Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 119
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119: CAPÍTULO 119 119: CAPÍTULO 119 Sabrina
El sábado por la noche, subí a Felix al coche, puse la comida y el vino en el suelo delante de él y partí hacia el complejo de los Aulladores.
Debo admitir que estaba nerviosa, pero Stoney me había asegurado que todos se portarían de maravilla y que habría otros niños de la edad de Felix con los que jugar.
Llegué hasta la entrada, pero esta vez, un motorista estaba fuera y me abrió las puertas sin que necesitara bajar la ventanilla.
Me hizo una seña para que pasara, y condujimos por el camino hasta donde otro motorista indicaba a la gente dónde aparcar.
Una vez que aparqué, le envié un mensaje a Stoney para avisarle de que habíamos llegado y luego me quité el cinturón de seguridad.
—Espérame, cariño —le indiqué a Felix mientras intentaba bajarse de su silla elevadora—.
Primero tengo que coger la comida.
Salí del coche y rodeé el vehículo hasta el lado de Felix justo cuando Stoney se acercaba a nosotros.
—Hola, Breezy.
—Hola —sonreí, abriendo la puerta de Felix.
Felix lo saludó con la mano.
—Hola, Stoney.
—Hola, campeón.
¿Estás listo para jugar al pinball?
—¿Tenéis pinball?
—preguntó con los ojos muy abiertos.
—Claro que sí.
Felix dio unos saltitos en su asiento mientras yo sacaba las bolsas de la compra de la parte de atrás.
—Te he traído una lasaña —dije—.
Puedes guardarla en la nevera y comértela esta semana, o congelarla para cuando necesites algo fácil.
Él sonrió.
Lentamente.
—¿Me has hecho una lasaña?
—Sí.
¿Te parece bien?
—No tienes ni idea de lo bien que me parece.
Me estremecí, sintiendo un calor subir por mi cuello.
Le entregué las bolsas y me di la vuelta.
—Vamos, Fox, ya puedes bajar.
Saltó del coche y me tomó de la mano mientras me colgaba el bolso del hombro.
Seguimos a Stoney al interior, y me quedé un poco sorprendida al ver a motoristas, mujeres y niños moviéndose por todas partes.
No vi a nadie fumar dentro, y parecía que lo que sea que estuvieran bebiendo, lo hacían con moderación.
—¡Sabrina!
—llamó Wyatt, sonriendo mientras caminaba hacia mí—.
Bienvenida.
—Gracias, Wyatt.
Este es mi sobrino, Felix.
Felix le tendió la mano y Wyatt se la estrechó.
—Encantada de conocerte.
—¡Y a mí conocerte a ti, cariño!
¿Te gustan los perritos calientes o las hamburguesas?
—Ambos —dijo él.
—Bueno, por suerte para ti, resulta que tenemos de los dos.
Y de postre tenemos brownies y tarta.
—¿De verdad?
—preguntó él, con los ojos casi saliéndosele de las órbitas.
—Sí, y si a tu tía le parece bien, puedes comer lo que quieras —dijo Wyatt.
—Por mí no hay problema —dije.
—¡Sí!
—exclamó Felix, y levantó el puño en un gesto de victoria.
—Dejad que ponga estas cosas en la cocina y os enseñaré dónde está la comida —dijo Stoney.
Seguimos a Stoney a la enorme cocina industrial y sacó la lasaña, junto con un paquete de seis cervezas, una botella de vino y dos bolsas de patatas fritas.
—No sabía muy bien qué le gustaba a todo el mundo, así que elegí los favoritos de Fox.
—Buena elección de cerveza —dijo él, metiéndola en la nevera.
Cogió una nota adhesiva, escribió «Stoney» en ella, la pegó a la lasaña y también la metió en la nevera.
—¿Listo para la carne?
—le preguntó a Felix, pero sentí que era una especie de doble sentido y me obligué a seguir respirando.
—¿Cuándo podemos jugar al pinball?
—preguntó Felix.
—Después de que comas, cariño —dije.
—Vale.
Seguimos a Stoney fuera de la cocina y, a través de unas puertas francesas, a un patio cerrado con dos grandes parrillas instaladas, junto con varias mesas de pícnic.
Hacía frío, así que las estufas de exterior estaban encendidas y hacían que la zona fuera bastante acogedora.
—¿Por qué no os sentáis y yo voy a por platos?
—ofreció Stoney—.
¿Quieres empezar con un perrito caliente o una hamburguesa, Fox?
—Hamburguesa, por favor —dijo él.
—¿Con queso?
—Sí, por favor —dijo Felix.
—Yo también, por favor —dije, y guié a Felix a una de las mesas vacías.
—¿Puedo tomar un refresco, tita?
—preguntó Felix.
—Veamos qué tienen.
Si tienen refrescos, por mí bien.
Pero nada de cafeína.
Ya iba a estar hasta los topes de azúcar y adrenalina, de verdad que no necesitaba que el niño además tomara cafeína.
—¡Sí!
—dijo, dando saltitos en su asiento.
Sonreí, revolviéndole el pelo.
Stoney regresó con tres platos repletos de comida, los dejó en la mesa y luego fue a por condimentos y servilletas.
—¿Le va bien un Sprite?
—preguntó.
—Sí, perfecto, gracias —respondí.
—¿Tú qué quieres?
—Agua está bien.
Gracias.
Stoney asintió, abrió una nevera portátil, cogió un refresco para Felix, agua para mí y una cerveza para él, y luego se deslizó en el banco frente a nosotros.
—Este sitio es bastante increíble —dije.
Stoney sonrió.
—Nos gusta.
—Señaló las parrillas con la cabeza—.
Normalmente tenemos esas verjas abiertas, pero con los niños y sus ganas de subirse por todas nuestras motos, las cerramos en las noches familiares.
—Inteligente.
—Tendrás que volver un día cuando estemos solo nosotros dos.
Estudié mi comida.
Ay, Dios mío.
Era una promesa y me hizo desear saber más sobre Stoney, sobre todo cuando estuviéramos solo nosotros dos.
—¡Terminé!
—dijo Felix—.
¿Podemos jugar ya al pinball?
Puse los ojos en blanco.
—¿Qué tal si esperamos a que Stoney termine de comer?
—Ah, claro.
Lo siento.
—No pasa nada, campeón —dijo Stoney—.
Ya he terminado.
Vamos a jugar.
Felix se bajó del banco y se puso a dar saltos.
—Yo recojo —ofrecí.
—Las máquinas están dentro, a la vuelta de la esquina —dijo Stoney.
—Vale, gracias.
Divertíos.
Volvieron a entrar, y yo tiré la basura y limpié la mesa.
—Eres nueva.
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