Rechazada por mi compañero, ahora compañera del Rey Licano - Capítulo 64
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64: CAPÍTULO 64 64: CAPÍTULO 64 ~ NYSSA
Cuando volví en mí, lo primero que sentí fue la suavidad de la cama bajo mi cuerpo.
Me incorporé con una maldición, regañándome mentalmente por haberme quedado dormida en la habitación de Rowan después de haber montado tal escándalo por quedarme en cualquier otro sitio que no fuera ese.
—Estúpida —susurré para mis adentros—.
Ahora pareces una hipócrita.
Me arrastré fuera de la cama.
No tenía ni idea de adónde iba, pero sabía que tenía que salir de allí antes de que él se despertara.
Mis pies descalzos pisaron la gruesa alfombra y…
¿Una alfombra?
La habitación de Rowan no tenía alfombra.
Me detuve por primera vez desde que me desperté y observé la habitación que ocupaba.
Lo primero que noté fue que las paredes eran de un suave color blanco roto, muy diferente de las paredes beis de la habitación de Rowan.
La cama de la que me había levantado tenía sábanas blancas y rosas, y no negras y, lo más importante, el escritorio estaba desprovisto de documentos.
Todavía llevaba la ropa del viaje, pero alguien me había quitado los zapatos y los había colocado ordenadamente frente a una puerta de madera que sabía que conducía al armario, junto con mi caja.
Se me calentaron las mejillas al darme cuenta de que probablemente Rowan había hecho todo esto.
Podría haberme dejado en su habitación y culpar de ello a que me quedé dormida.
En vez de eso, respetó mis deseos y me trajo aquí.
El Rowan que creía conocer nunca habría hecho eso.
«Quizá haya cambiado», sugirió mi loba.
«O quizá es que nunca lo conocí», repliqué.
Salí de la ducha y me encontré a una chica de pelo oscuro que me resultaba familiar, de pie en medio de mi habitación.
Tarareaba para sí misma mientras arreglaba las sábanas y colocaba un vaso de lo que parecía ser agua con limón junto a mi cama.
—¿Leah?
—pregunté, y ella dio un respingo.
—¡Hola!
Lo siento mucho, llamé a la puerta, pero no respondiste.
Oí la ducha.
Pensé que podría irme antes de que tú…
—No pasa nada —le aseguré, extendiendo las manos para mostrarle que no pretendía hacerle daño—.
Respira, por favor, es solo que me ha sorprendido verte, eso es todo.
Respiró hondo y sus hombros se relajaron al exhalar.
—Me alegro de que hayas vuelto.
Fue un poco sorprendente cómo desapareciste una noche, sin más.
Sonreí con rigidez, sin querer revivir esa noche espantosa.
Había hecho todo lo posible por relegarla a lo más profundo de mi mente.
Pude ver la curiosidad en sus ojos, así que me di la vuelta antes de sentirme obligada a responder.
—Me alegro de estar de vuelta —dije sin más, cogiendo la primera prenda de ropa que encontré en mi bolsa.
Era un vestido veraniego corto y blanco, de tirantes sencillos y con un estampado floral en la falda.
El escote era lo bastante generoso como para insinuar el nacimiento del pecho, pero sin llegar a ser demasiado inapropiado.
Decidí que serviría y empecé a vestirme.
Por el rabillo del ojo, vi cómo se sonrojaba y se daba la vuelta.
Debería haberle preguntado antes de empezar a cambiarme, pero di por sentado que los licanos eran tan abiertos con sus cuerpos como nosotros.
Era normal transformarse delante de la manada y, aunque yo todavía no lo había hecho, me habían enseñado a no ver la desnudez como nada más que anatomía humana.
Para mí era normal.
—¿Cómo has estado, Leah?
—pregunté, llenando el silencio para que se sintiera un poco más cómoda.
Dejó escapar un suave suspiro.
—Supongo que he estado lo mejor que he podido.
Uno de los chicos que murieron era amigo de la familia.
El Rey fue lo bastante amable como para darme unos días libres.
Me quedé quieta, con el cepillo en las manos, y me volví hacia ella.
—¿Qué chicos?
¿Qué muerte?
—¿No lo sabes?
—preguntó, y yo negué con la cabeza—.
Dos chicos fueron asesinados por renegados hace unos días.
Por eso se fue el Rey.
Dicen que fue a buscar a los renegados y a matarlos.
Sabía que había una razón para el regreso de Rowan.
Estaba tan metida en mis propias mierdas que ni me molesté en preguntar.
La idea de que dos niños inocentes murieran por culpa de esos cabrones era…
Ni siquiera podía empezar a imaginarlo.
No me extraña que Rowan estuviera tan decidido a acabar con los renegados lo antes posible y a descubrir quién estaba detrás de todo ello.
Su manada había sido atacada.
Me sorprendió que no hubiera dicho nada, sobre todo cuando me culparon a mí.
Debería haberse puesto del lado de Henry y haber abogado por mi muerte; al fin y al cabo, sobre el papel, yo era la culpable.
Eso hizo que su defensa fuera aún más entrañable, y solo consiguió que sintiera más curiosidad por saber quién estaba realmente detrás de todos aquellos ataques.
—Siento tu pérdida —dije finalmente.
No estaba segura de qué más decirle que pudiera aliviar su dolor.
Ella sonrió con dulzura.
—No pasa nada.
Los renegados se han ido y la manada tiene una razón más para celebrar.
—¿Una más?
—pregunté, frunciendo el ceño, confundida—.
¿Hay otra?
—Por supuesto —dijo, y una breve risa escapó de sus labios—.
Tú y el Rey.
Todo el mundo ha estado hablando de eso desde anoche.
No hay una sola alma en el palacio que no lo sepa.
Mis mejillas se sonrojaron intensamente al oír sus palabras.
¿Lo habían visto llevarme a su habitación?
Anoche estuve medio dormida la mayor parte del tiempo, pero habría jurado que los pasillos estaban vacíos.
¿O le había dicho algo a la manada?
Seguro que no.
Volvimos anoche, ¿cuándo habría encontrado el momento?
Estaba tan agotado como yo.
Me volví hacia Leah, que reprimía una sonrisa mientras doblaba la manta.
—No lo entiendo.
No hay nada…
Rowan y yo…
—tropecé con las palabras, incapaz de encontrar la forma adecuada de decirlo—.
¿Qué ha dicho?
—No ha dicho nada, pero…
no ha hecho falta.
Mira dónde estás.
—Estoy en el palacio, ¿qué tiene que ver eso con nada?
Ella negó con la cabeza, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios.
—Me refiero a la habitación en la que estás.
¿No lo sabes?
—No, ¿debería saberlo?
—Esta habitación ha estado vacía durante décadas.
Son las Cámaras de la Reina.
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