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Rebelión contra el Cielo - Capítulo 224

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Capítulo 224: La Soberbia y la Fusión Nuclear

El cielo sobre Noruega ya no existía. Lo que alguna vez fue una cúpula de nubes grises y auroras boreales había sido reemplazado por un lienzo de caos absoluto. El humo negro y denso, cargado de las cenizas de miles de cadáveres calcinados y edificios reducidos a escoria, se arremolinaba como un océano invertido. En la superficie, la ciudad de Oslo era un cráter de proporciones bíblicas. El aire estaba tan saturado de calor que los copos de nieve se evaporaban a cientos de metros antes de tocar el suelo, convirtiendo la atmósfera en una asfixiante cámara de vapor sobrecalentado.

En el centro de esta devastación, flotando con una majestuosidad aterradora, se encontraba Thorius. El dragón colosal no batía sus alas para mantenerse en el aire; la mera repulsión de su energía tectónica contra la gravedad del planeta era suficiente para sostener su abismal peso. Sus escamas, negras como el vacío del espacio, brillaban con vetas de magma interno, y cada vez que exhalaba, el oxígeno a su alrededor estallaba en micro-combustiones.

Y de pie sobre la corona de cuernos de la bestia, con los brazos abiertos como si estuviera abrazando el apocalipsis que él mismo había orquestado, estaba Arthur MaelMordha.

El “Little demon King” de veinte años sonreía. Su corona, incrustada con el Ojo Rojo, latía en sincronía con el corazón del dragón. Su respiración era tranquila, casi aburrida, mientras observaba la nada absoluta que había dejado a su paso.

Pero entonces, la presión barométrica del país entero cambió en una fracción de segundo.

No hubo un sonido de aproximación. No hubo un trueno ni una estela en el cielo. Simplemente, las leyes de la física gritaron en agonía cuando una masa de energía incalculable rasgó la estratosfera y se detuvo, en seco, a exactamente cincuenta metros frente al hocico del dragón.

El desplazamiento de aire por la frenada súbita generó una onda de choque esférica que barrió las nubes de ceniza en un radio de diez kilómetros, revelando el cielo nocturno por un instante antes de que la luz de la recién llegada entidad lo cegara todo.

Era Aurion.

La “máxima arma” de Japón flotaba con los brazos cruzados sobre su pecho. No llevaba una armadura tecnológica ni un traje extravagante; su propio cuerpo parecía estar esculpido en oro fundido y luz sólida. Su cabello ondeaba lentamente, desafiando la gravedad, y sus ojos, dos pozos de energía termonuclear pura, estaban fijos en el joven rey. La temperatura alrededor de Aurion no quemaba de forma caótica como la del dragón, sino que irradiaba un calor perfecto, controlado, la clase de radiación que emite la corona de una estrella a millones de kilómetros de distancia.

Arthur bajó los brazos lentamente. La sonrisa en su rostro no desapareció, pero se torció en una mueca de puro desprecio. Inclinó la cabeza hacia un lado, observando al hombre de cuarenta años que flotaba frente a él con la tranquilidad de un verdugo veterano.

—Vaya, vaya… —La voz de Arthur resonó, amplificada por la energía residual de su corona, cortando el silencio ensordecedor del cielo—. Así que los rumores eran ciertos. El perro guardián de Japón sabe hacer trucos rápidos. Dime, ¿te soltaron la correa porque ya no tenían a quién más lamerle las botas en Tokio?

Aurion no alteró su expresión. Su rostro era una máscara de apatía absoluta. Sus ojos escanearon al muchacho, evaluando su estructura ósea, su masa muscular y la firma energética de la corona. Físicamente, Arthur era patético. Un humano ordinario de veinte años sin ninguna mejora celular visible. Sin embargo, Aurion podía sentir la resonancia de 6ta Generación fluyendo desde el artefacto en su cabeza hacia la bestia.

—Arthur MaelMordha —habló Aurion. Su voz no era un grito, pero resonó en los huesos del joven rey. Era una voz pesada, cargada con la autoridad de un dios que caminaba entre mortales por obligación—. Tienes veinte años. Has asesinado a tu linaje, masacrado a civiles y despertado una anomalía biológica. Todo por un trono que no significa nada fuera de tu pequeña isla.

Arthur soltó una carcajada estridente, llevándose una mano al rostro, fingiendo secarse una lágrima de risa.

