Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 97
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- Capítulo 97 - 97 CAPÍTULO 97
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97: CAPÍTULO 97 97: CAPÍTULO 97 Stoney
Soy lo que soy.
Un hombre al que le gusta follar y un motero que es leal únicamente a mi club y a mis hermanos.
Pero alguien ha robado lo que es mío por derecho y pienso hacer que el mundo se le venga encima hasta que lo recupere.
Solo que las cosas no son lo que parecen y mi mundo está a punto de implosionar, ya que todo lo que conozco está amenazado.
Sabrina
He jurado proteger y amar al único hijo de mi hermana y, en lo que a mí respecta, es mío.
El problema es que, antes de morir, mi hermana no me puso al tanto de algunos detalles muy importantes sobre su vida.
Ahora me enfrento a un enemigo para el que no estoy preparada, pero para rescatar a mi sobrino, estoy dispuesta a ir hasta el mismísimo infierno…
solo que no estoy segura de poder volver.
Sabrina
Llegaba tarde.
Tenía una reunión a primera hora de la mañana, pero todavía tenía que llevar a mi sobrino, Felix, a casa de mi madre para que ella lo dejara en el colegio.
—¡Fox!
—lo llamé y apareció de repente delante de mí.
—Estoy aquí, tía.
—Pues sí —le sonreí—.
¿Te has lavado los dientes?
—Sip.
¿Ves?
—mostró los dientes.
Le sujeté la barbilla, mirando los ojos de mi hermana mientras observaba su trabajo, y luego le pasé el pulgar por la mandíbula.
A veces el dolor de perder a María era casi insoportable.
—Lo has hecho bien, campeón.
Me abrazó y volvió a sentarse en la isla de la cocina, concentrándose de nuevo en su libro de colorear.
—¿Estás listo para pasar un rato con la Nonna?
Ladeó la cabeza.
—¿Me recogerás igualmente en la parada del autobús?
—Por supuesto.
Es la mejor parte de mi día.
—Me serví café en un vaso térmico y me volví hacia él—.
Coge la mochila y nos vamos, ¿vale?
Cerró su libro de colorear y se bajó del taburete, cogió su mochila y la abrió.
Le metí el almuerzo dentro y luego salimos hacia mi coche.
Conduje las tres millas hasta la casa de mis padres en un tiempo récord.
Felix se bajó del asiento elevador y salió del coche más rápido de lo que yo tardé en apagar el motor.
Cerré con llave y me dirigí a la casa, donde oía a Felix parlotear sin parar con mi madre.
—Hola, mamá —dije al entrar en la cocina.
—Hola, cariño —dijo ella, dándole a Felix un trozo enorme de su pastel de huevo y salchicha.
—Gracias, Nonna —dijo él y le dio un mordisco.
Le advertiría que no sobrealimentara al niño, pero mi madre era la típica abuela italiana, así que mis palabras caerían en saco roto.
La abracé y, aunque fue lo más difícil que había hecho en todo el día, rechacé su ofrecimiento de comida.
—Lo veré en la parada del autobús después del colegio, pero si me necesitas antes, llámame.
—Vale, cariño.
Estaremos bien.
Besé a Felix en la coronilla y me fui al trabajo.
Tengo mi propia asesoría contable, aunque mi área de especialización es la contabilidad forense.
Cuento con un gran equipo que se encarga de todo, desde los impuestos anuales hasta las nóminas, lo que me deja centrarme en mi pasión.
Y esa mañana, me reunía con un cliente muy especial.
Mi hermano, Luca.
Es detective en el Departamento de Policía de Colorado Springs y a menudo me contratan cuando necesitan encontrar dinero que un sospechoso podría estar ocultando.
Al entrar en mi despacho, suspiré.
—¿Cómo demonios has llegado antes que yo?
Luca sonrió, se puso en pie y me atrajo hacia él para darme un abrazo.
—Es mi superpoder.
—¿Has pasado por casa de mamá?
Asintió.
—Me ha preparado el desayuno.
Puse los ojos en blanco mientras me sentaba en mi escritorio.
—Claro que sí.
—¿Decías que tenías algo para mí?
—Sip —dije, sacando el expediente de mi bolso y entregándoselo—.
No pensé que lo quisieras por correo electrónico, pero si es así, dímelo.
—¿Puedes pasármelo a un pendrive?
—Ya está hecho —dije, deslizándoselo hacia él—.
Está encriptado.
La contraseña está en el expediente.
—Gracias —dijo él con aire distraído mientras revisaba el expediente.
—¿Quieres café?
—Sí, hermanita, estaría genial.
Salí de mi despacho y nos cogí una taza a cada uno.
Me había terminado mi vaso térmico antes de aparcar, así que estaba lista para más, pero me serví media taza, diciéndome a mí misma que así era más sano.
