Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 51
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51: CAPÍTULO 51 51: CAPÍTULO 51 Esperaba que ese fuera el fin de Zilla y sus gilipolleces, pero me equivocaba.
—Lo que no entiendo es por qué no dejamos que sea él quien mueva ficha —dijo Orion—.
Que se encargue Jaws de él.
—Porque nosotros podemos tratar con Jaws.
Él es razonable —dije.
—¿Que Jaws es razonable?
—escupió mi chico, y yo me reí entre dientes.
—Razonable en el sentido de que, cuando cierra un trato, lo cumple, y ahora mismo tenemos un tratado relativamente pacífico.
Zilla está jodidamente loco, y puede que sea demasiado loco para que podamos lidiar con él sin mancharnos las manos de sangre.
—Ya tenemos las manos manchadas de sangre.
—De más sangre —aclaré—.
Y no quiero cargar con el muerto si va a por Jaws.
—Crees que matará a su mentor —dedujo Orion.
—Creo que es muy posible —dije—.
Siempre que consiga poner de su parte a suficientes miembros del club.
—Jaws es respetado, así que existe la posibilidad de que no lo haga —dijo Rocky.
—Esperemos que así sea —repliqué—.
Mientras tanto, vigilad a Zilla.
Y vigilad a la puta de Sonja.
No me fío de esa zorra.
Está llevando a Zilla de la polla y, si tiene alguna influencia en toda esta mierda que se está cociendo, que Dios nos ayude.
—Que Dios ayude al puto Colorado —dijo Orion.
—Eso también.
—¿Estás en comunicación con Jaws?
—preguntó Moisés.
—Sí —dije—.
Tenemos una llamada planeada para esta noche.
Además, tengo a Hatch preparado en Portland.
Si tiene que volar hasta aquí, ha dicho que está listo.
—Esperemos que no se llegue a eso —dijo Orion.
—Ya.
—Asentí hacia Moisés—.
¿Cuál es la información?
Ya decidiré qué comparto con Jaws.
Durante las dos horas siguientes, repasamos estrategias y filtramos la información que Moisés había descubierto con la ayuda de Rabbit, un programador informático y jáquer de Savannah.
Rodaba con el capítulo Savannah de Perros de Fuego y era buen amigo de Raquel.
Había sido capaz de indagar más a fondo que cualquiera de nosotros a la hora de obtener información, así que lo estábamos utilizando como recurso.
Cuando me metí en la cama esa noche, estaba animado por el bourbon y con los nervios a flor de piel.
Mi conversación con Jaws había ido exactamente según lo planeado, así que, por el momento, teníamos paz, pero no tenía ni idea de cuánto duraría.
* * *
Wyatt
Una semana más tarde, me encontraba de nuevo en Flick’s, por una posible necesidad subliminal de volver a ver a Sundance, sobre todo porque me había desviado de mi camino para tomar un café aquí.
Había sido una semana infernal, pero mañana iba a ver a mi hermano, así que todo volvería a estar bien en el mundo.
Bueno, lo estaría después del café.
—Buenos días, sexi —me saludó Mercedes en cuanto entré.
Había llegado a conocer un poco mejor al camarero desde que compartimos nuestro aprecio por el culo de Sundance.
—Hola, Mercedes.
¿Cómo estás?
—Si estuviera mejor, tendría que cobrarte por hablar conmigo.
Sonreí.
—Y pagaría cualquier precio que pusieras, cariño.
—¿Lo de siempre?
—Sí, por favor —dije.
Me cobró y empezó a servirme el café con hielo.
—Te acabas de perder al pibón.
Mi corazón murió un poco.
Me hice el tonto.
—¿Al pibón?
Mercedes enarcó una ceja perforada por un piercing.
—Tía, por favor.
Sé que sabes perfectamente de quién estoy hablando.
Suspiré.
—Vale, de acuerdo.
Tenía la esperanza de verlo.
—Mmm, ya lo sé.
—¿Significa que lo estoy acosando si es un lugar público y en realidad no sé si va a estar aquí?
Mercedes se rio y me entregó el café.
—Creo que eso cuela.
Dejé un par de billetes en el bote de las propinas y sonreí.
—Gracias, cariño.
Probablemente te vea la semana que viene.
—Estoy deseando —dijo, y me dirigí a mi coche.
—¿Me estás siguiendo?
Di un respingo al oír la profunda voz de Sundance y me giré para mirarlo, casi dejando caer el café.
—Hola, ah, no, no te estoy siguiendo.
Él sonrió.
—Solo estoy metiéndome contigo, encanto.
Me sonrojé.
—Ah, claro.
Lo siento.
No estoy acostumbrado a que me tomen el pelo.
—¿Y eso?
—Eso probablemente llevaría un rato explicarlo y ya llego tarde a mi cita.
No era verdad.
De hecho, llegaba media hora antes, pero me estaba mirando como si pudiera ver el interior de mi alma de nuevo, así que decidí cortar la conversación.
—Voy a llevarte a cenar esta noche para que puedas contarme todos tus secretos —anunció.
—Ah…
eh…
—A las siete.
Pasaré a recogerte.
—No sabes dónde vivo.
Sonrió.
—De hecho, sí que lo sé, pero si quieres que finja que no, lo haré.
—Sí, por favor, finge que no has encontrado mi dirección, que no figura en la guía.
—De acuerdo, Dimples.
¿Qué tal si me das tu móvil y me envío un mensaje?
Luego puedes decirme dónde vives y fingiré que lo busco en el GPS.
Dios mío, estoy bastante seguro de que se me derritieron los calzoncillos en el segundo en que me llamó Dimples, pero estaba agradecido de que me hubiera puesto el apodo antes de verme el culo.
Tragué saliva varias veces antes de decir: —O podrías darme tu móvil y ya decidiré si voy a compartir tanta información contigo o no.
Sonrió y me entregó su móvil.
—¿Sería un mal momento para decirte que ya tengo tu número?
—No lo tienes.
—Sí que lo tengo.
Busqué en sus contactos y encontré mi número.
Me mordí el labio, sin saber muy bien cómo tomarme este dato.
Lo miré.
—¿Por qué no lo has usado?
Él sonrió con dulzura.
—No quería asustarte.
—No podrías asustarme ni aunque lo intentaras —solté.
—A las siete —repitió.
Suspiré.
—¿Podemos dejarlo a las siete y media?
—Claro, Dimples, podemos hacer eso.
—¿Puedo quedar contigo en algún sitio?
—No.
Tragué saliva.
—Yo…
no puedo subirme a tu moto, Sundance.
—¿Y eso?
—Oh, quizá porque les tengo un miedo que me muero —admití.
Volvió a sonreír.
—Traeré mi camioneta.
—¿Tienes una camioneta?
—Una bien grande y segura —replicó.
Me relajé.
—Ah, vale, bien.
Alargó la mano y me acarició la mejilla con suavidad.
—Te veré esta noche.
Asentí repetidamente con la cabeza, pero no podía hablar, teniendo en cuenta que su caricia me dejó hecho un flan.
Se alejó, pasó su larga pierna por encima de la moto, arrancó y me saludó con un gesto de la barbilla al pasar.
Yo seguía pegado a la acera…
ya sabes, porque me había derretido y todo eso.
—Mierda —susurré.
¿Qué demonios se suponía que iba a hacer ahora?
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