—¡Oh, por favor! ¡El discurso del héroe aburrido! —gritó Arthur, señalando a Aurion con un dedo acusador—. Mírate. Cuarenta años desperdiciados siendo la perra faldera de burócratas como Yoshino. Te crees un sol, te crees intocable, pero no eres más que un empleado glorificado. Yo soy el Rey. Yo rompí mis cadenas cortándole la garganta a mi propio padre. Tú sigues esperando que te paguen a fin de mes. ¿Cuánto costó mi cabeza, viejo? ¿Unos cuantos barriles de petróleo noruego? ¡Qué patético!

Aurion parpadeó lentamente. La luz en sus ojos aumentó una fracción de lumen, un cambio microscópico que, sin embargo, hizo que la temperatura del aire subiera quince grados al instante.

—El precio no importa —respondió Aurion con frialdad clínica—. Eres un error en el sistema. Un niño que encontró un arma cargada y se disparó en el pie. Vengo a limpiar el desastre antes de que manches más el suelo.

La arrogancia de Arthur estalló ante la total falta de respeto del héroe. El ego del “Little Demon King” no podía soportar ser tratado como una simple tarea de limpieza. Las venas de su cuello se marcaron, y sus ojos, inyectados en sangre, brillaron con una luz rojiza y sádica.

—¿Un niño? —siseó Arthur, apretando los puños—. Te voy a enseñar lo que hace este “niño”, anciano de mierda. Te voy a mostrar que toda tu luz no puede evitar que te pudras por dentro.

Arthur se concentró. Su cuerpo no tenía fuerza bruta, no podía moverse a la velocidad de la luz ni destruir montañas con los puños, pero su dominio sobre la biología interna era absoluto. Con un simple pensamiento, Arthur activó su habilidad, apuntando directamente al flujo vascular del héroe.

El poder de Arthur atacó la sangre de Aurion. El objetivo era simple: elevar la temperatura de los fluidos vitales del héroe hasta el punto de ebullición, reventar sus órganos internos por la presión del vapor y hacerlo gritar mientras sus propios ojos se derretían en sus cuencas.

Arthur apretó los dientes, sintiendo la conexión. Vio cómo una leve vena palpitaba en la frente de Aurion. El joven rey sonrió con malicia, esperando el grito de agonía.

Pasó un segundo. Luego dos.

Aurion ladeó ligeramente la cabeza. Suspiró, un sonido que denotaba un aburrimiento cósmico.

—¿Eso es todo? —preguntó Aurion, con una decepción genuina en su voz.

La sonrisa de Arthur se congeló. —Qué… ¿qué demonios…?

—Estás intentando calentar mi sangre —explicó Aurion, como si le estuviera dando clases de termodinámica a un niño de preescolar—. Siento una ligera molestia, como la picadura de un mosquito en un día de verano. Pero has cometido un error de cálculo fundamental, muchacho.

La piel de Aurion comenzó a emitir un resplandor dorado, tan intenso que Arthur tuvo que cubrirse los ojos parcialmente con el antebrazo.

—Yo almaceno en mi núcleo celular la energía equivalente a cuatro soles —continuó Aurion, su voz vibrando con la fuerza de una erupción solar contenida—. Mi sangre no es un líquido biológico a base de agua. Es plasma estelar presurizado. Mi temperatura interna base es lo suficientemente alta como para derretir el núcleo de este planeta si no la contuviera. Tú estás intentando hervir el sol con un fósforo. Eres patético.

La humillación golpeó a Arthur más fuerte que cualquier puñetazo físico. Su ego, frágil y desmesurado, se resquebrajó ante la humillante realidad de su propia impotencia. No podía hacerle daño directamente. No podía quebrarlo desde adentro.

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA! —gritó Arthur, perdiendo cualquier rastro de compostura real, su voz quebrando en histeria.

Aurion no respondió con palabras. Había terminado de evaluar la situación y el protocolo dictaba la eliminación. Sin previo aviso, la figura dorada de Aurion desapareció.

No se movió rápido. Simplemente dejó de estar allí.

El estallido sónico llegó una milésima de segundo después de que Aurion reapareciera, esta vez a escasos treinta centímetros del rostro de Arthur. El aire entre ellos se había convertido en plasma instantáneo debido a la fricción. Aurion había retraído su brazo derecho; su puño derecho brillaba con la intensidad de una enana blanca. Un golpe físico de Aurion, respaldado por esa masa e inercia, no solo mataría a Arthur. Lo desintegraría a nivel subatómico, borrando su código genético de la historia del universo.

El puño comenzó su trayectoria. La muerte era una certeza matemática.

