Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 4
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4: CAPÍTULO 4 4: CAPÍTULO 4 —Lo entiendo, pero quiero llegar a un punto en el que no tengamos que usar condones, y no podemos hacer eso si no somos exclusivos.
—Ah, claro.
Buen punto.
—¿Tomas la píldora?
Negué con la cabeza.
—DIU.
—Fui a la clínica ayer y me hice todas las pruebas que pude.
Debería tener los resultados en unos días.
—Me hice las pruebas cuando rompí con Mark.
No he estado con nadie desde entonces, pero puedo ir a hacérmelas si quieres.
—¿Hace cuánto de eso?
—Justo antes de mudarme aquí.
—¿No has estado con nadie en más de dos años?
—Sí.
¿Por qué, es raro?
—pregunté.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres jodidamente sexi, Raquel.
Me sonrojé.
—Bueno, eso es ridículamente dulce.
—Es la verdad —dijo él—.
No me digas que los hombres no caen a tus pies.
—Pues sí que te lo digo —repliqué.
—Pues son unos idiotas.
Resoplé.
—Para ya.
—Te apuesto veinte pavos a que simplemente no te das cuenta.
—Lo que tú digas.
¿Podemos cambiar de tema, por favor?
—¿El tema de que estás sexi de cojones?
Asentí.
—Sí.
Ese.
—Podemos, en cuanto lo reconozcas.
—Oh, Dios mío, eres ridículo.
Sonrió de oreja a oreja.
—Puede ser, pero no me equivoco.
—Vale, dejemos a un lado que estás siendo súper dulce ahora mismo.
No es solo que los tíos no se me tiren encima.
He estado liadísima con la investigación.
Esta es la primera ‘distracción’ que he tenido en dos años.
Enarcó una ceja.
—¿En serio?
—Sip.
—Es todo un honor, Razzle.
Me reí entre dientes.
—Deberías sentirte honrado.
—Quiero saber sobre tu investigación, pero aguanta esa idea —dijo, saliendo de mi interior y dirigiéndose al baño.
Regresó, se metió bajo las sábanas y me colocó sobre su pecho—.
¿Qué investigas?
—Los efectos de la farmacología en el comportamiento —dije—.
En concreto, los efectos del CBD en las convulsiones infantiles y el autismo no verbal.
—¿Y en los adultos con lo mismo?
—Me centro en los niños, pero estoy segura de que lo que descubra funcionará también para los adultos.
—Lo que explica la mudanza a Colorado.
Sonreí, recorriendo el tatuaje de los Aulladores con el dedo.
—Exacto.
Tenía la opción de mudarme a Washington, pero Colorado parecía más de mi estilo.
—Déjame adivinar.
Aquí no hay Perros, ergo, es más de tu estilo.
Me reí.
—Eres más listo de lo que pareces.
—Ya me lo han dicho.
Apoyé la barbilla en la mano y lo miré a los ojos.
—¿Y tú qué?
—¿Yo qué?
—¿Cuál es tu historia?
—Eso tendrá que esperar a otro día —dijo, haciéndome girar sobre mi espalda y besándome el cuello—.
Tengo planes para ti.
Y vaya si los tenía.
Cuando me quedé dormida abrazada a él, estaba segura de que mi cuerpo nunca se recuperaría.
* * *
Orion
Raquel por fin se durmió sobre las dos de la madrugada.
Yo, en cambio, no pude hacer lo mismo.
Sobre todo porque todo lo que habíamos hecho me había sacudido hasta los cimientos.
Joder, era increíble, y tenía la sensación de que estaba en problemas.
Ahora, su cuerpo exuberante estaba presionado contra el mío y roncaba suavemente.
Lo único que quería era envolverla con mis brazos y quedarme aquí para siempre.
Pero no lo haría.
Tenía que mantener esto como algo casual.
Tenía que mantenerla a distancia.
Después de hablar con ella durante diez minutos, me di cuenta de que era demasiado buena para un degenerado como yo, y me negaba a que mi mierda se le pegara.
El problema era que me había enterrado muy dentro de ella y nunca había sentido nada tan perfecto.
Mientras me pasaba una mano por la cara y mantenía la otra firmemente alrededor de Raquel, contemplé mi situación actual.
Se suponía que por la mañana tenía que hacer un viaje a Denver para supervisar un par de nuestros negocios.
Mi club poseía varias tiendas de cannabis en la zona, por no mencionar que mi padre y yo teníamos seis propias.
Me habían encargado que revisara las tres que acabábamos de abrir en Denver, lo que significaba que estaría fuera de juego durante al menos una semana.
Y no quería estar lejos de Raquel tanto tiempo.
No quería estar lejos de ella ni una hora, y mucho menos una semana.
Técnicamente, mi padre debería estar haciendo esto, pero había decidido que yo era su saco de boxeo particular y que tenía que saltar cuando él lo dijera.
Llevaba así un par de años y no sabía cuánto tiempo más estaba dispuesto a tragarme su mierda, sobre todo ahora que había conocido a la mujer de mis fantasías.
Joder, estaba jodido.
—¿Por qué no estás dormido?
—refunfuñó Raquel adormilada, deslizando la mano sobre mi estómago.
La apreté suavemente.
—Por nada.
—No tienes por qué quedarte —dijo—.
