Pureza - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- Pureza
- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 La Metamorfosis del Zorro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 3: La Metamorfosis del Zorro 3: Capítulo 3: La Metamorfosis del Zorro Los dos días de suspensión no fueron un castigo para Kael; fueron un retiro estratégico.
Mientras el mundo exterior seguía su curso, él se sumergió en una rutina espartana dentro del sótano de su nueva casa.
El espacio, aún impregnado del olor a polvo y pintura fresca, se había transformado en su santuario personal.
Una única bombilla desnuda colgaba del techo, proyectando sombras largas y dinámicas que bailaban al ritmo de sus movimientos.
No era un gimnasio, era un campo de entrenamiento.
Una barra de dominadas instalada en una viga robusta, un par de pesas rusas que parecían haberse soldado al suelo de tanto uso, una cuerda para saltar enroscada como una serpiente y un saco de boxeo viejo y desgastado que colgaba, mudo testigo de su furia contenida.
Kael no sudaba para esculpir un cuerpo estético; lo hacía para forjar un arma.
Cada dominada era un recordatorio de su propia fuerza.
Cada golpe al saco no era un simple ejercicio, era un diálogo violento con sus propios demonios: el recuerdo de las risas burlonas en su antigua escuela, la mirada de lástima de algún profesor, la sensación de impotencia al ver a otros ser acosados, la certeza de que el mundo era una farsa y la debilidad, un pecado capital.
Entre series, se sentaba en el suelo frío, espalda contra la pared, y meditaba.
No era una meditación de paz, sino una inmersión quirúrgica en sus errores.
Repasaba mentalmente el incidente con el bravucón.
No se arrepentía del golpe, sino de la necesidad de darlo.
Se había visto forzado a revelar una carta de su mano demasiado pronto.
Incluso en su antigua escuela nunca se vio obligado a utilizarla como ese día.
El “callado peligroso” ya no era una teoría; aquel idiota lo había obligado a mostrar que aquello era una realidad.
Ahora debía adaptarse, evolucionar.
La indiferencia era su escudo, la preparación física su espada, pero necesitaba una armadura que lo hiciera intocable para el sistema, no solo para los matones.
La tarde del primer día de suspensión, sus padres lo llamaron a la sala.
El aire estaba cargado de una tensión familiar.
Su padre, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, fue el primero en hablar.
—La escuela nos llamó, Kael.
Suspensión por violencia.
—Su voz era grave, con un dejo de decepción que cortaba más que un grito—.
Después de todo el esfuerzo de la mudanza, de empezar de nuevo…
¿así es como lo haces?
Kael permaneció de pie, quieto, mirando a un punto fijo en la pared detrás de ellos.
No era desafío, era contención para no romperse frente a él.
Su miedo y respeto a su padre era un sentimiento primario donde se sentía impotente la mayor parte del tiempo.
Su madre, siempre más pragmática, suspiró.
—Nos contaron lo que pasó.
Ese chico te estaba provocando, intentó quitarte la mochila.
Entendemos que te defendieras, hijo.
Pero un golpe así…
Podrías haberlo lastimado seriamente.
¿No podías solo empujarlo?
¿O gritar?
Kael desvió la mirada hacia ella.
Sus ojos, por un instante, perdieron su frialdad habitual y vieron un destello de la frustración que ardía en su interior.
—Gritar no habría servido de nada.
Empujarlo solo lo habría enfurecido más.
Él no entiende de advertencias, sólo de consecuencias.
—Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—.
No busqué el problema.
Pero cuando llegó, terminé con él.
De la forma en la que me evito más situaciones como esa.
Su padre exhaló un suspiro profundo, pasando una mano por el rostro.
—Esa “eficiencia” tuya es lo que nos preocupa, Kael.
No es normal.
No es…
sano.
Tu hermano nunca…
—Yo no soy mi hermano —lo interrumpió Kael, su voz tan cortante que hizo que su padre se quedara callado de golpe.
El silencio que siguió fue elocuente.
La sombra de su hermano mayor, siempre presente, siempre incómoda se cernió sobre ellos.
Su madre intervino, suavizando la situación.
—Está bien.
Entendemos que no empezaste tú.
Y…
agradecemos que no te hayas quedado con los brazos cruzados.