Pero en esa fracción de milisegundo, cuando el puño de luz estaba a milímetros de la nariz de Arthur y el calor ya estaba quemando las pestañas del joven rey, Arthur no intentó esquivar. Sabía que era imposible. En lugar de eso, sus ojos se abrieron de par en par, inyectados de pura locura y adrenalina, y su boca pronunció tres sílabas que no pertenecían a ningún idioma concebido por la garganta humana.

—”Zir’tahl… Rhaok… KRON.”

El idioma de los dragones no era sonido. Era un código fuente que reescribía las leyes de la realidad.

Mátalo.

El espacio entre Arthur y el puño de Aurion se distorsionó. Una masa de oscuridad pura, densa como un agujero negro y ardiente como el infierno primordial, se interpuso entre ellos.

Thorius no se había movido; había deformado el tejido del espacio-tiempo a su alrededor. El gigantesco hocico del dragón se materializó de la nada, abriendo sus mandíbulas, y el puño nuclear de Aurion impactó directamente contra la hilera de colmillos de obsidiana de la bestia.

La colisión fue indescriptible.

Una onda expansiva de energía dorada y llamas negras barrió Noruega entera. Las montañas a kilómetros de distancia fueron decapitadas por el choque cinético. El sonido ensordecedor hizo que los oídos de Arthur sangraran profusamente, pero el joven rey soltó una carcajada maniática mientras se aferraba a las escamas del dragón para no salir volando hacia la estratosfera.

Aurion, por primera vez en la pelea, mostró sorpresa. El impacto no había destrozado al dragón. Su puño, que debería haber perforado a la bestia de lado a lado, estaba detenido contra las mandíbulas de Thorius. La criatura de la 6ta Generación rugió, un sonido que hizo vibrar el núcleo atómico del propio héroe, y cerró sus fauces con una fuerza tectónica alrededor del brazo brillante de Aurion.

—¡ESO ES, CÓMETE SU LUZ! —aulló Arthur, escupiendo sangre mientras sus ojos brillaban con furia homicida.

Aurion gruñó, sintiendo por primera vez en décadas algo que creía olvidado: presión real. Los colmillos de Thorius, infundidos con magia ancestral, no se estaban derritiendo. Estaban perforando su barrera solar.

La deidad japonesa no dudó. Liberó una ráfaga térmica directamente de sus ojos. Dos rayos láser de puro calor solar impactaron a quemarropa contra la cara del dragón. Thorius bramó de dolor, soltando el brazo de Aurion, y la sangre del dragón, una sustancia espesa, oscura y corrosiva como la antimateria, salpicó el cielo, cayendo sobre el océano noruego y evaporando billones de galones de agua en el acto.

Aurion retrocedió en el aire, mirando su antebrazo derecho. La luz dorada parpadeaba erráticamente. Tres profundas marcas negras cruzaban su piel casi impenetrable; su propia “sangre” luminosa goteaba, chisporroteando al contacto con el aire gélido. Estaba sangrando.

Arthur, desde la cabeza del dragón herido pero enfurecido, vio la sangre dorada gotear. Su sonrisa se ensanchó hasta casi desgarrarle las mejillas.

—¡Sangras, perro! —gritó Arthur, señalándolo—. ¡Incluso los soles sangran cuando un verdadero Rey aprieta el cuchillo! ¡THORIUS, QUÉMALO HASTA QUE NO QUEDEN NI LAS SOMBRAS DE SUS RECUERDOS!

El dragón, enfurecido por el dolor, abrió sus fauces hacia el cielo. El interior de su garganta no se iluminó con fuego convencional, sino con un vacío devorador, una oscuridad llameante que amenazaba con tragar la misma luz de las estrellas.

Aurion apretó los puños. Su ego de “arma perfecta” había sido herido. Había subestimado la capacidad defensiva de la bestia. Ya no podía contenerse para salvar a Noruega. Si no aumentaba la potencia, él sería el que terminaría siendo consumido por la deidad draconiana.

—Has cruzado una línea, anomalía —susurró Aurion, aunque su voz resonó en toda la zona de combate.

Su cuerpo pasó del dorado al blanco cegador. El calor a su alrededor aumentó exponencialmente. Las ruinas de la ciudad debajo de ellos comenzaron a derretirse simplemente por existir en la misma dimensión que él. El asfalto se hizo magma, el acero se volvió líquido. Aurion estaba accediendo al poder de su primer sol completo.

