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Pureza - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Interrogatorios y Sueños Agridulces
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7: Capítulo 7: Interrogatorios y Sueños Agridulces 7: Capítulo 7: Interrogatorios y Sueños Agridulces La dinámica no pasó desapercibida para el grupo de amigos de Leila.

Una tarde, reunidos en un café después de clases, el tema salió a flote.

Fue Alex quien, con su típica torpeza, soltó la bomba.

—Oye, Leila, ¿te has hecho amiga de Kael o qué?

—preguntó entre sorbos de su refresco.

Leila casi se atraganta con su frappé.

—¿Qué?

No.

Para nada.

Solo… me ayuda con algunos trabajos.

Es… útil.

Basil, que había estado escuchando con una ceja arqueada, entró en el debate con la elegancia de un tiburón olfateando sangre.

—”Útil” es una palabra.

Lo que vemos es que hablas con él casi todos los días.

¿Y él acepta?

¿El tipo que no dice ni “buenos días” sin que se lo den primero?

Eso es… interesante.

—No es para tanto —se defendió Leila, sintiéndose inexplicablemente bajo un microscopio—.

Le llevo un trabajo, él lo corrige en dos minutos, yo me voy.

No es una conversación.

—Pero ¿por qué a ti?

—preguntó Steven, esta vez con un dejo de herido.

Él era el que normalmente la ayudaba, o al menos intentaba hacerlo—.

Yo te puedo ayudar con tus ensayos.

—Con todo respeto, Steven —dijo Leila, intentando ser amable—, pero la ayuda de Kael es… diferente.

Es como si tuviera un detector de mentiras para las ideas mal planteadas.

Tú me ayudas, pero él… optimiza.

La palabra “optimiza” cayó en la mesa con el peso de una verdad incómoda.

Era la diferencia entre el esfuerzo bienintencionado y la genialidad fría.

—Solo ten cuidado —murmuró Basil, su tono bajando a un registro más serio—.

No olvides lo que pasó con el bravucón.

El tipo es una caja negra.

Y ahora te está dando caramelos académicos.

No sé qué sea más peligroso, su puño o que te acostumbres a su ayuda.

—No me estoy acostumbrando —mintió Leila, para sí misma más que para ellos—.

Es una herramienta.

Nada más.

Pero incluso mientras lo decía, recordaba la textura áspera de sus dedos y la intensidad de su mirada perdida.

No era solo una herramienta.

Era un rompecabezas.

Y ella, sin querer admitirlo, había empezado a encontrar placer en juntar las piezas.

En la Fortaleza de Kael Mientras tanto, en casa, algo había cambiado.

Tras la mudanza y su inicial distanciamiento, una tregua silenciosa se había establecido.

Esa noche, su madre le sirvió la cena y, en lugar del habitual regaño por su actitud, dijo: —El colegio llamó hoy.

Dijeron que tus notas son altas y que no has vuelto a causar problemas hasta ahora.

Kael, que esperaba un comentario sobre su falta de sociabilidad, se quedó un momento descolocado.

—Ah.

Sí.

Las clases no son tan diferentes de mi otra escuela, y lo del inicio de año fue en defensa propia, realmente no quería llegar a tanto.

—dijo un tanto nervioso al sacar a flote ese tema.

—Bueno, al menos no te han vuelto a molestar hasta ahora —intervino su padre, sin mirarlo directamente, concentrado en su plato—.

Y en cuanto a tus notas, siéntete orgulloso, a pesar de tu apatía eres disciplinado.

Eso siempre te ha diferenciado de los demás.

—… Aquello no era un “estamos orgullosos” directo, pero esa era la forma en que ellos lo felicitaban y lo reconocían a pesar de su apatía en casa.

Aun así, esto lo sentía como un pequeño puente tendido sobre el abismo que los separaba.

Kael asintió una vez.

—Gracias.

—dijo agachando la mirada hacia su plato.

Tales felicitaciones eran poco para él.

Al fin y al cabo, quien creció para ser perfecto, no podía saborear correctamente la felicitación por su logro si no era directamente.

Los Sueños Esa noche, el sueño fue particularmente vívido.

Él y Ella estaban en un campo de girasoles, riendo.

El sol era cálido en su piel, y la mano de ella en la suya era real, sólida.

Ella le decía algo, una broma tonta que lo hacía reír de verdad, una sensación tan extraña y maravillosa que casi lo despertó por lo inusual.

Por un instante, la pureza de ese momento fue absoluta.

No había lógica, ni defensas, ni vacío.

Solo una felicidad sencilla y abrumadora.

Pero los sueños de Kael nunca duraban.

El cielo se nubló de repente.

Los girasoles se marchitaron.

La broma se convirtió en una discusión, las palabras se distorsionaron en gritos que no podía entender.

Ella lo miraba con lágrimas de decepción, dando un paso hacia atrás, alejándose.

Él intentó agarrarla, pero su mano pasó a través de la suya como si fuera humo.

Y entonces, el suelo se abrió bajo sus pies y ella cayó en la oscuridad, su grito desvaneciéndose en el vacío.

Kael se despertó de golpe, con el corazón martilleándole el pecho y la respiración entrecortada.

La habitación estaba en silencio, fría y vacía.

El eco de la risa de ella aún resonaba en sus oídos, seguido por el silencio ensordecedor de su pérdida.

No era solo vacío esta vez.

Era una tragedia emergente.

Era la confirmación de un patrón que su mente subconsciente repetía como un mantra: toda conexión, toda felicidad, toda cosa buena era fugaz y terminaba en pérdida y dolor.

Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas.

Afuera, la luna bañaba su habitación con una luz plateada y fría.

La herramienta en la que se estaba convirtiendo para Leila, el leve deshielo con sus padres, la eficiencia de su vida… todo palidecía ante la persistente sombra de ese sueño y la sensación de no poder disfrutar sus logros.

Se preguntó, brevemente, si alguien, en algún lugar, podría ser capaz de romper ese ciclo.

Pero la lógica, su fría y constante compañera, le recordó la probabilidad más alta: los sueños eran solo sueños.

Y la realidad, para él, siempre había sido una versión más suave de la pesadilla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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