Pero por favor, Kael —suplicó, con una mirada sincera—, la próxima vez, piensa en las consecuencias para ti.
Para todos.
Kael ascendió, una mera formalidad.
Sabía que no lo entenderían.
Ellos vivían en un mundo de reglas y protocolos, un mundo que, en su experiencia, a menudo fallaba a quienes más lo necesitaban.
Esa noche, en el sótano, sus golpes contra el saco sonaron con más fuerza, más determinación….
Más odio.
No solo se entrenaba para enfrentarse a sus compañeros; se entrenaba para soportar la incomprensión de quienes se suponían que debían entenderlo; se entrenaba para intentar desahogar las frustraciones que se almacenaban sobre su pecho al no poder expulsarlas con alguien de confianza.
Siendo este entrenamiento su grito ahogado que nunca llegaba a quedar satisfecho.
El Regreso: Una Paz Armada Cuando Kael cruzó de nuevo las puertas de la institución, no lo hizo cabizbajo ni avergonzado.
Su regreso fue tan silencioso y discreto como su partida.
Se deslizó hacia su asiento en el fondo del salón, ignorando las miradas que se clavaban en su nuca como alfileres.
Pero la atmósfera había cambiado.
El miedo inicial, nacido del shock y la violencia, se había solidificado en algo más complejo: una cautelosa y resignada aceptación de su nueva posición en la jerarquía del salón.
Pese a ello, se podría decir que esto era bueno.
Pero aun así debía limpiar, aunque sea un poco su nombre, principalmente frente a los profesores.
Su primera oportunidad llegó en la clase de matemáticas.
La profesora, una mujer joven y de mirada seria llamada Sra.
León, estaba revisando un problema complejo en la pizarra.
Preguntó a la clase por la solución.
Varias manos se alzaron, incluyendo la de Basil, siempre ansioso por demostrar su agudeza.
Pero la maestra, con una intención clara, posó su mirada en Kael.
—Kael, ¿tú qué opinas?
Toda la clase giró hacia él.
Era una trampa o una oportunidad, Kael no estaba seguro.
Se levantó, sin prisas.
—El procedimiento es correcto —dijo con su voz plana—.
Pero el resultado es malo.
Se olvidó de cambiar el signo al despejar la incógnita en el segundo paso.
La profe miró la pizarra, parpadeó y luego escuchó, leve.
—Tienes razón.
Un descubierto.
—Corrigió el error y escribió la respuesta correcta.
No hubo elogios, solo un reconocimiento factual.
Pero fue suficiente.
El patrón se repitió.
En historia, cuando un compañero citó incorrectamente una fecha, Kael, sin ser solicitado, la corrigió con una precisión de libro de texto.
En ciencias, fue el único en señalar un error en el manual de laboratorio que todos los demás habían pasado por alto.
Y lo hacía siempre de la misma manera: frío, directo, sin una pizca de arrogancia o deseo de humillar.
Si él mismo cometía un error en un ejercicio, lo admitiría ante todos antes de que el profesor o alguien más lo señalara.
Sabía muy bien que darle la oportunidad a alguien más para sacar a relucir sus errores sería para humillarlo, pero también comprendía que al hacerlo por su propia mano casi de inmediato impidió el ataque de la otra parte —Profe, en el problema cinco, calculé mal la raíz cuadrada —declaró en una ocasión, entregando su hoja de examen.
La profesora lo miró, desconcertada.
—Gracias por tu honestidad, Kael.
Pero, ¿Por qué me lo dices?
Es…
inusual.
—Es que noté el error ya finalizando y el tiempo ya no me daba, pero quería dar a entender que no es que no haya entendido el tema, solo fue un pequeño error.
—…
Esta honestidad radical, incómoda y desarmante, comenzó a tener un efecto paradójico.
Los profesores, inicialmente recelosos del “chico problemático”, empezaron a verlo con nuevos ojos.
Aquí no había un alumno rebelde o un bravucón; Había una mente lúcida y un carácter de una integridad a prueba de balas.
De vez en cuando, cuando había un problema en el salón, y las cosas iban para peor, él se metía en la conversación y explicaba su propia versión lo que había pasado en el momento.
Debido a esto, su palabra se volvió inquebrantable.
Si había una disputa entre estudiantes sobre quién había roto algo o quién había comenzado un altercado menor, y Kael daba su versión, los maestros la tomaban como la verdad absoluta.