—No habrá rastros de tu ADN cuando termine contigo —sentenció Aurion, preparándose para desatar una erupción solar a quemarropa.

Thorius disparó el aliento del vacío. Aurion disparó el haz de colapso estelar.

El choque de ambas energías en el aire no produjo una explosión de inmediato. En su lugar, el cielo entero pareció resquebrajarse. El rayo blanco de pura fusión nuclear chocó frontalmente contra el torrente de fuego negro de 6ta Generación. El punto donde ambas fuerzas colisionaron creó una singularidad momentánea, un anillo de energía donde los colores dejaron de existir y solo quedó el silbido aterrador del universo rasgándose por las costuras.

Arthur observaba la colisión desde la retaguardia de la bestia, riendo a carcajadas maníacas, su rostro iluminado por el parpadeo apocalíptico de la batalla más grande y sangrienta que el planeta había presenciado desde la era antigua. El fin del mundo había comenzado.

El punto de impacto entre el colapso estelar de Aurion y el aliento del vacío de Thorius creó una cúpula de energía pura que distorsionó la gravedad en un radio de veinte kilómetros. Los escombros de Oslo que aún quedaban en pie comenzaron a flotar, arrancados de sus cimientos, girando lentamente en el aire antes de desintegrarse por la pura fricción atmosférica. El sonido era un zumbido sordo, una frecuencia tan baja y poderosa que los cristales a cientos de kilómetros de distancia estallaron al unísono.

En la cima de la cabeza del colosal dragón, la temperatura había superado cualquier límite que un ser vivo pudiera soportar, pero la Corona del Ojo Rojo mantenía a Arthur MaelMordha anclado a la existencia, tejiendo una barrera de energía carmesí a su alrededor. Sin embargo, la bestia de obsidiana sabía que esta colisión no era un simple intercambio de golpes. El hombre dorado flotando frente a ella no era un mortal ordinario; era un reactor nuclear con voluntad propia.

De pronto, la voz de Thorius no resonó en el aire, sino que vibró directamente en el cráneo de Arthur con la urgencia de un terremoto.

—ZHU-KHAR ASH. BA-ZIN THOR-KHA. (Bájate ahora. Escóndete entre las sombras de las rocas). —El dragón cerró sus inmensas mandíbulas, cortando su propio aliento y dejando que la explosión residual los empujara hacia atrás—. Este sol falso tiene demasiada masa. Esto se va a poner muy feo.

Arthur, aferrado a uno de los cuernos que era del tamaño de un campanario, frunció el ceño, molesto por la orden. Su cuerpo, aún estabilizándose tras su reciente regeneración forzada, humeaba.

—¿Esconderte? ¿Me estás diciendo que te acobardas ante un perro con correa? —Arthur escupió hacia el abismo, su voz cargada de un veneno arrogante—. Si no puedes con él, es mejor que huyas. No me sirves muerta. Después de todo, ya eres una anciana, Thorius. Supongo que ya no eres la joven dragona en sus días de gloria que partía continentes por diversión.

El ojo del dragón, un océano de magma incandescente, giró bruscamente para mirar al pequeño rey humano que se atrevía a cuestionarla. La furia de la bestia hizo que la corona en la cabeza de Arthur ardiera, enviándole una descarga de dolor que lo obligó a arrodillarse.

—Cállate, parásito ignorante —rugió Thorius en su mente, el tono desprovisto de cualquier deferencia—. Bájate y escóndete. Continúa sin mí para conquistar Europa. Ya diste el primer paso: la capital de Noruega es ceniza y el mundo sabe tu nombre. Yo me encargaré de apagar esta luz.

Arthur se puso de pie, limpiándose un hilo de sangre hirviente de la comisura de los labios. Aunque su ego estaba herido, su mente calculadora comprendió la lógica táctica. Él era un rey, no un soldado de primera línea.

—Más te vale ganar, lagartija —dijo Arthur, soltándose del cuerno—. Si mueres, te juro que encontraré tus huesos y los usaré para pavimentar mi trono.

—Dalo por hecho, niño —vibró Thorius, sus alas gigantescas extendiéndose hasta tapar los restos de las auroras boreales—. No he tenido una batalla seria en 280 años. Mi sangre anhela el caos.

Con un salto suicida, Arthur se dejó caer desde la inmensidad de la cabeza del dragón. La corona brilló, amortiguando su caída libre de miles de metros. Aterrizó con un impacto sordo en los densos bosques de coníferas de Nordmarka, en las afueras de la capital en ruinas. El impacto levantó una nube de nieve y tierra carbonizada. Se enderezó lentamente, su cuerpo desnudo de porcelana blanca brillando tenuemente en la oscuridad del bosque.

