amargo y familiar: el sistema no siempre protege a los que siguen las reglas, incluso cuando las intentaban seguir esas mismas reglas que los dejan indefensos.
Pero él había elegido no ser indefenso.
Y si el precio era la soledad y la incomprensión, lo pagaría sin dudar.
Su odio por la farsa, por la hipocresía de un mundo que condena al que se defiende, pero ignora al que acosa, no hacía más que crecer, arraigándose más profundamente en su interior.
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