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Rechazada por el Beta, Reclamada por su Tío Alfa - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 11 Pasa la noche conmigo
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11: CAPÍTULO 11 Pasa la noche conmigo 11: CAPÍTULO 11 Pasa la noche conmigo Jenna sintió que se le encogía el corazón mientras el miedo le arrebolaba el rostro.

De ninguna manera iba a mudarse a su habitación.

Le parecía una trampa.

—¿Eh?

—musitó, todavía atrapada debajo de él.

—No te hagas la tonta conmigo, pequeña princesa, ¿quieres darme las gracias, no es así?

Ella asintió con miedo.

—Entonces tienes que aceptar lo que quiero como agradecimiento —dijo con voz ronca mientras recorría con el dedo desde el rostro de ella hasta su cuello.

—Yo… no… no puedo mudarme a tu habitación por completo, Alfa —tartamudeó—.

Me gusta tener mi privacidad —argumentó, esperando poder escapar de él en ese momento, pero las siguientes palabras de él la dejaron desconcertada.

—Entonces pasa la noche conmigo —dijo con una sonrisa ladina, sabiendo que en ese punto ya la tenía.

—¡Qué!

—gritó Jenna.

Nunca esperó que fuera tan taimado.

—¿Aceptas mi oferta?

—espetó, mirándola fijamente a los ojos.

Jenna tenía los ojos fijos en él y no podía negar el hecho de que deseaba que la tomara en ese mismo instante, pero solo estaba atada a él por un contrato; lo único que él quería era su hijo.

No podía decidirse a acostarse con él.

—Alfa, yo… —intentó decir algo antes de que sonara el teléfono de él.

—¡Maldita sea!

—gruñó, soltándola para coger el teléfono.

—Debo decir que tienes suerte —dijo antes de atender la llamada y salir.

Tan pronto como él salió, ella vio la oportunidad y huyó a su habitación antes de que él regresara.

—Gracias, diosa de la luna —dijo, jadeando mientras entraba en su habitación y cerraba la puerta.

Se tumbó en la cama, perdida en sus pensamientos, mientras los recuerdos del sexo que tuvieron esa noche no dejaban de repetirse en su cabeza.

Sonrió con timidez al recordar cómo le pedía más a pesar de que él la trataba con rudeza.

De repente, frunció el ceño.

«Contrólate, Jenna.

No puedes enamorarte de él.

Puede que a veces sea agradable, pero eso no cambia el hecho de que es una persona peligrosa y despiadada».

«Estoy segura de que lo hace todo por su bebé».

Suspiró, quedándose dormida.

****
Temprano por la mañana, alguien llamó suavemente a su puerta.

A Jenna le costó levantarse de la cama, pues se sentía afiebrada.

Caminó hasta la puerta y la abrió, solo para encontrarse a la Sra.

Anderson de pie afuera con una sonrisa en el rostro.

Era la primera vez que la anciana le sonreía.

—Buenos días, señorita Jenna.

El desayuno está listo, debería bañarse ahora y bajar deprisa.

—¡Mierda!

Es verdad, tengo que ir a trabajar.

¿El Alfa ya se fue a trabajar?

—preguntó.

—Sí, pero hoy no hay trabajo para usted —respondió la Sra.

Anderson.

—¿Por qué?

¿Está enfadado conmigo?

—preguntó Jenna, confundida, al recordar que podría haberlo ofendido al huir anoche.

—En absoluto, señorita Jenna.

Hoy tiene una cita con el médico.

—La anciana le sonrió.

—Uf —se quejó con frustración.

Odiaba el hospital—.

Bajaré en quince minutos —le dijo a la anciana.

Jenna se dio un baño deprisa y bajó.

Ahogó un grito de sorpresa cuando sus ojos se posaron en la comida de la mesa del comedor.

—¿Han preparado un festín porque los regañó anoche?

—preguntó al aire.

Era demasiado y muy apetitoso.

En casa nunca comía tanto.

—Supongo que probaré un poco de todo, entonces —sonrió para sus adentros.

En cuanto cogió el pollo en salsa, lo soltó al acercárselo a la nariz y corrió a vomitar.

—¿Está bien, señorita Jenna?

—la llamó la Sra.

Anderson.

—No puedo comer nada de esto —gimió—.

