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Pureza - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 El Ecosistema Humano
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8: Capítulo 8: El Ecosistema Humano 8: Capítulo 8: El Ecosistema Humano La indiferencia de Kael era una fachada meticulosamente construida, y él lo sabía mejor que nadie.

Mientras sus compañeros veían a un chico callado y distante, sus padres podían estar viendo un chico nervioso y asustadizo, y en su interior se libraba una actividad frenética para que nadie viera ese lado suyo.

Su mente era una esponja silenciosa, absorbiendo cada detalle del ecosistema humano del salón 9B.

Sentado en su pupitre, con la mirada perdida en la ventana o aparentemente absorto en su libreta, sus oídos estaban sintonizados con cada frecuencia de conversación.

No era espionaje con malicia, era instinto de supervivencia.

Sabía que su forma de ser—su pureza lógica, su falta de tacto social—era un blanco fácil para el juicio ajeno.

Y él se preparaba para ese juicio.

Su libreta negra se había convertido en algo más que un diario.

Era un archivo de defensa, un bestiario de la naturaleza humana, y el lienzo donde su propia confusión existencial tomaba forma.

Las anotaciones no seguían un método científico; eran el flujo libre de una conciencia hiperactiva y profundamente solitaria.

Páginas de la Libreta Negra Sobre “El Bravucón” (ahora conocido como Javier): “Día 1: Intimidación básica.

Patán.

Día 15: Ya no me mira.

Un buen puñetazo parece haber sido una lección más efectiva que cualquier sermón para alguien que no ha tenido a nadie capaz de defenderse.

La humildad, a veces, se enseña con contundencia.

Curioso.” Sobre un grupo de chicas (identificadas por sus características): “La del moño rojo (Ana) se queja de sus padres.

No la dejan salir a un ‘antro’.

Su tono es de indignación absoluta.

¿Qué le ven a esas salidas en grupo?

La promesa de diversión parece anular su percepción del riesgo.

¿Alcohol a menores de edad?, ¿Presión social?, son simplemente decisiones estúpidas; no gracias, prefiero mi sótano y mi silencio.

Es más cómodo y seguro.” Sobre un chico mostrando su nuevo teléfono (Ricardo): “Escuche que se llama Ricardo, exhibe su nuevo ‘Smarphone’ como un trofeo.

‘Miren la cámara’, ‘es la última’, ‘costo tanto’.

Es curioso como los adolescentes presumimos nuestro estatus con cosas costosas.

En cambio, los adultos lo hacen con lo que consiguen más barato, y son más sutiles a la hora de presumir: ‘Oh, este viejo reloj…

fue un regalo’.

Falsa humildad para un despliegue de riqueza igual de vacío.

Ambas acciones son patéticas.

Ninguna refleja verdadero valor.” Sobre la dinámica de Basil y su grupo: “Basil es el núcleo.

Alex, solo quiere ser parte de un grupo.

Steven, busca atención de las personas.

Leila…

(aquí la tinta está ligeramente corrida, como si hubiera dudado) parece dar una chispa alegre con sus preguntas y compañía.

Se ríen de las bromas entre ellos, pero la mayoría de las veces es una risa que a veces no llega a los ojos de Alex; una risa que agota a Steven la mayoría del tiempo, casi pareciera que solo Leila es la que disfruta de la misma forma que Basil, pero no estoy seguro.

Parecieran más un sistema solar en miniatura, frágil, mantenido por la gravedad del miedo a la exclusión que, por otra cosa, la verdad.” Hojeando las páginas, se podían encontrar observaciones dispersas, cada una instantánea de sus análisis continuos y reflexiones propias, guiadas por su educación en un ambiente cristiano.

Aun así, Kael no aprendió sus nombres porque le importaran, sino porque eran datos necesarios para su mapa mental.

Sabía que Marta tenía problemas con su hermano menor, que Carlos coleccionaba cómics antiguos, que la abuela de Sofía estaba enferma.

Eran piezas de un rompecabezas que nunca intentaba armar por completo, pero cuya disposición general entendía.

Pero también documentaba sus acciones; el como despreciaban a alguien de una forma pasiva-agresiva; el cómo excluían a alguien por cumplir con alguna demanda; como apartaban o miraban raro a un chico que simplemente dijo algo que le parecía gracioso; eso y muchas cosas más.

Esta vigilancia pasiva era su manera de abrazar con fuerza su soledad.

Al documentar a los demás, reforzaba su posición de forastero, de científico estudiando una especie ajena.

Miraba aquellos comportamientos despreciables, aquellas compañías que eran más como pandillas, e inevitablemente solo podía pensar.

“Yo no pertenezco a esto.” Pero, aun así, en sus momentos más quietud, cuando la fachada se resquebrajaba, una voz tenue en su interior susurraba que toda esa documentación era un sustituto patético de la conexión real que anhelaban sus sueños y que sus pesadillas se encargaban de sabotear.

Aquella libreta que contenía sus contrataques más efectivos, cargados con aquellas verdades que muchos no querían ver, resultaban siendo una paradoja cruel: se defendía de la soledad sumergiéndose más profundamente en ella, armado solo con esa libreta y una mente que no podía apagar.

Y en el centro de todo ese ruido mental, la figura de Leila comenzaba a tener más anotaciones, más detalles, más preguntas sin respuesta que cualquier otra.

No porque él lo quisiera, sino porque su mente, por sí sola, había notado algo peculiar en ella que aún no llegaba a comprender, por lo que decidió que ella era un fenómeno que requería de una observación más detallada.

“Ella… No es como los demás.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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