Quiero decir, me gusta que estés aquí, pero no te sientas obligado a quedarte si no quieres.
—Estoy bien.
Solo que no tengo sueño.
Me besó el pecho.
—Bueno, ya que estás despierto…
Se colocó entre mis piernas, pasó la lengua por mi tatuaje de los Aulladores y luego fue bajando por mi cuerpo.
Me puse duro como una piedra en el segundo en que su lengua tocó mi piel, pero cuando su preciosa boca envolvió mi polla, me perdí.
Otra vez.
En un esfuerzo por no quedar en ridículo, enganché mis manos bajo sus brazos y tiré de ella hacia arriba por mi cuerpo, haciéndola girar sobre su espalda.
—Estaba disfrutando de eso —se quejó.
Sonreí, besándola.
—Yo también.
Un poco demasiado.
—Oh —dijo con la risita más jodidamente adorable que había oído en mi vida.
Tardé un segundo en ponerme un condón, luego me deslicé dentro de ella y su risa se detuvo en un jadeo.
—¿Estás bien?
—pregunté.
—Joder, sí —siseó ella.
La sujeté con fuerza y nos giré a los dos para que ella quedara a horcajadas sobre mis caderas.
—Tu turno, Razzle.
Apoyó las manos en mi pecho y se inclinó para besarme.
—¿Estás seguro de que estás preparado para esto?
—Adelante.
Levantó un poco las caderas y luego bajó el cuerpo, empalándose en mí y, de alguna manera, mi polla se puso más dura.
Joder, me volvía loco.
Deslicé mis manos hacia sus tetas y palmeé sus pezones hasta convertirlos en duros capullos.
Dejó caer la cabeza hacia atrás y se arqueó contra mi tacto mientras me cabalgaba.
Subí las rodillas y embestí más profundamente, y ella se agarró a mis brazos, acelerando el ritmo.
—Ori, no puedo…
¡Oh, Dios!
Cayó sobre mi pecho mientras su coño se contraía a mi alrededor y la hice girar sobre su espalda y embestí contra ella una y otra vez hasta que encontré mi propia liberación.
—No pares —suplicó cuando salí de ella, así que le metí dos dedos dentro, deslizando mi pulgar por su clítoris.
—Cabalga mi mano, nena.
Lo hizo de forma espectacular y gritó mi nombre mientras su corrida cubría mi mano.
Me llevé los dedos a la boca y lamí sus jugos hasta dejarlos limpios.
—Joder, nena, sabes a miel.
Se rio entre dientes.
—Me fiaré de tu palabra.
—Ahora vuelvo.
Fui a su baño para encargarme del condón y limpiarme, luego volví y la coloqué sobre mi pecho.
No me cansaba de ella.
Una vez más, me di cuenta del gran problema que era esto.
* * *
Raquel
—Tengo que irme —susurró Orion, despertándome con un beso.
—¿Qué hora es?
—refunfuñé.
—Las seis.
—¿De la mañana?
—chillé.
Se rio entre dientes.
—Sí, Razzle, de la mañana.
—¿Adónde vas?
—A Denver.
Suspiré, arrebujándome más en las sábanas.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé, pero te escribiré.
—Vale.
—Bostecé y asentí—.
Conduce con cuidado.
—Lo haré.
Me besó una vez más y luego me dejó para que durmiera, pero para cuando oí la puerta cerrarse tras él, estaba completamente despierta.
Decidí que me levantaría e intentaría trabajar un poco, pero primero, el café.
Me puse unos pantalones de yoga y una camiseta y bajé las escaleras tan sigilosamente como pude.
Sabía que Sierra había tenido turno de noche en el restaurante, así que hoy dormiría hasta tarde, y no iba a ser yo quien la despertara.
Era una fiera cuando le interrumpían el sueño.
Preparé una cafetera y revisé mis correos electrónicos mientras se hacía el café.
Tenía algunos de la universidad informándome de mis notas hasta el momento.
Estaba sacando una B baja, rozando la C, en dos de mis clases, y necesitaba subirlas, pero una era química y parecía que no podía entenderla, y la otra era microbiología.
Mi padre se volvería loco si no subía esas dos notas, y como él pagaba mis estudios, probablemente debería hablar con mi tutor sobre la posibilidad de recibir clases particulares.
Suspiré.
Odiaba pedir ayuda.
Pero, sobre todo, odiaba sentirme estúpida, y las ciencias siempre me habían hecho sentir como una idiota.
Simplemente no era lo mío, pero necesitaba entenderlas para comprender del todo cómo funcionaba la farmacología.
El problema era que, en cuanto sentía que comprendía una parte, aparecía algo nuevo y me sonaba a chino.
Saqué el móvil y le envié un mensaje a mi hermano.
Tristán probablemente sabría las respuestas a todas las preguntas de este libro, no es que me las fuera a dar, pero podría ayudarme a entender algo.
Me respondió al instante que estaba en medio de algo y que me llamaría cuando terminara.
Parecía que estaba atascada por el momento.
Suspiré.
No había nada que pudiera hacer al respecto ahora, así que decidí prepararme una taza de café, untarme un bagel y ponerme a trabajar en algo un poco más fácil.
Además, mi cuerpo estaba deliciosamente dolorido por nuestra actividad de la noche anterior, así que usé eso como excusa para no esforzarme demasiado.
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