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Pureza - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capítulo 20 Acuerdos Tácitos y Conversaciones en la Sombra
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21: Capítulo 20: Acuerdos Tácitos y Conversaciones en la Sombra 21: Capítulo 20: Acuerdos Tácitos y Conversaciones en la Sombra Kael cruzó la puerta del aula y su sistema de alerta se activó de inmediato.

Ver al grupo de chicas alrededor del pupitre de Leila, junto con los gestos del rostro de ella que delataban una incomodidad por lo que sea que le estuvieran diciendo mientras hacían presión en su entorno manteniéndola como en un interrogatorio, le trajo un malestar que recorría su columna vertebral y lo obligaba a tensar la mandíbula para frenar con dificultad el impulso de meterse de lleno y causar una incomodidad aún mayor.

Por suerte, tal parece su presencia y el hecho de que su puesto fuera al lado de Leila, fue suficiente para alejar a esas buitres curiosas; pero aun así no estaba tranquilo.

Con la tensión en el aire tan palpable como el olor a hierro.

Su mirada, aún velada por los resquicios de la pesadilla, se clavó en Leila.

No en las demás que se alejaban, sino en ella.

Todo con el propósito de entender mejor su estado.

La vio pálida, con la mirada perdida y un poco acorralada.

Y una punzada de algo instintivo—protección, posesión, o algo más—lo atravesó.

Pero su mente, entrenada para la contención, actuó más rápido que sus emociones.

Acercarse y preguntar “¿qué pasó?” delante de todos sería una intrusión.

Sería añadir más leña a un fuego que él no entendía pero que claramente sabía no ayudaría en su situación.

Ella tenía esa mirada, la misma que a veces veía en el reflejo de su propio espejo: la de quien necesita un momento para recomponer los pedazos.

Así que, conteniendo la urgencia que le quemaba por dentro, caminó hasta su asiento con su andar habitual, silencioso y firme.

Se sentó a su lado sin pronunciar palabra, sin mirarla directamente, pero irradiando una presencia quieta y sólida.

Era un mensaje tácito: “Estoy aquí.

No preguntaré.

Pero estoy aquí”.

Sintió, más vio, cómo el hombro de Leila se relajaba ligeramente.

Aquello era suficiente.

Por ahora.

El Camino a Casa La caminata de regreso empezó en silencio, pero era un silencio diferente al de la lluvia.

Este estaba cargado de cosas no dichas.

Cosas incomodas que posiblemente ninguno de los dos quería decir, pero que ambos sabían que tendrían que hacerlo en algún momento.

Fue Kael quien, tras recorrer dos cuadras, rompió el hielo.

Tratando de mantener su voz más suave de lo habitual, carente de su tono plano usual.

—Te he visto algo desanimada el día de hoy, pero cuando fui al baño y volví, noté que te pusiste peor tras hablar con esas chicas —afirmó, sin ser una pregunta, pero abriendo la puerta.

Leila soltó un suspiro que parecía llevar guardado toda la tarde.

—Solo estaban…

Haciendo preguntas.

—¿Sobre mí?

—preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí.

Bueno, más bien…

sobre nosotros.

—Hizo una pausa, juntando valor mientras miraban el semáforo peatonal en rojo—.

Querían saber qué somos.

Y…

la verdad, Kael, yo tampoco lo sé con certeza.

—Se volvió hacia él, su expresión era una mezcla de ansiedad y honestidad brutal—.

¿Qué somos tú y yo?

—el semáforo tomo un brillo verde, y sin voltear a Leila, Kael siguió avanzando, pero lentamente, como si la invitara acompañarlo.

El silencio se mantuvo entre ellos mientras recorrían las calles, y Leila noto que aquel silencio no era porque él no quisiera responder, sino porque necesitaba pensar un momento para no ser impulsivo con su respuesta.

Kael se detuvo, justo en el lugar donde por lo general se separaban, obligándola a detenerse con él.

Volteo a verla y la miró a los ojos, haciéndole ver cuan en serio se estaba tomando la pregunta.

Su mente, la cual quería una respuesta de sus labios, forcejeaba con la ansiedad y el miedo de saber aquella respuesta.

—”¿Qué somos?”…

es la pregunta incorrecta —dijo al fin, con una voz más suave de lo habitual—.

Sin duda asume que hay una caja en la que debemos caber.

—Hizo una pausa, buscando la precisión en su propio caos interior—.

No somos solo amigos.

Los amigos no sienten…

esto, cuando se trata de una amistad del sexo opuesto.

—Un gesto vago entre ellos, indicando la tensión, la comodidad, la intensidad de su silencio compartido—.

Pero “novios”, es una palabra con un manual de instrucciones que no sé leer, y que al mismo tiempo temo abrir tan pronto, considerando el hecho de que apenas llevamos conociéndonos desde hace seis meses, y en cuatro de ellos prácticamente no hablamos más que para hacer trabajos.

