Reborn: Evolucionando de la nada - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 El hallazgo del tesoro
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44: Capítulo 44: El hallazgo del tesoro 44: Capítulo 44: El hallazgo del tesoro Editor: Adrastea Works Dorian deslizó su cabeza de dragón sobre una saliente de piedra, al espiar a un grupo variopinto de aeth, humanos y vampiros que estaban envueltos en una batalla contra un trío de grandes criaturas que parecían estar hechas de piedra.
Estaba lo suficientemente lejos como para que su ligero movimiento, incluso con su gran cabeza, fuera prácticamente indetectable, especialmente para un equipo en medio de una batalla.
Las tres criaturas de piedra parecían grandes osos, con una altura de casi tres metros.
Había cuatro magos en el grupo, tres de ellos lanzaban lanzas rojas y flotantes para golpear a los osos, mientras que el cuarto se apartaba a un lado, sin hacer nada visible que Dorian pudiera decir.
El mago tenía sus manos juntas, un gesto común ara un mago que está lanzando un hechizo.
—Osos pardos de piedra.
Bestias que clasifican en la clase Magister que no tienen habilidades, sino que un exterior que resistente que se asemeja a la piedra—dijo Ausra en su cabeza, informando como de costumbre.
«Mmm».
Dorian tomó un momento para pensar.
«¿Debería ir a ayudar?».
Se tomó otro momento para revisar la información del linaje.
La fuerza defensiva de sus escamas de dragón myyr gigante definitivamente necesitaba una mejora, considerando que esos leopardos de clase Magister habían logrado hacerle daño, aunque ligeramente.
ZUMBIDO BUM Una onda de choque resonó en el aire cuando una vampira que vestía una armadura de cuero negro lanzó hacia adelante un pequeño martillo de piedra, pegándole por el lado a uno de los enormes osos.
El oso fue arrojado hacia atrás por el aire, volando sobre algunos de los otros luchadores.
Varias grietas enormes se revelaron en su exterior rocoso cuando tropezó, cargando de nuevo hacia la contienda.
Vio a otro vampiro sacar una larga lanza de la nada, golpeando a otros de los osos con facilidad.
Cada vez que su lanza daba contra el oso, grietas aparecían en su exterior rocoso y el oso era lanzado hacia atrás.
«Parece que tienen la situación bajo control».
Se encogió de hombros.
Las bestias de clase Magister no eran comunes exactamente, pero estaba seguro de que sería capaz de encontrar otros osos pardos de roca si realmente lo quería.
«No es mi problema».
Se dio la vuelta y se marchó.
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—¡Rodéenlo, chicos!—gritó Rathven, con el pecho agitado.
Se secó el sudor de la frente, mirando hacia el cadáver del oso pardo de piedra.
Él, un cazador de clase Magnus Magister, apenas logró romper el exterior duro del oso.
Para tratarse de una bestia de clase Magister, eran ridículamente difíciles de matar.
—Dolen, reúne toda la sangre y guárdala.
Tendremos que dejar los cuerpos, y no parece que valgan mucho de todas formas.
La carne podría valer algo, pero en el estado en que los cuerpos estaban, ni siquiera un mago de clase Dominus que estudiara magia nigromántica estaría interesado en ellos.
Los huesos serían demasiado grandes para transportarlos.
—¡Sí señor!—dijo uno de los cuatro magos de su tropa, un entusiasmado mago de clase Caelum que se especializaba en magia de sangre, como la mayoría de los vampiros.
Era un poco más joven, una adición relativamente nueva a su equipo.
Suspiró mientras pensaba en ello.
Su tropa de cacería entera había sufrido varias pérdidas en los últimos dos días.
La muerte del Señor de la ciudad había sacudido a la ciudad, y varias batallas entre los Señores de palacio habían estallado.
La única razón por la que tuvieron información de esta manzana dorada apenas fue por unos pocos pedazos de papel que el Señor del palacio Gorth encontró cuando saqueaban los restos de la mansión del Señor de la ciudad.
Servir a un Señor de palacio era un trabajo lujoso que aseguraba tu futuro, pero también conllevaba peligro.
Volvió nuevamente su atención a sus hombres, específicamente a un mago en particular.
El único mago en la tropa que no estaba estudiando magia de sangre.
Harmen Gobbel, un mago del destino humano.
Vestía una armadura de cuero gris que lo mezclaba con los otros cazadores en el grupo, haciéndolo parecer como si fuera solo un luchador.
No era exactamente el más valiente de los magos, pero era el mejor mago del destino al servicio de Gorth.