El “Little Demon King” respiró hondo, sintiendo el aire helado contrastar con el horno nuclear que era su propio cuerpo. Sonrió.

Pero la sonrisa se borró cuando el crujido de ramas rotas y el inconfundible sonido de armas automáticas siendo amartilladas rompieron el silencio del bosque.

—¡Ahí está! ¡Objetivo localizado! ¡Contacto visual con el individuo hostil!

Desde las sombras de los altos pinos, un escuadrón de veinte soldados de las fuerzas especiales noruegas emergió, rodeando a Arthur. Llevaban trajes tácticos de invierno, visores térmicos y fusiles de asalto equipados con munición perforante diseñada para abatir a usuarios de 2da y 3ra Generación. Eran los remanentes de la guardia que había sobrevivido a la destrucción del parlamento, y habían rastreado la firma de calor extrema que cayó del cielo.

Arthur no se inmutó. Giró la cabeza lentamente, evaluando a los hombres armados que le apuntaban con láseres infrarrojos directos a su pecho y cabeza.

«No soy fuerte físicamente», pensó Arthur, su mente procesando la situación con una frialdad matemática. «No tengo una gran velocidad, ni los músculos. Mi cuerpo se rompería si intentara dar un puñetazo a través de una pared de acero. Pero… soy inteligente.»

Arthur cerró los ojos por un microsegundo. Había despertado completamente su poder de Sexta Generación hacía apenas media hora en el despacho del Primer Ministro, tras ser llevado al borde de la muerte. Y sin embargo, la conexión con la Corona del Ojo Rojo le había descargado un conocimiento absoluto sobre su propia biología. No necesitaba años de entrenamiento; sentía que ya sabía utilizar sus capacidades a la perfección.

«Dios… se siente increíble ser una 6ta Generación», reflexionó, una sensación de euforia retorcida inundando su cerebro. «Tener las leyes de la termodinámica como juguetes en mi bolsillo.»

—¡Al suelo! ¡Manos en la nuca, monstruo! —gritó el comandante del escuadrón, su voz temblando ligeramente al ver la piel antinatural de Arthur y la corona fusionada a su cráneo.

Arthur abrió la boca y, en lugar de palabras, exhaló. Una nube de humo negro, denso y cargado de azufre, salió de sus pulmones, expandiéndose a una velocidad absurda. En dos segundos, el claro del bosque quedó sumido en una ceguera total. Los visores térmicos de los soldados se volvieron inútiles, sobrecargados por el calor ambiental de la niebla sulfurosa.

—¡Fuego! ¡Abran fuego a discreción! —ordenó el comandante, presa del pánico.

El estruendo de los fusiles de asalto desgarró el bosque. Cientos de balas llovieron sobre la posición de Arthur. El impacto fue brutal. La munición de alto calibre perforó la piel de porcelana, destrozando sus hombros, perforando su abdomen y reventando su rodilla izquierda. Arthur cayó al suelo de rodillas, su cuerpo ensangrentado y lleno de agujeros humeantes.

Los disparos cesaron cuando los cargadores se vaciaron. El humo comenzó a disiparse lentamente por el viento gélido de la noche.

Los soldados avanzaron con cautela, las linternas de sus cañones buscando el cadáver. Encontraron a Arthur en el suelo, con la cabeza gacha, un charco de sangre oscura extendiéndose bajo él.

Pero entonces, un sonido los heló hasta la médula.

Arthur se estaba riendo.

Era una risa baja, gutural, que se fue transformando en una carcajada histérica. Los soldados retrocedieron, horrorizados, al ver cómo las balas alojadas en el cuerpo del joven rey eran expulsadas hacia afuera por la propia carne que se tejía a sí misma. Las heridas se cerraron emitiendo un vapor rosado; la rodilla destrozada crujió y se alineó perfectamente en menos de un segundo. Arthur se puso de pie, su piel nuevamente lisa y perfecta, sin una sola cicatriz.

—¡Es… es imposible! —balbuceó uno de los soldados, dejando caer su arma—. ¡No es un humano! ¡Es un error! ¡Un error del mismísimo infierno!

La sonrisa de Arthur desapareció de golpe. Su mirada se volvió gélida, cargada de un odio ancestral.

