Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 185
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Dos semanas después, la vibración de mi teléfono sobre la mesita de noche me sacó de un muy necesario sueño.
Aero estaba en una misión para el club, así que estaba sola.
Bueno, más o menos.
Scrappy estaba rendido en el salón, era mi perro guardián por esa noche.
Con los ojos nublados y medio dormida, me costó distinguir quién llamaba.
Finalmente, la vista se me ajustó lo suficiente para ver que era del zoo y que era la 1:05 de la madrugada.
¿Por qué demonios me llamaba alguien del trabajo a estas horas?
Consideré brevemente ignorar la llamada y volver a dormir, pero luego pensé que podía ser por Ellie o la cría, así que contesté.
—¿Diga?
—contesté con voz adormilada.
—Ah, menos mal que estás despierta —dijo una voz presa del pánico al otro lado.
—¿Quién habla?
¿Está todo bien con Ellie?
—Oh, perdona.
Soy Phoebe.
Soy una de las nuevas becarias.
Ellie y la cría están bien, pero Mara no ha aparecido para relevarme.
Lleva más de una hora de retraso y no contesta al teléfono.
—¿Y Gilbert?
—pregunté.
—Está en Honduras con Ray, han ido a recoger un capibara macho de un santuario.
Lo siento mucho.
Tu número era el siguiente en la lista.
Normalmente me quedaría, pero mañana tengo clase a primera hora.
—No, tranquila —dije, incorporándome—.
Aguanta ahí.
Iré tan pronto como pueda.
Colgué, me levanté de la cama y busqué un uniforme limpio en el armario.
—Mierda.
Fue entonces cuando me acordé de la bolsa de la ropa sucia, que contenía todos y cada uno de mis uniformes, y que estaba en el asiento trasero de mi coche.
Quería haberla dejado en la tintorería después del trabajo, pero estaba tan agotada que se me había olvidado por completo.
Así que no solo no tenía ningún uniforme limpio, sino que ni siquiera podía sacudir uno sucio para ponérmelo.
—Pues tocará ir en chándal —dije en voz alta, sin dirigirme a nadie, mientras me ponía unos pantalones de chándal y una camiseta de Rosas para Anna.
Tenía un aspecto muy poco profesional, pero al menos no me importaría llenarme de mierda de jirafa.
Salí a hurtadillas de mi dormitorio, pasé junto a Scrappy, que roncaba ruidosamente en el sofá, y me deslicé fuera del apartamento con el mayor sigilo posible.
Había menos tráfico de lo habitual, incluso para esas horas de la noche, y llegué al zoo en solo cuarenta y cinco minutos.
En lugar de aparcar en el estacionamiento del personal, decidí infringir las normas del zoo y aparqué en una de las plazas reservadas para nuestros Miembros Platino.
Les envié un mensaje de texto tanto a Aero como a Scrappy para que supieran dónde estaba.
Sabía que Aero se cabrearía por haberle dado esquinazo a Scrappy, pero tendría que superarlo.
No era como si Scrappy pudiera haber venido conmigo, y esto era un zoo.
No había nada peligroso.
Solo animales encerrados a cal y canto para pasar la noche.
Relevé a Phoebe y me aseguré de que estuviera lo suficientemente despierta para conducir de vuelta a su apartamento.
—Muchas gracias por hacer esto —decía, una y otra vez.
—No te preocupes —le aseguré.
Ella se marchó y, después de comprobar cómo estaban Ellie y su segunda cría de un año, Quincy, que por cierto había nacido el mismo día que Reagan, me dirigí a la oficina del personal.
Tenía pensado preparar una cafetera nueva y escuchar mi pódcast de crímenes reales favorito hasta la siguiente revisión programada de la jirafa, pero primero tenía que abrirme paso en la oscuridad.
Como las luces artificiales afectan a los hábitos de sueño de la mayoría de nuestros animales, el zoo se mantenía lo más oscuro posible después del cierre.
Mientras me acercaba al camino que conducía al edificio de administración, unos ruidos extraños en la oscuridad me hicieron detenerme en seco.
—¡Oh, joder, tío!
¡No hagas esto!
—oí gritar a un hombre, seguido de lo que sonaba como un forcejeo.
Los ruidos provenían de la Cresta de Depredadores Benson, donde estaban los leones.
Me agaché detrás de un puesto de comida cercano y contuve la respiración.
—Por favor, os pagaré lo que sea.
Lo juro por Cristo —gritó el hombre mientras los ruidos del forcejeo continuaban.
—Lo siento, Zippo, la Bestia quiere que sirvas de ejemplo —respondió un hombre con un fuerte acento ruso.
No tenía ni idea de cómo habían entrado esos tipos, pero no parecían haberse percatado de mi presencia y yo quería que siguiera así.
No sabía si de verdad iban a echarle a ese pobre tipo a los leones o si solo intentaban asustarlo, pero no quería terminar de postre si se trataba de lo primero.
—No tenéis por qué hacer esto.
Os lo ruego.
Os daré lo que queráis.
Por favor, dejadme marchar.
Me iré de la ciudad.
Ella nunca se enterará —las súplicas del hombre se volvieron más desesperadas.
—Daphne fue muy clara —dijo el ruso—.
Nos ordenó a mi hermano y a mí que te atáramos y te echáramos a los leones, así que eso es lo que vamos a hacer.
El sonido de más gritos y forcejeos llenó el aire nocturno.
Rebusqué en mi bolsillo para coger el móvil y llamar al 911, pero lo encontré vacío.
Mierda.
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