—Está bien, Harmen—asintió con la cabeza al hombre con ligero sobrepeso de cabello rubio.
Él sacó un pequeño cristal brillante de su bolsa espacial.
Era un artefacto creado según las especificaciones que el maestro del palacio Gorth les había dado, conocido como cristal de resonancia.
Según él, esto enviaría una ola de energía que resonaría con la manzana dorada.
Tenía un amplio radio de búsqueda de más de diez mil metros.
También era extremadamente caro, y solo podía usarse una vez.
Además, cualquier persona relativamente cerca del cristal de resonancia sentiría la ubicación de la manzana dorada con la misma intensidad que la persona que sujetara el cristal.
Era un defecto que no podía ser resuelto.
El cristal necesitaba el rango de manera de encontrar exitosamente el tesoro natural.
A pesar de las desventajas, esta era la única forma realista en la que podían encontrar la manzana dorada.
Los tesoros naturales prácticamente no emitían un aura a menos que estuvieras de pie junto a ellos, y Gorth no sabía dónde estaba exactamente la fruta, sólo que existía en la región más profunda del cañón Overbal.
—Haz un chequeo en los alrededores antes de que vayamos—ordenó.
La resonancia creada por el cristal era oscura, y pocas bestias serían capaces de comprenderla.
Sólo aquellas que estuvieran en la clase Magister o superior tenían una posibilidad.
—Lanza el hechizo de destino para cualquier bestia salvaje de clase Magister o más fuerte.
Sé específico, busca exactamente lo que dije.
Además, rastrea cualquier humanoide de clase Magister o superior—.
El destino era algo difícil de inspeccionar, era muy consciente.
—Be-bestias salvajes de clase Magister o más fuertes, humanoides de clase Magister o más fuertes encontradas—.
Harmen asintió, juntando ambas manos nerviosamente.
Una película de sudor cubría al mago a pesar de que literalmente no hizo nada en la última batalla.
Pasaron algunos momentos.
Una luz blanca comenzó a brillar desde los ojos de Harmen, la energía mágica se arremolinaba alrededor.
La luz paulatinamente se desvaneció, y los ojos de Harmen regresaron a la normalidad.
—Estos eran los últimos, señor Rathven—.
Su voz era respetuosa a pesar de que ambos técnicamente tenían el mismo rango por debajo de Gorth.
Al menos el hombre era respetuoso, aunque su cobardía todavía hacía que Rathven menospreciara al Mago del destino.
—No hay be-bestias salvajes o humanoides de clase Magister o superior en el á-área—dijo con una apariencia de confianza.
Su rastreo del destino había arrojado resultados sorprendentemente claros.
Rathven asintió, complacido.
Se habían visto forzados a eliminar a los osos pardos de piedra que habían encontrado, pero hasta ahora esas eran las únicas bestias desafiantes que habían enfrentado.
Habían visto una sola otra bestia de potencial clase Magister, pero ésta había huido al ver el tamaño de su grupo y sentido unas cuantas lanzas de sangre que habían arrojado los magos de sangre de la tropa.
—Aina—llamó a su compañera de confianza, saludándola con la mano.
La vampira se acercó trotando.
Ella había estado vigilando mientras instruía a algunos de los cazadores más novatos.
—¿Lo estamos consiguiendo?—.
El rostro de Aina se arrugó mientras miraba con nerviosismo hacia el cristal de resonancia, con sus martillos de piedra apretados en sus manos.
Rathven asintió una segunda vez.
—¡Todo el mundo, estén atentos!—.
Necesitaban moverse rápidamente una vez que sintieran la resonancia.
No tendrían tiempo que perder, sólo duraría un corto tiempo.
Respiró hondo y luego aplastó el cristal en su mano.
Un instante después, resonó una onda invisible de energía.
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Justo cuando Dorian estaba encontrando su ritmo, empezando a alejarse del sitio de la batalla, lo invadió una sensación extraña y desorientadora.
Se detuvo, con sus brazos escamosos incrustándose en el suelo de piedra del cañón al ponerse en estado de alerta máxima.
Sus ojos se movieron rápidamente de izquierda a derecha mientras su forma gigante temblaba, listo para reaccionar en cualquier momento.
No sucedió nada.
Frunció el ceño, asimilando su entorno.
Mientras más se adentraba en el cañón, más y más grandes eran las rocas dispersas y emergentes que aparecían.
El camino que tomó gradualmente se transformaba en un laberinto de grandes bloques de rocas de diez o veinte metros, esparcidas en el suelo por todas partes.
