Rechazada por mi compañero, ahora compañera del Rey Licano - Capítulo 115
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115: CAPÍTULO 115 115: CAPÍTULO 115 ~ ROWAN
El hombre apenas había cruzado el aparcamiento cuando me le eché encima y lo tiré al suelo.
Gimió cuando su cara chocó contra la áspera grava.
Lo agarré por el cuello de la camisa y lo puse en pie.
—Si vas a intentar huir, al menos haz que valga la pena.
Los pasos apresurados de Aria sonaron detrás de mí mientras nos alcanzaba.
—¿Qué está pasando?
Observé al hombre de la cabeza a los pies.
No olía a licántropo, ni parecía alguien de por aquí.
Tenía la mandíbula apretada, pero pude ver la punzada de miedo que cruzó su rostro ante mi atenta mirada.
—¿Por qué no nos ahorras tiempo a los dos y me dices lo que necesito saber?
Sus labios se apretaron en una delgada línea.
—No sé de qué hablas.
Solo intento volver a casa.
—Entonces, ¿por qué corriste?
Se encogió de hombros.
—No me gustan los licanos.
—¿Y aun así vienes a una manada llena de ellos?
—pregunté, incapaz de reprimir un bufido.
Era bueno, eso se lo concedo.
Legalmente, no tenía nada contra él.
Lo único que hizo fue usar un nombre falso para registrarse en la posada, y eso no era un delito.
Necesitaba una prueba sólida y él no me la estaba dando.
Si no estuviera tan cabreado, me impresionaría lo meticuloso que era.
—Visto que no he hecho nada malo, me gustaría volver a mi manada.
Soy inocente.
—Tienes razón.
—Lo solté—.
Eres inocente.
Me miró conmocionado, con la boca abierta y los ojos como platos.
Era evidente que no esperaba que lo dejara pasar tan fácilmente.
Pasó un segundo y vi cómo el alivio lo cubría como una manta; sus hombros se relajaron y se enderezó la camisa.
—Me alegro de que hayas entrado en razón.
No tuvo ni la oportunidad de darse la vuelta antes de que me abalanzara sobre él.
Mis nudillos volaron contra el lado de su sien en un instante y se desplomó en el suelo, con los ojos cerrados.
El subir y bajar de su pecho me indicó que estaba vivo.
A mis espaldas, Aria soltó un grito ahogado.
—¿Qué estás haciendo?
Era inocente, tú mismo lo has dicho…—
La ignoré, sacudiéndome el polvo de las manos en los pantalones.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Te meterás en problemas…—
—¿Con quién?
—me mofé—.
Soy juez, jurado y verdugo, y no me importa a cuántos tenga que pisar para encontrar a mi compañera.
Romperé todas las leyes y haré daño a cualquiera que crea responsable.
Ella tragó saliva con fuerza, mirándome con una mezcla de conmoción y recelo.
Mi control se desvanecía cuanto más tiempo pasaba Nyssa desaparecida.
No sabían la suerte que tenían de que lo único que hubiera hecho fuera golpear al cabrón.
—Si esto llega al consejo…
—advirtió, pero negué con la cabeza.
El consejo era el único poder por encima de mí.
Era un grupo de ocho licanos.
Los rumores decían que vivían en algún lugar en lo profundo de las montañas, lejos del resto de las manadas.
Supervisaban las cosas, asegurándose de que tanto los hombres lobo como los licanos vivieran en armonía.
Mi padre me dijo que solo se habían involucrado en los asuntos de las manadas una vez, y fue cuando un Alfa rabioso se lanzó a una masacre, aniquilando manadas para gobernarlas a todas.
Eso fue hace siglos.
Nadie los había visto desde entonces.
Demonios, nadie sabía siquiera si estaban vivos.
—No lo hará.
El consejo no se involucrará a menos que esto alcance una nueva magnitud.
Por ahora, busca a un guardia para que lo lleve a las celdas, ya me ocuparé de él más tarde.
No le di a Aria la oportunidad de protestar antes de volver a entrar en la posada.
Los clientes me observaban con ojos recelosos.
Casi podía oler el miedo y la inquietud mientras caminaba por el vestíbulo, pero lo ignoré todo, centrándome en la mujer del mostrador.
Tenía la piel pálida, sus labios se entreabrieron suavemente mientras me miraba.
—Su Majestad…—
—Los nombres —le recordé.
Con dedos temblorosos, garabateó unos cuantos nombres en un trozo de papel y me lo entregó.
Mis dedos rozaron los suyos cuando lo cogí y me estremecí.
Escoció, pero solo por un momento.
Me enorgullecía saber que mi manada no solo podía confiar en mí, sino que me querían.
Sabían que iría hasta el fin del mundo por ellos, y solo podía esperar que entendieran que yo simplemente estaba haciendo lo mismo por mi compañera.
Me di la vuelta para irme cuando oí su voz llamándome.
—Espero que la encuentre.
Me detuve en seco y me volví hacia ella.
—¿Quién ha dicho nada de «ella»?
—Tiene que serlo —rio suavemente—.
No conozco ninguna otra cosa que haga que un hombre pierda el control de esa manera.
La observé por un momento, debatiendo una respuesta antes de asentir.
—Gracias.
Cuando salí de la posada, me sorprendió encontrar que ya había llegado un guardia y que metía al hombre lobo inconsciente en el asiento trasero de un coche.
—¿Cómo has conseguido que vinieran tan rápido?
—pregunté.
—En el momento en que saliste corriendo tras él, supuse que algo terrible pasaría.
Llamé a los guardias.
—Se encogió de hombros como si no fuera gran cosa, alisándose la camisa con las manos—.
¿Adónde vamos ahora?
—Tú vas a volver al palacio.
—¿Qué?
¿Por qué?
—protestó ella—.
Pensé que estábamos haciendo esto…—
—Voy a interrogar a un hombre, Aria.
No es algo que quieras ver.
Ella frunció el ceño.
—No soy una niña.
Casi me reí ante esas palabras.
Hacía décadas que no era una niña, pero era mi hermana, y atesoraba los momentos en los que me miraba como si yo fuera incapaz de hacer nada malo.
No estaba dispuesto a manchar eso con imágenes de mí haciendo daño a la gente.
—Mi respuesta sigue siendo no.
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