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Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 62

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  3. Capítulo 62 - 62 CAPÍTULO 62
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62: CAPÍTULO 62 62: CAPÍTULO 62 Sundance
Dejé a Wyatt durmiendo en su cama, con el deseo de quedarme con ella poniéndome de los nervios.

Era la primera mujer desde Morgan que me hacía pensar en algo más.

Y no tenía puto tiempo para algo más.

Pero su coño.

Joder, era como estar en casa.

Me puse el casco y volví a la sede.

Como el tiempo estaba refrescando, pronto no se podría montar tanto en moto, así que tomé el camino largo de vuelta a mi club.

Al entrar en el edificio, me dirigí al despacho de Rocky y me asomé.

Mi VP tenía la vista clavada en la pantalla de su ordenador, con un cigarrillo consumiéndose en el cenicero de al lado y un vaso de whisky escocés en la mano.

—¿Alguna novedad?

Levantó la vista y negó con la cabeza.

—La zorra se está portando bien por el momento.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—No me gusta eso, Rock.

—Ya somos dos, hermano.

—¿Quién la vigila?

—Snowcone.

Suspiré.

—Lo conoce.

—El problema es que nos conoce a todos, así que estamos limitados.

Asentí.

Jodida Sonja.

Tenía que pararle los pies a esa cabrona, y pronto.

—Pon a Aero a vigilarla el resto de la semana.

A él se le da mejor el subterfugio.

—De acuerdo.

Subí a mi habitación y saqué el móvil para mandarle un mensaje a Wyatt y decirle que había vuelto sano y salvo.

Respondió de inmediato con el emoji del dedo índice apuntando al lado del emoji de la señal de «ok».

Mi polla se dio por aludida.

Joder, era tan insaciable como yo.

Le envié un mensaje prometiéndole más perversiones pronto y luego me fui a la ducha.

Opté por una fría.

* * *
Wyatt
Dos semanas después, volvía a casa del trabajo, emocionada por tener una cita de verdad con Sundance.

No me malinterpretes, nos estábamos conociendo.

Hablábamos varias veces al día, y a menudo hasta altas horas de la noche, pero solo nos habíamos visto tres veces, lo que normalmente implicaba cantidades ingentes de sexo.

Y me encantaba el sexo.

Al menos, con él.

Pero también sentía que estábamos en una burbuja de amor y quería ver cómo funcionaríamos en el mundo real.

—Nena, estamos bien —había protestado él, mientras yacíamos desnudos en los brazos del otro en mi cama hacía tres noches.

—Sí, lo estamos —dije—.

Pero no hemos salido de la intimidad de mi casa.

¿No crees que deberíamos ver cómo encajamos fuera?

—¿Necesitas corazones y flores, Dimples?

—Más o menos —suspiré—.

Siento que todo esto va a toda velocidad y que estamos haciendo todo al revés.

—¿En qué sentido?

—Siempre he pensado que las citas deben ir antes que el sexo.

Me he metido en la cama contigo sin saber realmente nada de ti.

—Cariño, tú me conoces.

—Lo sé, tienes razón, pero sé lo que me has contado.

Aparte de la exposición de arte de tu amigo, que no acabó bien, no hemos hecho nada que nos haya sacado de la seguridad de la burbuja.

Quizá no tenga sentido —volví a suspirar—.

Lo siento, no me estoy explicando bien.

—Te estás explicando bien —dijo él—.

Saldremos.

El viernes por la noche.

—¿Sí?

—Sí.

Te compraré flores.

Sonreí.

—En realidad no necesito las flores.

—Le voy a comprar putas flores a mi mujer.

—Vale, Sunny, las flores estarían bien.

El timbre de la puerta sonó, devolviéndome al presente, y me acerqué a la puerta para mirar por la mirilla.

—Hola —dije, abriendo la puerta.

—Hola, nena, estás preciosa.

Llevaba unos vaqueros ajustados oscuros y botas altas hasta la rodilla con una blusa azul de flores, con escote de pico y un lazo en la cintura.

—Gracias.

Tú también.

Sundance se rio entre dientes, inclinándose para besarme con suavidad.

—¿Que estoy precioso?

—Muy, muy precioso —dije con descaro mientras me entregaba un ramo gigante de rosas naranjas—.

Vaya —exhalé—.

Son preciosas.

¿Cómo sabías que no soy una chica de rosas rojas?

—No tienes nada rojo, aparte del vino, así que supuse.

Pegué mi cuerpo al suyo, poniéndome de puntillas para besarle el cuello.