—Ya estoy cansado… —susurró Arthur, su voz resonando en las mentes de los soldados— …muy cansado de que me comparen con un maldito demonio. Yo no vengo del infierno. El infierno es un lugar donde los pecadores sufren. Yo soy el que los hace sufrir. Yo soy su Rey.

Arthur alzó su mano derecha, con la palma abierta hacia el escuadrón.

El poder de Arthur no era magia de fuego simple; era manipulación termodinámica hiper-focalizada. Al igual que un héroe en su dominio, Arthur podía alterar la energía cinética de las moléculas a nivel subatómico. Pero no lo hacía con el aire; su afinidad, otorgada por el Ojo Rojo y la sangre de los MaelMordha, era la biología interna. El agua. La sangre.

«La temperatura es solo la velocidad a la que se mueven las partículas», pensó Arthur, sus ojos amarillos brillando en la oscuridad. «El cuerpo humano tiene un setenta por ciento de agua. Su sangre fluye a 37 grados Celsius. ¿Qué pasa si aceleramos las partículas de hierro y agua en sus venas hasta los 400 grados en una milésima de segundo?»

Arthur cerró el puño de golpe.

—HOT BLOOD.

No hubo un rayo de energía. No hubo fuego saliendo de sus manos. El efecto fue instantáneo, invisible y absolutamente grotesco.

Los veinte soldados se congelaron en su lugar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras las venas de sus cuellos, rostros y brazos se marcaban de un color negro azabache, palpitando violentamente. Sus bocas se abrieron en gritos mudos de una agonía que destrozaba la escala humana del dolor. El agua dentro de sus torrentes sanguíneos se había convertido en vapor sobrecalentado instantáneamente.

El cuerpo humano no está diseñado para contener presión de vapor interna.

Uno tras otro, como globos llenos de agua a los que se les inyecta aire comprimido, los soldados explotaron.

No fue una explosión de fuego, fue una detonación biológica. Trozos de carne cocida, huesos astillados y lluvia de sangre hirviente salpicaron los troncos de los pinos y la nieve, derritiéndola al contacto. En menos de dos segundos, el escuadrón de élite se había convertido en una niebla roja y humeante de vísceras esparcidas en un radio de treinta metros.

Arthur se quedó de pie en el centro de la carnicería. Una gota de sangre hirviente de uno de los soldados le cayó en la mejilla; la limpió con indiferencia.

—Demonios… no tienen ni idea —murmuró, dándose la vuelta y alejándose a paso lento hacia las montañas, dejando atrás el bosque decorado con los restos humeantes de la resistencia noruega.

A diez mil metros de altura, sobre las ruinas del continente, la verdadera guerra acababa de comenzar.

Thorius se había elevado por encima de las nubes, batiendo sus colosales alas de obsidiana, creando huracanes que azotaban las cordilleras. Frente a ella, Aurion flotaba como una estrella en miniatura, su cuerpo emitiendo una luz tan pura y cegadora que convertía la noche ártica en pleno mediodía.

Y entonces, el dragón hizo algo que ninguna bestia mítica documentada por la Asociación de Héroes había hecho jamás. Habló en el idioma de los hombres. Su voz, una reverberación grave que hizo temblar el aire a su alrededor, sonó antigua, culta y llena de orgullo.

—Hombre de luz cautiva —dijo Thorius, sus inmensas mandíbulas moviéndose lentamente—. No posees la sangre de los antiguos, pero tu energía es vasta. Tienes el honor de pelear contra la Madre de las Sombras. Que tu muerte sea una chispa digna en mi memoria.

Aurion no mostró sorpresa. Su rostro, iluminado por su propia fusión nuclear interna, se mantuvo impasible.

—No busco honor en matar a un lagarto desproporcionado —replicó Aurion, su voz amplificada por la energía que irradiaba—. Tu existencia es un fallo geológico. Y yo soy el que lo corrige.

Aurion no esperó más. Rompió la barrera del sonido tres veces en un solo parpadeo. Se convirtió en un misil de luz dorada y se estrelló directamente contra el pecho acorazado de Thorius. El impacto fue similar a la detonación de cien cabezas nucleares tácticas. El cielo se encendió en un fogonazo esférico de plasma y fuego negro.

El dragón bramó, no de dolor, sino de furia, y respondió. Levantó una de sus garras delanteras, cada uña del tamaño de un acorazado, y golpeó a Aurion con una velocidad que desafiaba su propia masa. El héroe japonés cruzó los brazos para bloquear, pero la fuerza bruta de la 6ta Generación lo mandó volando a través de dos sistemas montañosos enteros. Aurion atravesó kilómetros de roca sólida, convirtiendo la piedra en lava a su paso, antes de frenar en seco y dispararse de vuelta hacia la bestia.

