Rechazada por mi compañero, ahora compañera del Rey Licano - Capítulo 127
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127: CAPÍTULO 127 127: CAPÍTULO 127 ~ ROWAN
El silencio de Nyssa era inquietante.
Por fuera parecía estar bastante bien; sonreía cuando debía, hablaba como siempre, pero la luz de esas emociones no le llegaba a los ojos.
Sus movimientos eran mecánicos, como si fuera una marioneta de la que estuvieran tirando de los hilos.
—Rowan —empezó Aria con voz suave mientras se acercaba a mí.
Yo no me había movido de donde estaba, de pie frente al palacio, mirando las puertas por las que Nyssa había corrido en un intento de alejarse de mí lo más posible.
—Hay algunas cosas que tienes que revisar.
—Necesito verla.
—Empecé a moverme, pero me agarró del brazo y me detuvo en seco.
—Acabas de matar a un Alfa, Rowan —siseó—.
Tienes mucho que hacer antes de que esto se sepa en las otras manadas y se salga de control.
Además, ella necesita algo de tiempo para sí misma.
Está claro que ahora mismo no quiere estar cerca de nadie.
El palacio te necesita.
—Ella también —dije sin más, alisándome la ropa con las manos.
Mis labios se curvaron con aversión ante la sensación acartonada de mi ropa.
No me había molestado en cambiarme antes de irme cuando oí que no volvería sin mí.
—Encárgate de todo lo que puedas sin mí.
Tengo que verla a ella primero.
No esperé ninguna señal de reconocimiento por parte de Aria antes de entrar en el palacio.
Me eché un vistazo en un espejo cercano y fruncí el ceño al darme cuenta de lo terrible que era mi aspecto.
Tenía todo el cuerpo cubierto de sangre seca, desde las puntas del pelo hasta las yemas de los dedos.
No podía presentarme ante Nyssa con este aspecto.
Me dirigí primero a mi habitación, deteniéndome solo un momento para pegar la oreja a la puerta de su dormitorio.
Oí correr la ducha y un suspiro de alivio se escapó de mis labios.
Me llevó un jodido montón de tiempo quitarme toda la sangre seca, pero una vez que estuve limpio, volví a la habitación de Nyssa y llamé a la puerta.
Ninguna respuesta.
Volví a llamar, pegando la oreja una vez más a su puerta, y fruncí el ceño al oír que la ducha seguía corriendo.
Un baño largo no era inusual, pero habían pasado más de cuarenta y cinco minutos desde la primera vez que pasé por su habitación.
Pensé en darle su espacio, pero algo se sentía terriblemente mal.
En contra de mi buen juicio, giré el pomo y dejé que la puerta se abriera lentamente con un crujido.
—¿Nyssa?
Esperé su respuesta, pero no la hubo.
Solo el sonido de la ducha llenaba la habitación.
Con el ceño fruncido, me adentré en la habitación, dirigiéndome directamente a la puerta del baño que estaba entreabierta.
—Si estás desnuda y no quieres que entre, ahora sería el momento de decírmelo —dije en voz alta.
Estaba seguro de que eso le sacaría una respuesta, pero no fue así.
Con el ceño fruncido, entré en el baño y lo que vi me encogió el corazón.
—Nyx —susurré suavemente, acercándome a ella.
Estaba sentada en medio de la ducha, con las piernas pegadas al pecho.
Tenía el pelo pegado a la cara, igual que la ropa.
La mayor parte de la sangre se había ido con el agua, pero quedaban algunas manchas más pequeñas y rebeldes que no desaparecían.
Sus ojos estaban hundidos y muy abiertos, también enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
No acusó mi presencia, no habló ni se movió, solo miraba al frente con la vista perdida.
—Joder, nena, ¿estás bien?
—No respondió, ni siquiera actuó como si me hubiera oído—.
Tienes la ropa jodidamente empapada.
Tengo que quitártela y limpiarte.
Apartándole el pelo de la cara, le di un suave beso en la cabeza y la puse en pie.
Dudé un momento antes de retroceder, receloso de que pudiera caerse.
—Voy a quitarte la camiseta primero, ¿vale?
No respondió, pero cuando alargué la mano hacia el bajo de la camiseta, no me detuvo.
Se la quité lentamente y luego le quité los pantalones.
Durante todo el proceso le expliqué lo que estaba haciendo, atento a su expresión para asegurarme de que estaba cómoda con todo.
Puse el agua tibia y la lavé con delicadeza usando una toallita, frotando todas las manchas rebeldes de su piel.
Seguía sin hablar ni mirarme.
Estaba preocupado por ella, no solo por su estado catatónico, sino también porque no sabía qué necesitaba ni cómo lidiar con ello.
—Vamos a ponerte algo limpio, ¿eh?
La cogí en brazos y ella se apresuró a enroscar las piernas alrededor de mi torso, con las manos rodeándome el cuello al instante.
Volvía a oler como ella, a suavidad y a jazmín.
Con cuidado, pasé los dedos por su pelo, mis labios rozando suavemente su sien.
Estaba desnuda y, sin embargo, no había nada mínimamente erótico en la situación.
Surgió en mí una feroz necesidad de protegerla y mantenerla a salvo.
No había olvidado la situación que nos había metido en este lío en primer lugar y, conociéndola, ella tampoco, pero que buscara consuelo en mí de esta manera… Contuve un gruñido bajo.
No deseaba nada más que revivir a Henry solo para volver a matarlo.
Saqué el primer conjunto que vi en su armario e intenté desenredarla de mi cuerpo el tiempo suficiente para ponérselo, pero no se movió.
Lo intenté de nuevo, pero esta vez sus uñas se clavaron con fuerza en mis hombros.
—Nyssa, tengo que ponerte algo de abrigo.
—Ella negó con la cabeza.
Fue la mayor reacción que había visto en ella desde que llegué—.
Pequeña loba…
—Por favor, no me sueltes —susurró, con una voz que apenas era un murmullo—.
Me da miedo que si lo haces, desaparezcas y yo vuelva a estar allí.
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