Vegetación de color verde pálido crecía en muchas, si no todas las rocas, lo que le daba al lugar una sensación avejentada y antigua.
Por alguna extraña razón, tenía una sensación de hormigueo cuando miraba hacia el norte, más allá de los huecos en la zona de peligro.
Una sensación de tirón, como si algo que estuviera buscando se encontrara allí.
—Qué extraño…—urmuró, con sus ojos dilatándose levemente.
—¿Ausra?
¿Alguna idea de esto?—preguntó, al mirar fijamente hacia la dirección de la sensación.
—Recopilando información de tus sentidos… Parece ser algún tipo de resonancia, creada por magia.
Ya sea una hierba mágica o de algún tipo, un artefacto, o una bestia—.
La respuesta de Ausra tardó un escaso segundo en aparecer.
—¿Oh?
De acuerdo—.
Sonrió.
Todas esas opciones sonaban aceptables para él.
Estiró su cuello detrás de él, mirando en dirección al grupo que había visto.
No había forma de que algo así sucediera de la nada.
Probablemente fue debido al grupo detrás de él, que lanzó algún tipo de hechizo.
Aun así, si fueran lo suficientemente corteses como para llevarlo a algún tesoro o bestia rara…¿quién era él para rechazarlos?
Quizás era su alma la que era la causante de esto al torcer el destino, pero bueno, no iba a quejarse.
Lo peor que podía suceder era que se encontrara con el lagarto de roca solar, la criatura más letal del área.
Y puesto que esa era la razón por la que estaba aquí… Dorian comenzó a avanzar hacia la dirección de la sensación en su mente.
Su forma dracónica saltó de roca en roca, sus movimientos eran sorprendentemente rápidos a pesar de su forma descomunal.
Su forma de myyr gigante era definitivamente más lenta cuando se trataba de giros rápidos o cambios de movimientos abruptos.
No obstante, en lo que respecta a la velocidad de marcha total, su enorme forma hacía que fuera muy fácil tomar mucha velocidad y cubrir mucho terreno rápidamente.
A medida que los pilares de roca y rocas se hacían más y más grandes, Dorian comenzó a planear hacia adelante luego de cada salto, con sus alas verdes brillando con la luz que lograba penetrar la niebla brumosa que estaba por encima.
La sensación se volvió cada vez más segura cuanto más se acercaba.
Llegó a ser una poderosa sensación de conocimiento, de que algo valioso estaba justo en frente de él.
Para cuando llegó a las inmediaciones de donde venía la sensación, las rocas y los pilares de piedra ahora eran de cuarenta o cincuenta metros de altura, pero solo de media docena a una docena de metros de grosor.
Estaban dispersas en una formación al azar, en cualquier lugar con una separación de diez a cuarenta metros, espacio más que suficiente para que él pudiera deslizarse.
Se detuvo en frente de una roca de aspecto cualquiera, una más pequeña que estaba a solo veinticinco metros de altura.
Estaba muy por encima de él, pero no se veía especial en comparación con las otras rocas cercanas.
La miró con curiosidad.
La sensación que sintió lo había traído hasta aquí.
No hacia algo dentro de la formación rocosa, sino que a algo debajo de ella.
La miró y luego se encogió de hombros.
No tenía sentido el retrasarlo.
Con un gruñido, Dorian golpeó su cuerpo de casi siete metros de altura contra el pilar de piedra.
CRUJIDO Había subestimado su propia fuerza.
Una pequeña explosión de esquirlas de piedra salió disparada cuando la gran roca se desintegró, destruida por la fuerza aplastante de su forma de dragón myyr gigante.
Hizo una mueca de dolor cuando varias rocas particularmente afiladas dieron contra sus alas, dejando marcas blancas en sus escamas.
«Al menos no lograron perforar a través de ellas» pensó.
Su defensa no era completamente inútil.
Movió sus garras en un movimiento de barrido, derribando las rocas desordenadas y los fragmentos de piedras esparcidos que quedaban.
Cuando hizo esto, la sensación se hizo un poco más fuerte.
Apartó varias piedras más, y la sensación llegó a un crescendo.
Revelando un par de frutas doradas que brillaban suavemente.
Una brillaba de un débil color rojo, mientras que la otra emitía una luz de color verde pálido.
Los ojos de Dorian brillaron con emoción cuando las vio.
Esto era casi exactamente lo que esperaba e imaginaba cómo luciría un tesoro de fantasía.
—¿Ausra?
¿Qué son?
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