Comenzó un ballet de violencia pura y desquiciada.

Durante treinta minutos exactos, el cielo de Escandinavia fue el escenario de una pesadilla mitológica. Aurion disparaba ráfagas concentradas de energía solar desde sus puños, perforando agujeros del tamaño de rascacielos en las alas de Thorius, pero el tejido del dragón no era biología normal; era caos solidificado, y se cerraba lentamente mientras la bestia continuaba atacando.

Thorius exhalaba su aliento de vacío y fuego oscuro, un calor abrasador que consumía la luz. Aurion se veía obligado a evadir, volando a velocidades hipersónicas, zigzagueando entre los pilares de magma que el dragón escupía. La bestia usaba su enorme cola como un látigo continental, intentando aplastar al “Sol de Japón” contra la corteza terrestre. Los fiordos debajo de ellos hervían, el agua del océano se evaporaba en columnas gigantescas de vapor que llegaban hasta la estratosfera.

Aurion estaba jadeando. A sus cuarenta años, la edad no había mermado su poder, pero sí la resistencia de su núcleo humano para contener tal cantidad de energía durante tanto tiempo sin sufrir daño celular. Su traje estaba completamente carbonizado, y su piel dorada presentaba profundas grietas de las que emanaba luz, como un reactor a punto de colapsar. La sangre bajaba por su frente, evaporándose antes de llegar a su barbilla.

Había subestimado a la bestia. Thorius no solo era inmensa; era un depredador con siglos de experiencia bélica.

«Es demasiado dura», pensó Aurion, esquivando otro mordisco que cerró sus fauces con la fuerza para partir la luna en dos. «La energía convencional solo quema su superficie. Tengo que borrarla de la existencia a nivel cuántico. Tengo que usarlo. Todo.»

Aurion retrocedió, ascendiendo a la mesosfera para ganar distancia. Se detuvo, flotando en el frío límite del espacio. Thorius, viéndolo huir, batió sus alas y ascendió tras él, rugiendo con triunfo, sus fauces abiertas de par en par listas para tragar la luz entera.

—Se acabó, aberración —susurró Aurion.

Cerró los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho. Su respiración se detuvo. El latido de su corazón resonó como un tambor de guerra. Aurion no solo controlaba el sol; albergaba cuatro estrellas en su interior. Hasta ahora, solo había utilizado el poder superficial de su primer sol para no destruir la atmósfera de la Tierra. Pero ahora, frente a la inminencia de la muerte, desató sus sellos.

La luz a su alrededor comenzó a retraerse, siendo succionada hacia su propio cuerpo. Por un instante, el cielo se volvió absolutamente negro. Y entonces, Aurion abrió los brazos y los ojos.

Había despertado su cuarto sol.

— SONZAI NO SHINSEINARU HIKARI. (La luz sagrada de la existencia)

No hubo sonido. El volumen de la energía liberada superó la capacidad del aire para transmitir ondas sonoras. Fue una expansión de blancura absoluta, un flash fotónico de proporciones cósmicas. El rayo no era una simple ráfaga de calor; era la esencia misma de la destrucción estelar, un colapso de fusión hiper-concentrado.

El haz de luz divina golpeó a Thorius de frente.

El inmenso dragón, que cubría el cielo, quedó atrapado en el pilar de luz blanca. La bestia no tuvo tiempo de rugir. Las escamas de obsidiana se evaporaron. Su carne milenaria, imbuida en magia oscura, se sublimó al instante. Sus inmensas alas, su cuello, su cabeza coronada de cuernos… todo fue barrido. La materia del dragón dejó de existir, desintegrada a nivel atómico, convertida en fotones y polvo subatómico.

El rayo atravesó el espacio, perdiéndose en el vacío del cosmos, dejando tras de sí un cielo noruego extrañamente despejado y pacífico.

La luz blanca se apagó lentamente.

Aurion cayó de rodillas en el aire. Su cuerpo entero temblaba violentamente. Su piel había vuelto a su tono humano normal, quemada y agrietada por el esfuerzo masivo. Tosió, escupiendo un coágulo de sangre espesa. Sus pulmones ardían, sus músculos gritaban de agonía. Había empujado su cuerpo de cuarenta años más allá del límite absoluto, vaciando el núcleo de su cuarto sol.

