Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 99
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99: Capítulo 99 99: Capítulo 99 Sabrina
Conduje despacio por el largo camino; una cabaña de troncos gigante apareció a la vista y no pude evitar reducir la velocidad para apreciar el paisaje.
Sería increíble en la nieve.
Había moteros que entraban y salían, algunos fumando, todos bebiendo, excepto uno.
Un hombre alto y guapísimo estaba apoyado en uno de los pilares, con los brazos cruzados y los ojos fijos en mí, y se me cortó la respiración.
Nunca había visto a un hombre más atractivo.
Alto, con el pelo oscuro un poco largo y una barba épica, resultaba más que imponente.
¿Sería este el señor Stonewell?
¿Y por qué su nombre sonaba como el de un héroe de Jane Austen?
Dios, esta era la cosa más estúpida que había hecho en mi vida.
Me detuve junto a un par de motos ya aparcadas en frente y apagué el motor.
Él siguió observándome desde el porche, y yo me tomé un par de minutos para calmar los nervios, agarrar mi bolso y abrir la puerta.
Una vez fuera del coche, cerré la puerta, le di al botón del mando para cerrarlo y luego erguí los hombros.
—No pensé que fueras a reunir el valor para salir —me provocó el hombre.
—¿Es usted el señor Noah Stonewell?
—pregunté, manteniendo el coche entre nosotros.
—Depende de quién pregunte.
—Me llamo Sabrina Moretti —dije, con la voz temblorosa al hablar.
—Sí, ya lo sé —dijo—.
Lo que no sé es qué coño haces aquí.
Si eres policía o abogada, puedes dar la vuelta con tu precioso culo y largarte.
—No soy ni policía ni abogada.
—Me mordí el labio—.
Entonces, ¿es usted el señor Stonewell?
—Stoney.
—La comisura de su labio se crispó—.
¿Qué quieres, Sabrina Moretti?
—Yo…, ah…
—bajé la mirada, porque mirarlo me humedecía en zonas en las que no debería—.
Necesito tu ayuda.
—¿Qué tipo de ayuda?
Respiré hondo, abrí el bolso, saqué el sobre y obligué a mis pies a alejarse de mi coche y a acercarse a aquel hombre aterrador, pero increíblemente bueno.
Me estudió, sus ojos sin apartarse de los míos mientras me acercaba a él.
Le tendí el sobre, con la mano temblorosa.
—¿Me estás notificando algo?
—No.
Señaló mi mano con la cabeza.
—¿Qué hay en el sobre?
—No lo sé —mentí—.
O sea, tengo una idea, pero no he mirado dentro.
Es de mi hermana.
Me lo quitó de la mano y leyó el anverso, le dio la vuelta y volvió a centrarse en mí.
—¿Qué crees que es?
—Preferiría no especular.
—Antes de abrir esto, dime por qué necesitas mi ayuda.
—Mi sobrino ha desaparecido.
—¿Y cómo es eso mi problema exactamente?
—Creo que deberías leer la carta —dije con voz ronca.
Se apartó de la columna.
—Entra.
—No.
Creo que me quedaré aquí mismo —repliqué.
—¿Tienes miedo?
—Sí —respondí de inmediato.
—¿Por qué?
—A riesgo de ofenderte, preferiría no decirlo.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Joder, ¿siempre eres así de sincera?
—Culpable —refunfuñé.
—Nadie aquí te hará daño, cariño.
—Estoy bien aquí.
—¡Joder!
—siseó, alejándose y gritando—: ¡Wyatt!
—No le berrees así a mi mujer, joder —le devolvió el grito otra voz áspera.
—Oh, relájate —ordenó una voz femenina, y una rubia espectacular apareció ante mí—.
¿Qué pasa, colega?
—Sabrina está cagada de miedo de entrar.
La mujer se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa amable.
—¿Sabrina?
Asentí.
—Soy Wyatt.
—Caminó hacia mí, con la mano extendida—.
Estoy segura de que estos hombres parecen intimidantes, pero en realidad son muy agradables.
Eres bienvenida.
Mi marido, Sundance, es el presidente.
—¿Pero qué cojones?
—espetó Stoney, y lo miré.
Estaba leyendo la carta.
Mierda.
—Esperaré aquí —susurré.
—Zorra, más te vale meter el culo dentro.
—Stoney…
—No te metas en esto, Wyatt —dijo con desdén, fulminándome con la mirada—.
Tú.
Entra.
Tienes que dar algunas explicaciones.
—No.
—Pestañeé para reprimir las lágrimas—.
No puedo.
No debería haber venido.
Lo siento.
Stoney empezó a caminar hacia mí, pero Wyatt le agarró del brazo.
Entonces se desató el infierno.
Stoney apartó el brazo tan rápido que Wyatt perdió el equilibrio, y entonces el hombre más grande que había visto en mi vida estaba encima de Stoney, con la mano en su garganta.
—¿Qué coño haces, gilipollas?
Está embarazada.
—Lo siento, Wyatt —tosió Stoney.
—Thorne —dijo Wyatt, posando la mano en el hombro del hombretón—.
Cariño, suéltalo.
Estoy bien.
—Esto ha sido un er…
error —tartamudeé—.
Voy a irme.
—No te muevas, joder —ordenó Stoney, todavía tumbado de espaldas.
—Lo siento.
No debería haber venido.
—Eché a correr hacia mi coche, pero un brazo fuerte y musculoso me rodeó la cintura y me apretó con fuerza contra él.
—He dicho que no te muevas, joder.
—Oh, Dios —chillé, aterrorizada—.
Tengo que irme.
—No.
Vas a explicar la carta —gruñó.
—Como no sé lo que hay en la carta, no puedo explicarlo, ¿verdad?
—repliqué, y mi miedo se disipó en parte porque Wyatt se había echado a reír.
—Zorra…
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