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Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 165

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165: Capítulo 165 165: Capítulo 165 El sonido de unas voces graves de hombre se filtró hasta la celda, pero el prisionero no se movió del estrecho catre donde yacía acurrucado, con las rodillas pegadas al pecho.

Siempre había guardias apostados dentro y fuera de su celda, por lo que se había acostumbrado a oírlos hablar entre ellos en susurros.

Nunca lo dejaban sin la debida supervisión, pero los guardias jamás le hablaban.

No tenían permitido dirigirse a él directamente, por orden del propio príncipe.

Su conversación ahogada y lo poco que podía sonsacar de ella había sido su única fuente de entretenimiento desde que lo encerraron en aquella húmeda y lúgubre habitación.

Había llegado a un punto en que apenas podía distinguir la mayoría de sus voces.

Su cuerpo se tensó al oír el tintineo de unas llaves en la cerradura, seguido del chirrido de las rígidas bisagras cuando empujaron la puerta para abrirla.

Podría haber sido cualquiera el que entrara en su celda.

Probablemente se trataba de un cambio de turno, y nuevos guardias entraban para reemplazar a los que llevaban horas con él.

Pero su paranoia había estado en su punto más álgido durante semanas, desde la primera vez que le mencionó a Narfor al Príncipe Ragnar.

Esperaba que el que dirigía a los asesinos ya hubiera enviado a alguien para matarlo y atar los cabos sueltos que quedaban de la misión fallida.

Cada vez que se abrían las puertas de la celda, esperaba que fuera uno de los sicarios adiestrados de Narfor o el propio príncipe y, dada la situación, no sabía qué opción era peor.

Hasta el momento, no había aparecido ninguno de ellos, pero en lugar de sentirse aliviado, cada día que pasaba sin incidentes solo le hacía temer aún más lo que estaba por venir, y la ansiedad que lo acompañaba lo estaba consumiendo por dentro.

Alguien entró en la celda con pasos lentos y deliberados, cada uno de los cuales retumbaba como una advertencia de peligro inminente.

El prisionero siguió sin moverse, negándose a mirar al recién llegado por si era la persona enviada para acabar con su vida.

El recién llegado se detuvo en el centro de la celda.

—Fuera.

La tajante orden iba dirigida a los guardias de la celda, pero no impidió que el prisionero se estremeciera.

Los guardias obedecieron y pronto un coro de pasos salió arrastrándose de la celda, dejando al prisionero a solas con el recién llegado, de quien ahora estaba seguro que era el príncipe.

—¿Acaso te has puesto tan cómodo en tus nuevos aposentos que ya no puedes saludar a tu príncipe?

—preguntó Ragnar, mirando con desdén al prisionero, que se había acurrucado sobre sí mismo.

Aunque su tono era tranquilo, había una sutil amenaza oculta en las palabras.

Al oír aquello, el prisionero se incorporó y se giró para poder encarar debidamente a Ragnar.

Tenía un aspecto horrible, desde su barba descuidada hasta su ropa manchada de mugre.

Ragnar se había asegurado de que le dieran de comer dos veces al día y le ofrecieran agua suficiente, pero normalmente no le proporcionaban mudas de ropa limpia, y la comida no era exactamente la que un dignatario como él estaba acostumbrado a recibir.

En el otro extremo de la celda había un cubo de acero que el prisionero usaba como orinal.

Se lo cambiaban cada vez que le llevaban la comida.

Incluso después de regresar del palacio, Ragnar no se había apresurado a visitar la celda, prefiriendo mantener al hombre en un perpetuo estado de confusión y ansiedad mientras este se preguntaba cuál sería su destino.

Era algo que Ragnar había aprendido del rey y que le parecía una herramienta eficaz para los interrogatorios.

—Ha pasado un tiempo, ¿verdad?

¿Tienes algo más que decirme?

—preguntó Ragnar.

El prisionero alzó la vista hacia Ragnar desde su pequeño catre, con un aire de desesperanza y derrota adherido a él como la mugre a su ropa.

—Su alteza, ya le he dicho todo lo que sé.

—Mientes, y lo peor es que no se te da nada bien.

Así que te lo preguntaré una vez más: ¿hay algo más que desees decirme?

La voz de Ragnar se endureció con cada palabra.

—Y quiero que esta vez pienses muy bien las palabras que vas a decirme.

No voy a quedarme aquí y mentirte diciendo que tienes alguna posibilidad de salir vivo de este lugar, porque no la tienes.

No te equivoques, morirás a mis manos.

Pero tu respuesta determinará si el proceso es rápido e indoloro o uno lleno de sufrimiento prolongado.

Yo en tu lugar elegiría con cuidado.

Los ojos del prisionero centellearon y, por un brevísimo instante, Ragnar pudo ver el desafío que se ocultaba tras aquel aire de desesperanza.

—No puede tratarme así.

Mi familia forma parte de la nobleza.

