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Rechazada por mi compañero, ahora compañera del Rey Licano - Capítulo 50

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50: Capítulo 50 50: Capítulo 50 ~ NYSSA
Eric era sorprendentemente buena compañía.

Estaba en mi casa todas las mañanas y se iba cada noche sobre las diez.

No tenía ni idea de dónde dormía y, a pesar de que le pregunté numerosas veces, no me lo dijo.

Dijo: «Un poco de misterio es bueno para toda relación».

Me seguía a todas partes.

Al principio fue molesto, sobre todo cuando tenía que acompañarme a las reuniones del consejo y al supermercado.

Llamaba la atención allá donde iba, primero porque era una cabeza más alto que los demás, y segundo, porque no tenía filtro.

Decía lo que se le pasaba por la cabeza, por muy absurdo que fuera.

Tardé unos días en acostumbrarme, pero ahora lo agradecía, sobre todo desde que me di cuenta de que no tenía amigos en la manada.

La mayoría de la gente que consideraba mis amigos eran amigos de Henry, y desde mi rechazo público, decidieron que era a él a quien querían seguir vinculados.

También se había corrido la voz sobre mi pelea con Alisa.

Como ella tuvo la oportunidad de contárselo primero al público, pudo contar la verdad y, por eso, todo el mundo me miraba como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar.

—Uno de estos días, debería darle una paliza a alguien en la calle —refunfuñé cuando una mujer apartó a su hija adolescente al otro lado de la carretera al darse cuenta de que me acercaba—.

Quizá así les daría una razón de verdad para desconfiar de mí.

—Pagaría por ver eso —dijo Eric pensativamente, metiéndose un puñado de palomitas en la boca—.

Pero siempre podrías ignorarlos.

—Es más fácil decirlo que hacerlo —refunfuñé.

—En realidad, no.

Ya lo estás haciendo bastante bien.

No tienes por qué hablarles.

Mírame a mí, no hablo con nadie…

—Porque no es tu manada —le interrumpí—.

A ti te resulta fácil seguir con tu vida porque sabes que, al final, te irás.

Yo no.

Este es mi hogar, para bien o para mal.

Suspiró profundamente, mirándome fijamente.

Era lo más serio que le había visto en todo el tiempo que habíamos pasado juntos.

—Voy a hacer una pregunta y es muy personal.

No tienes por qué responder.

Eso me arrancó un bufido.

—¿Desde cuándo pides permiso?

Sus labios se curvaron en una media sonrisa.

—Los guardias han estado hablando.

Estuviste en el palacio un tiempo.

Dicen que te quedaste en el palacio como invitada del Rey y que comías con ellos, pero nadie sabe por qué.

Todos tienen sus propias sospechas.

El Rey no es de tener invitados…

ni mujeres.

Luché por mantener una expresión neutra para no delatar lo incómoda que me sentía con la pregunta.

Había logrado mantener a Rowan fuera de mis pensamientos la mayor parte del tiempo.

De vez en cuando, me sorprendía pensando en el palacio o en él, pero intentaba desterrar esos pensamientos tan pronto como llegaban.

No iba a volver…

no hasta que él mismo me pidiera que volviera.

—¿Puedes ir al grano?

—espeté, incapaz de ocultar mi impaciencia.

—Lo que quiero saber es si vosotros dos…

—¡Víctimas!

—gritó una voz, interrumpiendo lo que fuera que Eric iba a decir.

Un guardia de la manada corrió entre la multitud, intentando despejar el camino mientras un coche grande le seguía.

El olor a sangre llenó el aire cuando el coche pasó y solo entonces las palabras que gritaban se asentaron del todo en mi cerebro.

—Ha habido otro ataque —maldije, corriendo hacia el coche—.

Tenemos que irnos.

Puso la mano en la puerta, manteniéndola cerrada.

—¿A dónde?

Mi trabajo es mantenerte alejada del peligro, no llevarte hacia él.

—No voy hacia el peligro, Eric, voy al hospital —espeté—.

Estudié medicina.

A veces ayudo en el hospital.

Si hay víctimas, necesitarán toda la ayuda posible, ¡así que muévete de una puta vez!

Se apartó de inmediato y me metí en el coche.

Apenas consiguió subir al asiento del copiloto antes de que yo pisara el acelerador y siguiera de cerca al guardia que gritaba.

Fueron directamente al hospital de la manada y los médicos ya estaban esperando en el lugar.

Maldije mientras sacaban los cuerpos del coche grande, algunos en peor estado que otros.

Había heridas abiertas, huesos rotos y tanta sangre que tuve que recordarme a mí misma que debía respirar.

—¡Nyssa!

¡Gracias a Dios!

—susurró una de las enfermeras al verme—.

¿Has venido a ayudar?

Apenas había terminado de asentir cuando me lanzó un uniforme médico.

—Puedes ayudar en la sala de urgencias.

Andan cortos de personal allí.

Salí disparada, sin molestarme siquiera en darle las gracias.

No lo necesitaba.

Mientras corría por los pasillos, esquivando camas de hospital y a médicos que gritaban, no pude evitar preguntarme si así es como se veía el hospital el día que me apuñalaron.

¿Acaso fui yo solo uno de tantos cuerpos que llegaron en camilla a un hospital falto de personal?

—¡Nyssa!

¡Aquí!

Necesito que presiones esta herida.

Me puse rápidamente un par de guantes e hice lo que me dijeron, disociándome en silencio mientras lo hacía.

Era la única forma en que siempre había podido superar un turno en el hospital.

Ya era bastante duro ver a la gente herida sabiendo que no podrías salvarlos a todos.

Lo que lo empeoraba aún más era crear vínculos con ellos.

Me perdí en la rutina.

Presioné heridas, saqué armas, hice suturas y corrí por los pasillos a buscar sangre al banco de sangre.

Ni siquiera me di cuenta de cuánto tiempo llevaba corriendo de un lado a otro hasta que el último paciente fue atendido.

Me quedé de pie en medio del pasillo, mirando el cielo, ahora oscuro.

La luna era apenas un punto en el firmamento y no había estrellas.

Parecía que el cielo estaba de luto con nosotros.

—No has comido nada desde la mañana —dijo Eric con voz suave.

Por un momento había olvidado que siquiera estaba aquí.

—Deberías haberte ido.

—Mi trabajo es estar contigo, dondequiera que estés —se encogió de hombros con sencillez—.

¿A cuánta gente perdiste?

—Tres —susurré—.

Dos adolescentes y una madre.

Tuve que decirles a tres familias que habían perdido a alguien.

—Lo siento.

Me sequé la lágrima solitaria que me cayó por la mejilla.

—No sé si puedo conducir de vuelta.

¿Puedes…?

Ni siquiera me dejó terminar antes de pasarme un brazo por los hombros.

—Por supuesto, vamos, incluso te prepararé la cena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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