Respiraba con dificultad, mirando hacia abajo, donde antes estaba la pesadilla alada. No quedaba nada. Solo el humo disipándose en el viento gélido.

—Lo… lo logré… —jadeó Aurion, cerrando los ojos por un segundo, la fatiga aplastando su mente—. Está muerta. La amenaza… ha sido neutralizada.

El Héroe Número 1 de Japón dejó caer los brazos, exhausto, creyendo que la victoria era suya. Había cumplido su contrato. Había salvado lo que quedaba del país.

Pero en el silencioso vacío del cielo nocturno, un sonido perturbó la paz de Aurion.

Un crujido húmedo. Un sonido asqueroso, como el desgarro de carne cruda y el roce de huesos gigantescos chocando entre sí.

Aurion abrió los ojos lentamente, frunciendo el ceño por el cansancio. Miró hacia abajo.

En el lugar donde había impactado su ataque supremo, a miles de metros de profundidad, cayendo hacia el mar, quedaba un fragmento. La Luz Divina de la Existencia había desintegrado el noventa y cinco por ciento del dragón. Su cabeza, su torso, sus alas… todo había desaparecido. Pero el ángulo del rayo había fallado en un milímetro. Había dejado la punta de la cola.

Una cola que era, por sí sola, del tamaño de un edificio de 25 pisos, cayendo inerte.

Aurion entrecerró los ojos. «No importa», pensó. «Un trozo de carne muerta.»

Pero el trozo de carne no estaba muerto.

El crujido se intensificó, volviéndose un estruendo ensordecedor. Frente a los ojos aterrorizados de Aurion, la cola amputada del dragón se detuvo en el aire. La herida abierta, del tamaño de un estadio de fútbol, burbujeó violentamente. Un torrente de sangre oscura y hirviente brotó, pero no para derramarse, sino para tejerse a sí misma.

De la herida surgieron tendones del grosor de autopistas, enroscándose y extendiéndose a la velocidad del sonido. Huesos de obsidiana brotaron de la nada, formando una columna vertebral masiva. El sonido de la calcificación acelerada era como el choque de cien trenes de carga. Los órganos internos, pulmones del tamaño de ciudades, un corazón que latía con el estruendo de una bomba atómica, se formaron en cuestión de segundos, recubiertos instantáneamente por costillas y carne, para luego sellarse con las escamas negras irrompibles.

Aurion retrocedió, sus ojos muy abiertos, el terror primigenio trepando por su garganta por primera vez en toda su vida.

—No… —murmuró Aurion, negando con la cabeza, su cuerpo agotado negándose a aceptar lo que estaba presenciando—. Es… es imposible. Una criatura biológica… una criatura mitológica no puede…

Él sabía de la regeneración. Los usuarios de Quinta o Sexta Generación, como Ryuusei o el propio Arthur, poseían regeneración celular hiperactiva. Pero esto no era reparar tejido dañado. Esto era crear vida de la nada. Era reconstruir una masa de millones de toneladas a partir de un apéndice cortado.

En menos de cinco segundos, la pesadilla estaba completa.

Thorius había renacido. Su nuevo cuerpo brillaba con un aura enfermiza. El dragón alzó su nueva cabeza, sus ojos de magma clavándose en el exhausto héroe, y abrió sus fauces.

Pero esta vez, no exhaló fuego negro. No exhaló el vacío.

Desde las profundidades de sus nuevos pulmones ancestrales, Thorius desató un fuego de un color verde esmeralda, brillante, tóxico y profundamente antinatural. Era el fuego de la resurrección pervertida, una llama radiactiva que consumía no solo la materia, sino la energía misma.

Aurion intentó levantar los brazos, intentó invocar un escudo de su primer sol, pero su núcleo estaba vacío. Sus rodillas fallaron.

El torrente de fuego verde lo engulló por completo.

El grito de agonía de Aurion desgarró el cielo noruego. Las llamas esmeraldas no solo quemaban su piel dorada, sino que carcomían su energía estelar, envenenando su sangre nuclear, disolviendo las defensas que lo hacían invulnerable.

El dragón no se detuvo. Batió sus alas, lanzándose de nuevo a la persecución, envolviendo al “Sol de Japón” en una tormenta de fuego tóxico. La batalla desde los cielos se reanudó, pero ya no era un choque de titanes. Era la cacería de una deidad primigenia contra un héroe marchito y aterrorizado, cuyo único error fue creer que la mitología obedecía a las leyes de la física.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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