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RE: Sistema de Sugar Daddy Pervertido - Capítulo 391

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Capítulo 391: Fallaste

—¿Cuánta gente sabe de esto?

—Si te refieres a Lucy, la mayoría de los cardenales.

—No, me refiero a mi capacidad para acostarme con Lucy.

—Solo tres: tú, Lucy y yo. Informaré de esto al papa antes de que acabe el día, así que se podría decir que cuatro.

—¿No podemos evitarlo?

…

Lucy no le prestó ninguna atención a mis deseos. Cuando terminé de comer, me puso de pie.

—No quería reunirme con él hoy, pero ya que hemos hablado hasta este punto, no estaría bien no informarle.

Habían pasado dos horas desde que llegamos al Vaticano y, desde entonces, habíamos estado sentados en una habitación cálida y acogedora, con el dulce aroma del té inundando el ambiente y muebles blancos y rojos por todas partes.

—Aparte de la estética, ¿hay alguna otra razón por la que se use el blanco para representar la santidad? —pregunté de la nada.

—¿Crees en la fe, Marcus?

—Diría que no.

—Pues deberías.

Independientemente de lo absurda que pueda ser o parecer cualquier religión, mientras tenga seguidores, tiene poder.

Nosotros, los seres humanos, somos espirituales; mientras creamos en algo, existe.

—Entonces, si consigo que una congregación crea que eres mi esposa predestinada, ¿te convertirás en ello?

—Bueno, eso depende de la fuerza de tu congregación. No esperarás que la fe de mil piedras mueva una montaña —dijo Chiara, pero mis ojos se iluminaron al recordar una frase en particular.

—La Biblia dice que la fe del tamaño de un grano de mostaza puede mover una montaña.

—Sí, si la montaña no tiene fe propia.

—Eso tiene sentido —murmuré por lo bajo.

—En lo que respecta a lo sobrenatural, Marcus, mientras desarrollas la calidad, nunca subestimes el poder de los números.

—Suena a lección. La tendré muy en cuenta.

—Bien. Quédate conmigo y aprenderás mucho.

—Claro…

—Soy mayor que tú. No te avergüences de aprender.

—Mmm, espera, ¿por cuánto?

—¿Tú qué crees? —La pelirroja sonrió de forma sugerente—. Pareces haber visto mucho.

No obtuve una respuesta definitiva a mi pregunta.

Pasé los siguientes minutos preguntándome cómo iría mi segunda reunión con el papa, si debía disculparme por mi anterior grosería. Con dudas aún en mi mente, volví a hablar con Chiara.

—Estás al tanto de mi anterior encuentro con el papa, ¿verdad?

—¿Ya te habías reunido con el papa? —se sorprendió Chiara.

Estaba seguro de que algo tan significativo como haberme ganado la ira del papa habría llegado a oídos de la pelirroja, pero parecía que había tocado sus límites en el Vaticano.

—Sí, durante la reunión de presentación en la que los diferentes grupos religiosos se encontraron con el papa.

—Vale, ¿qué pasó?

—Llegué tarde y el papa se dio cuenta. No le gustó.

Considerando lo mucho que lo que yo deseaba dependía ahora del papa, esto era una verdadera preocupación para mí.

—Así que eras tú. Alguien mencionó el incidente. No me interesó mucho, no tiene mayor importancia.

—¿En serio? Por lo que pasó, tuve a sacerdotes e incluso a un cardenal enfadados conmigo.

—Lamebotas —Chiara agitó la mano con desdén.

—Si fueras un hombre cualquiera, sería un problema, pero no lo eres. No me sorprendería que ya se haya olvidado de ti.

La frivolidad de Chiara ante la situación era desconcertante. Por desgracia, no podía hacer mucho más que prepararme para lo peor.

Si el anciano no resultaba ser cooperativo, yo no descartaba usar algunas artimañas.

Minutos después, uno de los hombres más poderosos entró en la habitación.

Dado lo mucho que nos había hecho esperar, me puse de pie, listo para interpretar el papel de un joven humilde, esperando que su vieja mente se hubiera olvidado de nuestro encuentro anterior, pero Chiara me dejó de piedra.

—Espero que no hayas pasado las dos últimas horas de mi tiempo viniendo hasta aquí andando.

En efecto, el papa se movía con lentitud. A pesar de estar más cerca de la tumba que cualquiera de nosotros en la sala, se tomaba su tiempo para dar cada paso.

«O quizá sabe que está cerca, y por eso ya no valora el tiempo».

Justo cuando este pensamiento me vino a la cabeza, el anciano de túnica negra y gorro rojo se detuvo y me miró.

Una vez más, como la vez anterior, me miró fijamente a los ojos y, esta vez, negó con la cabeza.

—¿Qué ven en ti? —murmuró.

—Un rasgo humano que vuestra sociedad rehúye y condena: la Lujuria.

Las palabras salieron de mis labios antes de que me diera cuenta.

Las palabras del papa iban dirigidas a mí y me hicieron saltar.

—Sus excesos están a la vanguardia de la degradación que ocurre en el mundo. En los próximos años, la moralidad será cosa del pasado. El caos se extenderá por todas partes —dijo el anciano con amargura y vehemencia.

La expresión de fastidio que había tenido Chiara en el rostro cuando entró el papa desapareció. Dando un paso atrás, nos observó.

Dudaba que entendiera de qué estábamos hablando, o cuánto acababa de revelar el papa sobre su conocimiento de mi existencia, pero la mujer sentía curiosidad y estaba dispuesta a aprender.

Al oír las palabras del anciano, me quedé en silencio, con la mente perdida en recuerdos del futuro, y descubrí que, en efecto, tenía razón.

Ya había empezado, pero en los años venideros, la visión de la moralidad sufriría otra enorme transformación, y esto sería a nivel mundial. Pero…

Solté una risita.

De la nada, la comprensión inundó mi cerebro. Lo que había estado velado a mis ojos se reveló.

Empecé a entender muchas cosas, incluso empecé a entender un poco por qué era yo, por qué me habían enviado a mí de vuelta y no a los genios y filántropos de mi tiempo.

—¿Acaso los humanos vivimos para ser morales o somos morales para poder vivir? —Me centré en el anciano.

»Es como me dijo Chiara, para que llegue el cambio, debe aparecer el caos.

»La Lujuria está a la vanguardia del caos que se avecina; es lo que nos conducirá al cambio que anhelamos, la evolución que la humanidad necesita.

»No seas parcial con mi existencia. Tu generación tuvo su oportunidad y, ¿adivina qué?, fracasó.

El papa se quedó desconcertado por mis palabras y una fuerte negación apareció en su rostro. Pero antes de que pudiera hablar, levanté las manos, riendo ya sin control.

—No puedes negarlo. Es la razón por la que estoy aquí mirándote a ti y no a Francisco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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