No por favoritismo, sino porque él se había ganado esa credibilidad a pulso, con una consistencia moral que los dejaba sin argumentos.
La Nueva Dinámica: Zorros y Ovejas En el ecosistema del salón 9B, el equilibrio de poder se había reconfigurado por completo.
Basil observaba todo con una mezcla de rabia impotente y una admiración reticente.
Durante el recreo, reúne a su grupo en su rincón habitual, pero la energía ya no era la misma.
—Lo ven?
—murmuró, clavando la mirada en Kael, quien, como siempre, estaba solo en un banco, escribiendo en su libreta negra—.
No es un oso al que puedas provocar y huir.
Es un maldito zorro.
No solo nos ganamos con la fuerza; Ahora nos está ganando con las reglas.
—Bebió un trago de su jugo, frustrado—.
Tener un problema con él ya no es solo riesgo de terminar con la nariz rota.
Es garantía de que todos los profesores te van a caer encima.
Su palabra vale más que la de diez de nosotros juntos.
A pesar de las palabras de Basil, Leila no podía apartar los ojos de Kael.
Su curiosidad inicial se había transformado en una fascinación profunda.
Veía la manera en que los profesores a veces le dirigían una mirada de respeto, una comunicación silenciosa que excluía al resto del salón.
Él no hacía alarde de su influencia.
No la usaba para acusar o para ganar popularidad.
Y a aun cuando algunos lo llamaban sapo por meterse en conflictos donde no lo llamaban, él simplemente existía, y su mera presencia, su inquebrantable adherencia a la verdad, había creado un campo de fuerza a su alrededor que distorsionaba la realidad social del aula.
Recordaba la libreta, la intensidad con la que escribía.
¿Qué anotaba allí?
¿Eran solo apuntes de clase, o era algo más?
Alex y Steven, por su parte, habían elevado su miedo a un nuevo nivel.
Ahora cruzaban literalmente al otro lado del pasillo cuando veían a Kael acercarse.
El terror al golpe se había fusionado con el pánico a una condena social y académica.
Kael se había erigido en un juez silencioso e inapelable.
Una palabra suya podía destruir su reputación frente a las únicas figuras de autoridad que importaban en ese microcosmos: los profesores.
Kael era plenamente consciente del efecto que causaba.
No le produciría placer ni triunfo.
Lo veía como un resultado lógico, casi mecánico, de su estrategia.
Su objetivo no era ser temido o respetado; Era crear una zona de paz a su alrededor.
Había la lección más valiosa de todas: a veces, el arma más poderosa no es un puñetazo, sino una reputación de incorruptibilidad tan sólida que te convierte en intocable.
La violencia física era una herramienta de último recurso, sucia y riesgosa.
La autoridad moral, una vez establecida, era una fortaleza.
Esto sin duda era su estrategia principal; Está fue la que le evitó muchos problemas en su primera escuela.
Tenerla aquí le resultaba incluso placentero.
Al final del día, se sentó en su pupitre mientras el salón se vaciaba.
Sacó la libreta negra.
Bajo la atenta y nerviosa mirada de los pocos que aún permanecían, su mano se deslizó con la caligrafía firme y cuadrada.
No escribí perfiles esa vez.
En su lugar, escribió una sola línea, una conclusión a la que había llegado después de mucho reflexionar: “El miedo es un arma.
La verdad, un escudo.
La combinación, finalmente, es paz”.
Por primera vez desde que había llegado a ese lugar, una esquina de su boca se torció levemente hacia arriba.
No era una sonrisa de alegría o de satisfacción maliciosa.
Era la expresión sutil de un estratega que ve cómo su plan se desarrolla a la perfección.
Un gesto de reconocimiento hacia su propia eficacia.
Un destello de la paz cínica y amarga que tanto anhelaba.
Tal vez, solo tal vez, este lugar infestado de “farsantes” podría ser tolerable después de todo.
O, al menos, un escenario lo suficientemente controlado donde podría seguir observando, analizando y sobreviviendo, sin que nadie volviera a interrumpir el silencioso monólogo que era su vida.
El zorro había encontrado su madriguera, y estaba decidido a defenderla, no con colmillos y garras, sino con la fría e implacable armadura de su propia verdad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com