Entonces cogí un dónut.
¡Ja!
Chúpate esa, caderas.
Volví a mi despacho y le puse el café a Luca delante.
—¿Querías un dónut?
Me miró con el ceño fruncido.
—Yo no como esa mierda.
Ya lo sabes.
Me encogí de hombros.
—Ya, pero si no pregunto, me siento maleducada.
Se rio entre dientes, negando con la cabeza mientras seguía revisando los papeles.
—Joder.
—Lo has encontrado —deduje.
Me miró a los ojos.
—No, tú lo has encontrado.
Sonreí de oreja a oreja, reclinándome en mi silla.
—Claro que lo he encontrado, y de qué manera.
Cerró la carpeta, la metió en su bolso y se puso en pie.
—Eres increíble, hermanita.
Mándanos la factura.
—Okey dokey —dije—.
Que tengas un buen día, pero después de que hagas lo tuyo.
—Bree…
—¿Cuál era la apuesta, Luca?
¿Eh?
Echó la cabeza hacia atrás con una maldición antes de dejar la bolsa en el suelo y empezar una rutina de baile, con Moonwalk, Floss y Swim incluidos.
Me aguanté la risa hasta que terminó porque lo estaba grabando.
Él no sabía que lo estaba grabando, pero lo sabría.
Cuando menos se lo esperara.
—Venga, lárgate —dije, agitando las manos.
Cogió su bolso.
—Eres una mujer malvada, muy malvada.
—La próxima vez, no apuestes conmigo a que no encontraré el dinero.
Siempre encuentro el puto dinero.
Se rio, abrió la puerta de mi despacho y salió tranquilamente.
El resto del día lo pasé tratando con gente, mucha más de la que solía, para la captación de nuevos clientes.
Dios, odiaba los días de captación de nuevos clientes.
Cuando metí el coche en el garaje, estaba agotada.
Pero al menos había llegado pronto.
Me puse unos pantalones de yoga y una camiseta y bajé andando a la esquina a esperar el autobús de Felix.
—Hola, Sabrina —dijo Kerri.
Era la madre de Ensley, una niña un año mayor que Felix.
—Hola, Kerri.
—¿Preparada para la nieve?
Gruñí.
—Ni un poquito.
Espero que aguante un poco más.
—Buena suerte con eso.
El autobús se detuvo y el resto de los padres se arremolinaron más cerca mientras sus hijos se bajaban.
Fruncí el ceño cuando, después de seis niños, Felix no estaba entre ellos, porque normalmente era el primero o el segundo en bajar.
Cuando pareció que el último niño había bajado, me asomé por las puertas.
—¿Dónde está Felix?
El conductor del autobús frunció el ceño.
—Hoy no estaba en el autobús.
—¿Qué?
—Estaba esta mañana, pero ahora no está aquí, cariño.
—Mmm, a lo mejor lo ha recogido mi madre.
—¿Quieres que llame al colegio?
—preguntó el conductor.
—No, voy a llamar a mi madre a ver si lo ha recogido ella.
—Vale, cariño.
Te veo el lunes.
Ya no estaba escuchando; había marcado el número de mi madre y me había puesto el teléfono en la oreja.
—Hola, cariño.
—Mamá, ¿está Felix contigo?
—pregunté.
—¿Qué?
No, ¿no debería estar bajando del autobús ahora mismo?
—No se ha subido al autobús —espeté—.
¡Oh, Dios mío!
Tengo que llamar al colegio.
—Llamaré a Luca.
—Espera a que llame al colegio —repliqué.
—Vale, cariño.
Pero no esperó a que yo llamara al colegio y, diez minutos después de colgar con el director, Luca entraba como una furia en mi casa con mi madre detrás.
—He emitido una Alerta Amber —dijo—.
¿Qué ha dicho el colegio?
—Salió del colegio con su profesora en fila con los demás alumnos, pero ahí es donde la historia se vuelve confusa.
Nadie supo decirme adónde fue.
La profesora creyó verlo subir al autobús, pero no estaba segura.
—Imbéciles incompetentes —siseó mi hermano.
—Luca —le advirtió mamá.
La ignoró y volvió a centrarse en mí.
—Necesito saber qué llevaba puesto esta mañana.
—Eh…
—Dios, no podía pensar.
—Vaqueros azul oscuro, su camiseta de Garfield y una sudadera negra con capucha, debajo de su plumífero negro —dijo mamá.
Asentí.
—Cierto.
Sí.
Exacto.
Y un gorro de lana gris y guantes.
—¿Tienes una foto reciente?
¿Una que yo probablemente no tenga?
—preguntó Luca.
Asentí, repasando las fotos de mi móvil, encontré tres y se las reenvié.
—Acabo de enviártelas al móvil.
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