Pureza - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 La Anatomía de la Pureza
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4: Capítulo 4: La Anatomía de la Pureza 4: Capítulo 4: La Anatomía de la Pureza “Pureza” no era solo un título para Kael; era un estado de ser.
Una forma de navegar el mundo eliminando el ruido de las expectativas ajenas.
Y esa pureza se manifestaba en cada aspecto de su vida en el instituto.
En Educación Física: La Advertencia Física Mientras la mayoría de los estudiantes arrastraban los pies en la pista de atletismo, Kael corría.
No era la zancada desgarbada de quien cumple con una obligación, sino la postura eficiente de un motor bien engrasado.
En las carreras de resistencia, su respiración era un fuelle constante, sus pulmones quemándose en un silencio interno que ahogaba el dolor.
Siempre quedaba entre los tres primeros, sin jadear exageradamente, sin celebrar.
Simplemente cruzaba la línea de meta, recogía su botella de agua y se sentaba aparte, su sudor siendo la única prueba de su esfuerzo.
Era una advertencia silenciosa para todos: su físico no era casualidad.
Era el resultado del gimnasio en el sótano, de la disciplina férrea.
No era el más musculoso, pero sí el más funcional, el más eficiente.
El más peligroso.
En el Aula: La Lógica del Camino Más Corto Cuando la profesora de sociales pidió voluntarios para ser delegado de curso, varias manos se alzaron, incluida la de Basil, ávido de un poco más de poder.
Todos esperaron, casi por inercia, a que Kael dijera algo, pero él solo levantó la vista de su libreta un momento para contestar: —No gracias —dijo, su voz un eco plano en el salón—.
No quiero matarme la cabeza con esas molestias.
No era arrogancia.
Era pragmatismo puro.
Su mente no operaba con conceptos técnicos elevados, sino con caminos directos.
Si alguien le hubiera preguntado cuánto era 6 + 7, no habría contado con los dedos.
Habría pensado: “Siete por dos son catorce.
Menos uno, trece.
Listo.” Era una lógica de atajos, de conexiones simples pero efectivas.
En debates de ética o política, sus argumentos no citaban filósofos complejos.
Bebían de la rígida ética cristiana inculcada por sus padres, filtrada por su propio criterio.
Decía cosas como: “Si no está bien robarte a ti, no debería estar bien robarle a otro, sin importar quién sea.” Era una simplicidad desarmante que a menudo dejaba sin argumentos a quienes intentaban enredar las cosas con retórica.
Sus notas eran altas, un sólido 8 o 9, pero nunca un 10 perfecto.
El “inteligente” oficial del salón, un chico llamado Samuel que devoraba libros, aún lo superaba.
Pero a los profesores les impactaba la honestidad de Kael cuando preguntaban por una lectura: “No me leí el libro entero, profe.
Leí los primeros capítulos, luego escuché un resumen y saqué mis propias conclusiones.” No había vergüenza, solo la cruda exposición de su método, que, aunque cuestionable, era efectivo.
En Grupo: El Estratega Pasivo Cuando lo forzaban a trabajar en grupo, su silencio era una herramienta.
No era el silencio del tímido, sino el del observador que calcula.
Se sentaba, cruzaba los brazos y escuchaba.
Hablaba con seguridad, pero sin imponer, soltando una idea como quien lanza una semilla a tierra fértil: “Podríamos enfocarlo desde el lado de los recursos, en lugar del político.
Es más simple.” Permitía que sus compañeros se equivocaran, que dieran vueltas inútiles.
No interfería.
Sabía que su nota individual, basada en su parte del trabajo o en el examen final, no se vería gravemente afectada.
Pero cuando veía que el proyecto se encaminaba hacia un desastre del que no podría aislarse, actuaba.
Sin aspavientos, se separaba del grupo.
—Lo haré yo solo —declaraba, y no era una queja, era una sentencia.
Y lo hacía.
Su parte era funcional, clara, y siempre entregada a tiempo.
No era la más creativa, pero era sólida como una roca.
No entendía conceptos abstractos complejos de inmediato, pero si se los explicaban con ejemplos concretos, los asimilaba con una velocidad que dejaba perplejos a algunos.
Apreciaba la elegancia lógica de las matemáticas, pero no era su vida; era una herramienta más en su caja.
La Sonrisa Fantasma y la Fortaleza Interior En la soledad de su habitación, o en los contados segundos de transición entre un sueño profundo y la conciencia, a veces una sonrisa breve, casi imperceptible, florecía en su rostro.
Eran los ecos de esos sueños.
Sueños de una chica sin rostro que lo apreciaba, que lo amaba, que aceptaba su pureza llena de aristas sin intentar pulirlas.
Esos sueños eran a la vez un consuelo y un tormento, un recordatorio de lo que anhelaba y creía inalcanzable.
Pero si alguien, como Leila, intentaba acercársele en el pasillo con una sonrisa amable, la máscara de hielo se sellaba al instante.
Sus ojos, que podían estar soñando despiertos un segundo antes, se volvían de nuevo rígidos, opacos.
Como si mostrar cualquier grieta de sentimiento frente a otro fuera el mayor de los riesgos.
Kael no era un lógico empedernido.
Era un superviviente pragmático.
Su Asperger era una parte fundamental de su ser, el lente a través del cual veía el mundo, pero no lo dominaba por completo.
Había aprendido, como un animal de presa que estudia a sus cazadores, a utilizar tácticas psicológicas básicas: hablar seguro, modular su voz para que fuera pesada pero no agresiva, posicionarse en el espacio para no parecer intimidante (o para parecerlo, si era necesario); todo porque veía las cosas que le pasaban a los demás en identificaba cuales no quería para su vida.
En base a ello, había construido su fortaleza.
Las bases estaban puestas.
Ahora, la “Pureza” de Kael era una fuerza autónoma en el salón 9B: una combinación de verdad incómoda, capacidad física latente y una inteligencia social fría y calculada que lo hacía, quizás, el estudiante más formidable y a la vez, el más solitario de todos.
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