Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 179
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179: Capítulo 179 179: Capítulo 179 Cabalgaron juntos en un silencio mayormente agradable.
Circe apenas le había dirigido más que un puñado de palabras desde que sacaron a sus caballos de los establos, sin embargo, este silencio se sentía extrañamente diferente de las otras veces en que ignoraba a propósito su presencia.
Su actitud actual no era fría y no parecía inaccesible.
En cambio, su silencio se sentía más pensativo, como si estuviera perdida en lo más profundo de sus propios pensamientos.
Sus caballos avanzaban uno al lado del otro a un trote constante.
La brisa de la madrugada alborotaba los mechones sueltos del cabello de Circe, que se mecían con cada paso acompasado.
Ragnar la miraba de reojo de vez en cuando, pero cada vez que lo hacía, la encontraba con la vista fija al frente, la mirada distante y perdida.
—No tuvo nada que ver contigo —dijo Ragnar al fin, quebrando la quietud entre ellos.
Su voz se oyó con claridad por encima del suave golpeteo de los cascos contra la tierra apisonada—.
Todo lo que sucedió y condujo a la guerra fue cosa de mi padre y el tuyo.
—Hizo una pausa, con la mandíbula tensa—.
Odio verte tan afligida, y es aún peor saber que tuve algo que ver en poner esa expresión en tu rostro.
Sabía, sin la menor sombra de duda, que la conversación en su estudio aún le rondaba por la mente.
Podía verlo en la forma en que sus hombros estaban ligeramente encorvados, en la manera en que sus respiraciones eran más lentas y profundas, como si estuviera cargando un peso invisible.
Ella parpadeó hacia él, desconcertada por lo directas que eran sus palabras.
—Ragnar, yo…
—No te conté todo eso para que te preocupes hasta morir —la interrumpió, y Circe percibió el deje de dureza en su voz, un tono que él intentaba, sin éxito, ocultar—.
No deberías estar dándole vueltas a las decisiones de otros hombres.
—Me alegro de que me lo hayas contado —dijo con sinceridad.
Su voz era firme y su mirada se había suavizado mientras seguía observándolo—.
Si no hubieras sido tú, estoy segura de que nadie más lo habría hecho.
Pero, al contrario de lo que puedas pensar, mi mente no es algo que pueda apagar a voluntad.
Y algo de esta magnitud…
es inevitable que me afecte durante un tiempo.
Los «y si…» la acosaban desde todas las direcciones.
Si hubiera sabido lo que realmente ocurrió entonces, ¿podría haber hecho algo?
¿Habría sido capaz de detener la guerra con su puesto en el consejo de su padre?
¿Podría haber protegido su hogar de la ruina?
Eran preguntas sin respuestas directas a la vista.
Preguntas que la carcomían.
Y por muy idealista que quisiera ser, sabía cuál habría sido el resultado más probable.
Al fin y al cabo, ella era solo una persona, una mujer.
Incluso en aquel entonces, le había costado que su voz se oyera en el consejo de su padre, rodeada de hombres que le doblaban y triplicaban la edad.
Si su padre había considerado oportuno ocultárselo todo, ¿qué probabilidades había de que la escuchara si intentaba ofrecerle su ayuda y su opinión?
Aquello la obligó a reflexionar sobre su crianza, sobre el abandono que había sufrido a manos de su padre.
Él solo se había interesado por ella en lo que respectaba a su habilidad para discernir las mentiras de las verdades y cómo explotarla para su propio beneficio.
Nunca se trató de ella, sino siempre de lo que ella podía hacer por él.
¿Y no era esa la constatación más triste de todas?
Su madre la había amado con fiereza, tanto que algunos días Circe sentía que el mundo entero era suyo.
Pero otros, sentía que ni siquiera ese amor podía llenar el abismo que su padre había excavado en su vida con su ausencia y su abandono.
Ragnar seguía observándola con atención, como si esperara que se derrumbara o rompiera a llorar.
Pero no lo hizo.
Ya no estaba segura de si todavía era capaz de hacerlo.
Así que, en su lugar, se enderezó en la silla de montar y le ofreció una pequeña y ensayada sonrisa, optando por desviar la conversación hacia temas más ligeros, cualquier cosa que no la hiciera sentir tan expuesta.
—Deberíamos volver ya —dijo—.
Me muero de hambre y solo me apetecen los pastelitos de té del cocinero.
Hizo dar la vuelta a Kena y guio a la yegua en la dirección por la que habían venido, aunque dudaba de que aquello hubiera sido suficiente para convencerlo.
Ragnar no protestó.
Se limitó a redirigir a su caballo y a seguirla.
Su paseo se había interrumpido oficialmente.
Tras desayunar con Ragnar, Circe se quedó en sus aposentos mientras él se marchaba para atender sus obligaciones del día.
Estaba haciendo bocetos distraídamente en un cuaderno nuevo cuando un ruido se coló desde el exterior.
Ya era su tercer cuaderno; las páginas de los dos primeros estaban llenas hasta los bordes.
Cuando terminó el cuaderno que Rowen le había regalado, Ragnar le dio otros dos, junto con un surtido de materiales de dibujo de alta calidad.
De los que usan los artistas de verdad.
Circe no se consideraba una de ellos.
Simplemente era una mujer a la que le gustaba dibujar.
Dejó el cuaderno en la mesita de noche y se acercó a la ventana que daba al patio.
A través del cristal, vio un caballo abajo, ya ensillado y enjaezado, que parecía estar listo para un viaje.
A pocos pasos de distancia estaban Jayran y Ragnar, enzarzados en lo que parecía una tensa discusión.
Desde esa distancia, no podía entender ni una sola palabra.
Entonces, como si sintiera su mirada, Jayran alzó la cabeza y la miró directamente a ella.
Su boca se curvó en una sonrisa amplia y encantadora, de esas que probablemente habían descarriado a más de una mujer.
Circe no sintió ninguno de sus efectos, ni siquiera cuando él alzó una mano y la saludó como si fueran viejos amigos.
El gesto la dejó perpleja.
No recordaba haber tenido nunca tanta confianza con él.
Ragnar se giró para ver a quién sonreía Jayran y, en el momento en que la vio a ella, frunció el ceño.
Le lanzó a su hermano menor una mirada tan dura que parecía capaz de derretir la carne de los huesos.
Jayran, sin inmutarse, se limitó a darle una palmada en el hombro a Ragnar antes de dirigirse con calma hacia el caballo que lo esperaba.
Momentos después, se había marchado.
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