Me conformaré con la manzana, vayamos ya al hospital.

No podía creer la fila de coches y el personal de seguridad que la esperaban fuera.

—Ya veo que le encanta ostentar su riqueza, ¿eh?

—murmuró por lo bajo.

—Buenos días, señorita —la saludó el chófer—.

El Alfa dio instrucciones de que tomara este coche —dijo, señalando el Lamborghini Urus blindado.

Uno de los guardias de seguridad le abrió la puerta trasera y ella entró, mientras la Sra.

Anderson ocupaba el asiento delantero.

—¿Acaso cree que intentaré escapar de él?

—murmuró.

El viaje al hospital transcurrió sin problemas hasta que llegaron y ella salió del coche.

Se quedó mirando cómo la gente no paraba de señalarla y, mientras caminaba por el pasillo, podía oírlos hablar de ella.

—¿Quién será?

¿Por qué tiene tanta seguridad?

—los oyó susurrar entre ellos.

Se detuvieron ante un consultorio en el que ponía claramente Dra.

Evon.

La puerta se abrió antes incluso de que pudieran anunciar su presencia.

—Bienvenida, señorita Spears… —la saludó la mujer pelirroja de unos cuarenta y tantos años, invitándola a sentarse.

—Gracias, doctora —respondió Jenna, sonriéndole.

Luego miró a la anciana, ansiosa por hacerle una petición.

—Parece tensa, señorita Spears —le dijo la doctora.

—¿Puede pedirles que esperen fuera?

—le susurró a la doctora.

—Sra.

Anderson, ¿puede esperar en la sala de espera con los demás, por favor?

—pidió la doctora, y ambas vieron cómo se marchaban.

—Uf —suspiró Jenna.

—¿Parece agobiada?

—dijo la doctora entre risas.

—Ni se lo imagina —respondió Jenna—.

¿Podemos empezar ya?

—Por supuesto, señorita Spears.

Comprobaré sus constantes vitales para asegurarme de que es seguro hacer la ecografía —añadió.

Le tomaron las muestras a Jenna y esperó unas horas hasta que tuvieron los resultados.

—Está de dos meses y una semana.

Este es su primer trimestre y es seguro hacerle la ecografía —dijo la Dra.

Evon, sonriéndole.

Le indicaron que se tumbara boca arriba y la mujer pelirroja le levantó el vestido para aplicarle un poco de gel de ultrasonido en el vientre antes de colocar el transductor.

—¡¿Qué?!

—gritó la doctora, conmocionada, mirando la imagen de la ecografía.

—¿Le pasa algo al bebé?

—preguntó Jenna, confundida.

—Felicidades, señorita Spears, está esperando cuatrillizos —anunció la doctora, y Jenna no podía dar crédito a sus oídos.

—¡Eso no puede ser!

—exclamó ella.

—Mire aquí —dijo la doctora, señalando los cuatro puntitos de la pantalla.

Sintió las lágrimas correr por sus mejillas, sin poder creerlo del todo.

—Disculpe un momento —dijo Jenna, saliendo corriendo del consultorio en busca del baño.

Sintió que alguien la seguía y pensó que era la Sra.

Anderson.

En cuanto llegó al baño, vomitó mientras el estómago se le revolvía de ansiedad.

Estaba estresada y abrumada.

Estaba a punto de salir cuando entró la persona que menos esperaba.

—¿¡Damian!?

—¿Creías que ibas a escapar de mí porque mi tío te protege, eh?

—¡Deja esta locura, Damian!

—chilló ella.

—Puedo perder ese terreno ante él, pero no puedo dejar que se quede contigo.

Para empezar, tú eras mía —bramó, acercándose a ella mientras ella retrocedía hasta que chocó contra la pared y no tuvo escapatoria.

—Lo sabes, ¿verdad?

Sabes que me perteneces y que estás más segura en mis manos —gruñó él.

—Por favor, para, Damian —suplicó ella entre lágrimas, luchando por apartarlo, pero él era más fuerte y posó sus labios sobre los de ella.

Intentó forzarla.

—¡Basta ya!

—gritó antes de darle una fuerte bofetada en la mejilla, justo cuando oyeron unos pasos que se acercaban.

—Esto no ha terminado, Jenna —advirtió él antes de desaparecer, y eso fue lo último que ella recordó antes de desmayarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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