—Se detuvo momentáneamente con sus palabras, simplemente para cerrar sus ojos y respirar profundamente por la nariz— Las expectativas, etiquetas, actuaciones y demás cosas relacionadas a algo tan grande como el noviazgo son…

un ruido escandaloso que no quiero por el momento.

Leila lo escuchó atentamente, pero en lugar de frustrarse, sintió que lo entendía.

Él no estaba rechazando su amistad… pero tampoco negaba que tuviera interés en ella más allá que para una simple amistad; solo estaba describiendo los límites actuales de su territorio emocional.

—Entonces, ¿cómo llamamos… esto, cuando la gente pregunte al respecto?

—preguntó, sintiéndose emocionada, pero tratando de tener una mente práctica.

—Porque van a seguir preguntando, Kael.

Él reflexionó un momento, su ceño ligeramente fruncido.

—Podemos decir que somos “buenos amigos”, “mejores amigos” o cualquier estupidez de ese tipo —dijo con algo de frustración queriendo terminar la conversación—.

Es una mentira que al mismo tiempo es verdad, y es una etiqueta que la gente entiende y con la cual nos pueden dejar en paz, eso, claro, si no les prestamos atención a las insinuaciones que vendrán con ello.

—La miró directamente—.

Pero entre tú y yo…

sabemos que es más que eso.

Que es algo que todavía estoy digiriendo y que no tiene nombre… todavía.

Esa honestidad, esa admisión de que lo que tenían era único y aún en formación, fue más significativa para Leila que cualquier promesa vacía.

Él no le estaba ofreciendo un título; tampoco nada seguro; pero si le daba a entender, que lo que tenían entre ellos no era algo que quisiera perder.

—De acuerdo —asintió, una sonrisa de alivio y aceptación en sus labios—.

“Buenos amigos” para los demás.

Y…

lo que sea que esto sea, para nosotros.

—Sí —confirmó Kael, y un peso enorme pareció desprenderse de sus hombros—.

Es exactamente eso.

Ya con esto solucionado, se separaron en un ambiente cómodo, o al menos no tan incomodo como antes.

Ya no estaban cargados de dudas inmediatas, sino de un acuerdo mutuo.

Kael sabía que había esquivado una bala, pero también sabía que las preguntas seguían ahí, latentes, al fin y al cabo, donde hay respuestas, siempre vienen acompañadas muchas preguntas.

“Buenos amigos” era un escudo temporal.

Y, por primera vez, la idea de que ese escudo pudiera evolucionar hacia algo más definido no lo aterraba, sino que lo obligaba a pensar seriamente.

¿Quería él, realmente, que fuera algo más?

Era una pregunta para la que no tenía respuesta…

aún.

En Casa de Leila Al entrar, su madre, quien estaba en la cocina, notó en su andar que su estado de ánimo había mejorado notablemente a comparación de esta mañana.

—Hola cariño ¿Te paso algo bueno en la escuela?

—Algo así —dijo Leila, dejando caer la mochila, yendo a sentarse en la sala para quitarse los zapatos—.

Hablé con Kael y definimos las cosas…

bueno, más bien él las definió lo mejor que pudo teniéndome en cuenta.

—¿Y?

—preguntó su padre metiéndose de lleno en la conversación, sin llegar a ocultar su curiosidad.

Su hija últimamente hablaba muy seguido de aquel chico llamado Kael, de tal forma que era imposible no notar que ella estaba empezando a sentir algo por ese peculiar muchacho.

No le sorprendería que ella al fin lo hubiera conquistado y se hubiera confesado a ella, al fin y al cabo, según lo que había escuchado de él no le caía mal la idea.

—Acordamos que, de cara a los demás, solo somos “buenos amigos”.

—Hizo una pausa, viendo la mirada expectante de sus padres, que luego cambio a confusión por sus palabras, por cierto, ¿Cuándo llego su mamá a la sala?

—.

Pero es…

complicado.

—dijo mientras continuaba desatando sus zapatos cuidadosamente— Es más que una amistad normal; él mismo reconoce eso, pero también reconoce que no está listo para nada que lleve una etiqueta más grande.

Y yo…

lo entiendo, incluso agradezco que sea así, se ve que se toma las relaciones en serio.

Sus padres se miraron.

Aquel chico no era normal.

¿Cómo podía un muchacho de su edad comportarse tan maduro?

Esa sin duda, no era la clásica relación impulsiva que hubieran esperado para su hija en esa edad, pero la madurez y la responsabilidad que describía eran innegables como para sentirse mal al respecto, más estaban agradecidos.

—Suena como si se estuvieran tomando las cosas con su propio tiempo —comentó su madre, con un atisbo de aprobación.

—Sí —confirmó Leila, con una sonrisa—.

Exactamente eso.

Nuestro propio tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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