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Pureza - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Transacciones y Sombras
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6: Capítulo 6: Transacciones y Sombras 6: Capítulo 6: Transacciones y Sombras El proyecto de Biología fue un éxito rotundo.

El grupo de Basil obtuvo la calificación más alta, y el análisis frío y preciso de Kael fue señalado por el profesor como “ejemplar”.

La eficacia de su método había quedado demostrada.

Unos días después, Leila lo abordó al salir de clase.

Ya no había tanto miedo en sus ojos, sino una calculada cordialidad.

—Kael, una pregunta.

¿Te importaría echarle un vistazo al borrador de mi ensayo para Literatura?

—preguntó, con una sonrisa que era más un gesto social que una expresión genuina de alegría—.

Tú tienes ese…

don para ver lo que sobra.

Kael la miró.

No era una mirada de reojo, sino directa, analítica.

Vio la sonrisa práctica, la postura ligeramente tensa.

Su mente, rápida como un procesador, evaluó la situación: “Ella busca ventaja.

Mi utilidad le ahorra tiempo y mejora sus resultados.

No busca conversación.

No busca amistad.

Es una transacción.” Por una fracción de segundo, una punzada de algo caliente y desagradable —algo muy parecido a la ofensa— surgió en su pecho.

¿Soy tan fácil de usar?

¿Una herramienta que se consulta y se guarda?

¿Reemplazable?

Pero el pensamiento fue barrido de inmediato por la lógica.

¿Acaso no era esto preferible?

Era una interacción limpia, sin las enredadas expectativas emocionales de la amistad.

No tenía que fingir interés.

No tenía que descifrar intenciones ocultas.

Era simple: ella proporcionaba un problema, él proporcionaba una solución, pero primero tenía que estar seguro de que no era una doble cara.

—¿Buscas solamente mi ayuda o… buscas entablar una amistad conmigo?

La mirada de Kael era de pura sospecha, cosa que, por supuesto no pasó desapercibida por Leila, la cual, recordando la naturaleza de Kael presentada hasta ahora, considero más sensato decir la verdad que hablar con mentiras.

—Por supuesto, tu ayuda, me gustó mucho los consejos que me diste en nuestro trabajo de Biología, pero si no quieres ayudarme no tienes por qué hacerlo— esto último lo dijo nerviosa al recordar los primeros días tras la llegada de Kael.

Pero aun así su respuesta era simple y completamente directa, donde le decía de frente y desde un inicio que no buscaba su amistad, solo su utilidad, y para él, esa honestidad le parecía mejor que una fachada de falsa amistad.

—De acuerdo —asintió, su voz tan neutra como siempre—.

Dámelo mañana antes de ingresar a clases.

Leila asintió, con una sensación de triunfo.

—¡Gracias!

Eres mi salvavidas.

Él no respondió.

Simplemente se giró y se marchó.

Para él, el asunto estaba cerrado.

El Ritual Utilitario Así comenzó un nuevo ritual.

Leila empezó a acudir a él con cierta regularidad, siempre con una petición concreta: revisar una conclusión, verificar unos cálculos, opinar sobre la estructura de un párrafo.

Kael siempre accedía.

Sus correcciones eran breves, incisivas y, invariablemente, mejoraban el trabajo.

Él nunca iniciaba la conversación.

Nunca preguntaba “¿cómo estás?” o “¿qué tal tu fin de semana?”.

Se limitaba a la tarea.

Y Leila, por su parte, tampoco intentaba cruzar esa línea.

Para ella, Kael era una especie de oráculo académico: se le planteaba una consulta y se obtenía una respuesta clara.

La etiqueta de “peligroso” se había difuminado casi por completo, reemplazada por la de “recurso valioso”.

Pero en la quietud, pequeños detalles empezaron a filtrarse, invisibles para ambos.

Kael comenzó a notar la manera en que Leila fruncía ligeramente el ceño cuando estaba concentrada, o cómo a veces jugueteaba con su tiara negra cuando dudaba de una palabra.

Eran datos, información que podría ser irrelevante para muchos e incluso de moralidad dudosa, pero algo en su mente disfrutaba registrar estas cosas de las personas para sí mismo.

Por su lado, Leila, en medio de una sesión de estudio en la biblioteca, observó cómo Kael, al pensar, tendía a mirar el vacío, siempre fijaba la vista en un punto concreto, como si estuviera leyendo las respuestas en una pantalla invisible o hubiera entrada en la caja sin nada que todo hombre tenía en su mente según lo que le habían contado sus amigos.

Y una vez, solo una vez, cuando le devolvió su ensayo corregido, sus dedos rozaron los de ella.

Fue un contacto fugaz, impersonal, pero Leila notó que sus manos tenían callosidades, ásperas y duras, muy distintas a las de cualquier otro chico de su edad.

Eran las manos de alguien que trabajaba con ellas, que se exigía físicamente.

Un recordatorio silencioso de que, bajo la fachada del estudiante lógico, habitaba una fuerza que ella había visto desatar una vez.

Ninguno de los dos comentó estas cosas.

Para Kael, eran anomalías sin importancia en una interacción por lo demás predecible.

Para Leila, eran simples curiosidades, detalles pintorescos de un “recurso” peculiar.

La distancia entre ellos seguía siendo abismal.

No había confianza, ni complicidad, ni siquiera un verdadero diálogo.

Pero el puente utilitario que Leila había construido era estable.

Y, sin que ellos lo supieran, cada pequeña transacción, cada corrección en un margen, cada roce fortuito, estaba colocando, grano a grano, la base de algo que ninguno de los dos buscaba, pero que la soledad de uno y la curiosidad del otro empezaban, muy lentamente, a necesitar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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