—Quedémonos en casa.

Sonrió, dándome una palmada en el culo.

—Por mucho que me tiente, tenemos una reserva en el Overland, así que te voy a sacar.

El Overland era un restaurante exclusivo dentro del lujoso Hotel Overland Arms y era casi imposible conseguir mesa sin al menos un mes de antelación.

—¿Conseguiste reserva en el Overland?

—Sí.

Le vendía hierba al jefe de cocina.

—Técnicamente, le vendes hierba a todo el mundo —señalé.

—Cierto.

—Pero estás hablando de por debajo de la mesa, en negro, ¿verdad?

Enarcó una ceja.

—¿Quieres ir a comer o quedarte aquí discutiendo mis negocios?

—Sinceramente, preferiría que me comieras a mí.

—También fuiste tú la que quería que saliéramos de nuestra burbuja y viéramos cómo «encajábamos» fuera.

—No recuerdo nada de eso.

Eso significaría que estoy loca y estoy bastante segura de que no lo estoy.

—No, no estás loca, pero sí tienes amnesia selectiva.

Puse los ojos en blanco.

—Entonces será mejor que las ponga en agua antes de que me olvide de ellas.

Cerró la puerta y me siguió a la cocina, donde puse las flores en un jarrón con agua y cogí el bolso.

Cuando pasé a su lado, Sundance me pasó el brazo por la cintura y me atrajo hacia él.

—Oye.

Le sonreí.

—¿Sí?

—Mi lengua hará su magia más tarde.

Te lo prometo.

Temblando, le di un beso rápido.

—Te tomaré la palabra.

Se rio entre dientes y bajamos a su camioneta.

Al llegar al hotel, aparcamos y entramos.

Algunos de los clientes de más edad nos lanzaron miradas de reojo mientras caminábamos hacia nuestra mesa y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no hacer algún tipo de comentario impertinente, pero Sundance se limitó a sonreír y a esperar a que me sentara antes de sentarse él.

—¿Pasa eso a menudo?

—pregunté después de que la anfitriona se alejara.

La anfitriona le había estado echando a mi hombre un tipo de mirada de reojo completamente diferente, lo que me hizo sentir orgullosa y, a la vez, querer arrancarle los ojos.

—¿El qué?

—Las miradas de desaprobación de la gente.

—Cariño, soy un motero.

Mucha gente reacciona de muchas maneras a eso.

—No me gusta —dije, y miré el menú con rabia.

Se rio entre dientes.

—Sí, ya me doy cuenta.

—¿Por qué estás tan tranquilo?

—siseé en un susurro.

—Estoy en un restaurante elegante con la mujer más guapa de la sala sentada frente a mí.

Estoy a punto de comer comida de puta madre preparada por un buen amigo, que además es un chef con Estrella Michelin, y luego voy a llevar a mi mujer a casa y a follarla hasta que no pueda ni andar.

¿Por qué no iba a estar tranquilo?

—Oh, Dios mío —susurré—.

Si sigues hablando así, me voy a meter debajo de esta mesa y a chupár—
—Eh, Sundance.

Di un respingo ante la voz profunda y levanté la vista hacia un hombre al que no había visto ni oído acercarse.

Dios mío, estaba muerta de vergüenza.

Con suerte, no me había oído.

—Eh, hermano.

—Sundance sonrió y se levantó para abrazarlo—.

JT, esta es Wyatt.

Wyatt, él es JT.

Hice un ademán de levantarme, pero me hizo un gesto para que me quedara sentada.

—No te levantes.

Encantado de conocerte.

Le estreché la mano, con la cara todavía ardiendo.

—Igualmente.

—¿Queréis mirar el menú o queréis que os sorprenda?

—preguntó.

—Sorpréndenos —dijo Sundance.

—Vale, tío.

Luego vengo a ver qué tal estáis.

—Gracias.

Sundance volvió a sentarse y yo enarqué una ceja.

—Podrías haberme avisado de que estaba cerca.

Se rio entre dientes.

—Estabas expresando tu aprecio.

No quería molestarte.

—Me la vas a pagar más tarde.

—Pagaré cualquier penitencia que quieras imponerme.

Me mordí el labio y cogí la carta de vinos.

—Menos mal que tienen una carta de vinos caros y tengo un rato para pensar cuál será exactamente tu penitencia.

Sundance se rio y no pude evitar sonreír cuando encontré mi botella de vino favorita en la carta.

A un precio considerable.

La pedí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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