¡Soy un dignatario!

—exclamó el hombre, con el rostro contraído en una máscara de ira.

—Sí, puede que fueras importante en otro tiempo, pero tu título no importa en esta celda y no tardarás en comprenderlo.

Ahora eres mi prisionero, uno que tiene las respuestas que necesito —dijo Ragnar, y en ese instante se sintió como una persona completamente distinta del hombre que era cuando estaba cerca de Circe—.

Y pienso sacártelas por cualquier medio que sea necesario.

Esto hizo que el prisionero retrocediera un poco; su anterior bravuconería y desafío se desinflaron rápidamente ante las palabras de Ragnar.

—¿Acaso su majestad sabe que mató a mi compañero, o que me ha retenido en su mazmorra durante semanas?

—inquirió el prisionero, buscando cualquier forma de evitar dar las respuestas que Ragnar había venido a buscar.

Ragnar también lo sabía.

Había calado las intenciones del prisionero al instante.

Pero poco importaba, pues Ragnar ya lo tenía todo a su favor.

El poder sobre la situación y el tiempo.

Mientras que él lo tenía en abundancia, el prisionero no podía decir lo mismo.

—Te sorprendería lo fácil que me resultó falsificar correspondencia sellada con el blasón oficial de tu casa y enviarla al palacio inmediatamente después.

Pero eso ya lo sabías, ¿no?

Dado tu largo historial de falsificaciones.

Por lo que todos saben, tu compañero y tú abandonasteis mi hacienda hace tres semanas y decidisteis viajar más hacia el este.

Ragnar podría simplemente haber enviado un mensaje al rey detallando cómo los dignatarios conspiraron con asesinos para matar a Circe.

Hacer daño a un miembro de la realeza o a cualquiera relacionado con uno era un delito grave y punible en Lamora.

Pero Ragnar sabía que contárselo al rey significaría entregar la investigación y a su prisionero a la Corona, y aún no quería hacerlo.

No sabía cuánta gente más estaba implicada en esto y no quería que nadie más interfiriera en el interrogatorio.

La boca del prisionero se entreabrió y sus ojos se dilataron por la sorpresa.

—Yo…
Los ojos de Ragnar se oscurecieron peligrosamente, su paciencia se agotaba.

Sus sombras brotaron lentamente de él, arremolinándose de forma amenazadora a sus pies.

—Más te vale que las próximas palabras que salgan de tu boca sean las respuestas a mi pregunta.

—Por favor.

Ya le he dicho lo que sé.

Hice un trato con Narfor, y el asesino que mató esa noche también era de él.

Por favor, no sé nada más, se lo juro —dijo el prisionero, y sus palabras eran una súplica con la que intentaba apelar a cualquier ápice de compasión que pudiera quedar en Ragnar.

Pero lo que él no sabía era que el pozo de bondad en el corazón de Ragnar se había secado hacía mucho tiempo.

Ya no mostraba piedad con quienes dañaban lo que era suyo, y Circe se había vuelto muy importante para él.

Ahora, al mirar al prisionero desde arriba, Ragnar descubrió que no sentía compasión alguna por él.

—Tu historia era bastante creíble al principio, pero hay muchas cosas que no cuadran, y son esas partes las que me llamaron la atención —dijo Ragnar, acercándose un paso—.

Como el hecho de que, al parecer, nunca has conocido a ese tal Narfor ni sabes de dónde es, pero de algún modo confiaste en él lo suficiente como para aceptar una misión suya que sabías que estaba llena de riesgos.

¿Acaso tienes por costumbre arriesgar tu vida y tu bienestar por gente que no conoces o con la que no tienes ninguna conexión verdadera?

Hubo una breve pausa antes de que Ragnar continuara.

—Y si eso es cierto, ¿de verdad esperas que me crea que el dinero que te prometió fue el verdadero incentivo, cuando tu familia ya es suficientemente rica?

Así que, o eres realmente pésimo para mentir, o pensaste que yo era tan estúpido como para creerte.

Al ver que sus mentiras habían sido descubiertas, el prisionero se arrodilló de inmediato, asegurándose de mantener la mirada gacha.

—Le juro que le habría contado más si hubiera podido.

Narfor se aseguró de que yo supiera lo mínimo posible sobre la misión.

Mencionar cualquier cosa sobre Narfor era peligroso.

No era un fantasma que supiera cuándo se murmuraba su nombre, pero tenía tantos ojos y oídos por todo Lamora que bien podría serlo.

Tanta gente le informaba que era difícil saber en quién confiar y, una vez que le hincaba las garras a alguien, todo había terminado.

No había posibilidad de escapar o de abandonar su servicio con vida.

—No dejas de mencionarlo —musitó Ragnar—.

Tal y como yo lo veo, solo tienes dos opciones: o me dices la verdad ahora, o te usaré para hacer salir a ese Narfor y encontraré las respuestas por mí mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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