Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 El viento aullaba a su alrededor, tironeando de su capa y alborotándole el pelo cuanto más rápido y prolongadamente cabalgaba, y solo aminoró la marcha cuando las agujas de la capital se alzaron a la vista.
La gente se giraba para mirar, sus conversaciones enmudecían mientras él pasaba atronando junto a ellos sobre su corcel.
Ragnar debería haber cabalgado directo al palacio para soportar la horrible presencia de la reina y las miradas de los miembros de su venenosa corte.
Era un tormento para el que se había preparado, como un soldado que se pone la armadura antes de la batalla.
Pero había algo de lo que tenía que ocuparse antes de enfrentarse a ella, un cabo suelto que debía atar.
Divisó a Gonan a lo lejos.
Estaba de pie frente a su finca, observando a Ragnar cabalgar hacia él.
Los cascos golpearon con fuerza el suelo de tierra cuando Ragnar tiró con firmeza de las riendas de su caballo.
Una amplia sonrisa se dibujaba en el rostro de Gonan.
Ragnar desmontó y le dio una palmada en el hombro a su amigo más antiguo.
—Pareces contento de verme.
—Me alegro de verte de una pieza.
Pensé que esa esposa tuya ya habría intentado matarte al menos una vez.
Francamente, me esperaba lo peor —dijo Gonan, esquivando por poco el puñetazo juguetón que Ragnar lanzó hacia un lado de su cabeza.
Gonan no pudo evitar la risa que se le escapó mientras tiraba de Ragnar a través de hileras de setos pulcramente recortados.
Gonan siempre vestía como un mecenas de la alta sociedad y esta vez no era diferente.
Su atuendo consistía en un largo abrigo negro adornado con alfileres de oro y botones de latón, sobre una prenda interior de cuello alto.
Un llamativo fajín de un rojo intenso le cruzaba el torso, sujeto con un broche y una cadena de oro.
Su cintura estaba ceñida por anchos cinturones de cuero con intrincadas hebillas.
En comparación, Ragnar parecía un campesino.
—¿Ha despertado nuestro prisionero?
—preguntó Ragnar, ajustándose la vaina de su espada mientras caminaban.
—Lo hizo, hace un rato, de hecho.
Me temo que no pareció disfrutar de estar encadenado —había una extraña inflexión en su voz que de inmediato hizo sospechar a Ragnar.
Gonan iba delante, la grava crujía bajo el peso de sus botas de suela gruesa y, al estar de espaldas, Ragnar no pudo distinguir la expresión del rostro de su amigo.
—¿Le pasó algo al prisionero?
—preguntó Ragnar, alargando el paso.
Gonan no respondió.
El brillo de su sonrisa se había atenuado hasta ser solo una fracción de lo que fue.
—¿Le hiciste algo al muchacho?
—preguntó Ragnar de nuevo.
Esta vez, fue casi una exigencia.
Gonan miró de reojo a Ragnar sin detener su paso.
—Nada que no se tuviera merecido.
La mayoría solo veía la abundancia de riqueza, las telas caras y su cuerpo cubierto de lujos.
Cuando miraban a Gonan, no veían lo mismo que Ragnar.
No veían la violencia y la brutalidad apenas contenidas.
No veían la oscuridad que se gestaba tras las amplias sonrisas, ni las manos manchadas de sangre y el charco rojo que goteaba de ellas.
Llegaron a los escalones de la entrada de la casa y Gonan mantuvo la puerta abierta para ambos.
La residencia estaba a solo una hora a caballo del palacio, demasiado cerca para el gusto de Ragnar.
Era una de las propiedades que Gonan heredó tras la muerte de su abuelo, en la época en que Ragnar estaba destinado en la frontera sur.
En aquel entonces, cuando todavía albergaba la juvenil esperanza de que servir en el ejército real le granjearía el favor del rey y haría que su padre lo viera no como un bastardo, sino como un hijo digno de amor.
Pero su padre nunca llegaría a apreciarlo ni a amarlo; Ragnar no tardó mucho en darse cuenta de ello.
El corazón del rey simplemente no era capaz de albergar tales emociones.
Dentro, Ragnar caminó con Gonan por un laberinto de pasadizos hasta que llegaron a la parte más oculta de la casa, donde la luz de los apliques apenas llegaba.
Una pesada puerta de acero se erigía en el centro, asegurada con varios cerrojos.
Gonan sacó un juego de llaves de su bolsillo y, una a una, empezó a abrirlas todas.
Detrás de la puerta había un espacio escasamente iluminado.
Los ojos de Ragnar tardaron un tiempo en reajustarse a la falta de luz.
Cuando lo hicieron, miró alrededor de la habitación.
Era un espacio pequeño, apenas del tamaño de uno de los trasteros que tenía en su hogar.
La mugre y el polvo se adherían a la pared y el aire tenía un sabor rancio.
Había una diminuta ventana en lo alto de una de las paredes, apenas lo suficientemente ancha como para que cupiera un niño pequeño.
Encadenado al suelo estaba el asesino que se había colado en los Aposentos de Ragnar la noche de la boda.
Su pelo caía como una masa lacia sobre su rostro.
Ni siquiera se inmutó con el sonido de la puerta de la celda al abrirse ni con los dos pares de pasos que se acercaban.
Tenía la espalda pegada a la pared tras de sí, con las piernas dobladas debajo del cuerpo.
Gonan cerró la puerta de un portazo con una fuerza que hizo temblar la habitación.
El asesino se estremeció.
—¡Ahí está!
—rio Gonan—.
Casi pensaba que estabas muerto.
El asesino levantó la cabeza y Ragnar no pudo más que quedarse mirando.
Las palabras se le escaparon ante la visión de los múltiples cortes y los moratones que oscurecían el rostro del muchacho.
Tenía vetas de sangre seca en la mejilla y el labio, y su ojo derecho estaba amoratado y casi cerrado por la hinchazón.
La mirada de Ragnar se posó en Gonan, pues sabía que aquello era obra de su amigo.
Gonan no le sostuvo la mirada.
—Intentó escapar horas después de que te marcharas de la capital.
Consiguió matar a uno de mis guardias antes de que finalmente lo atraparan —Gonan miró a Ragnar—.
Como ya te he dicho, nada que no se tuviera ya merecido.
Deteniéndose a solo unos pasos de distancia, Ragnar se agachó para quedar a la misma altura de los ojos del asesino.
—Tú eres el menor de mis problemas, es con la gente que te envió con quien tengo asuntos —dijo Ragnar mientras apartaba el pelo del rostro del muchacho, revelando más cortes que estaban ocultos.
Ragnar frunció los labios.
No le gustaba lo que estaba viendo, pero no iba a reprender a Gonan, no delante del prisionero.
Tras perder a un guardia, la ira que sentía Gonan estaba justificada.
—¿Cuál es tu nombre?
—preguntó Ragnar.
El muchacho no habló.
—No va a responder —espetó Gonan.
En voz baja, murmuró—: Debería haberle cortado el cuello en el momento en que lo encontramos.
Ragnar decidió cambiar de táctica.
—¿Tienes algún pariente vivo?
—pasó un largo y tenso momento sin respuesta.
El silencio era palpable y Ragnar dudaba que fuera a obtenerla.
El muchacho asintió en el último segundo.
Ragnar se acercó un poco más.
—¿Sabe tu empleador de la existencia de tus parientes?
Otro asentimiento.
Los labios del muchacho empezaron a temblar.
No era desafío lo que impedía confesar al asesino, era el miedo lo que le atenazaba la lengua.
—Dime todo lo que sepas y te prometo que ni a ti ni a tu familia os pasará nada.
Lo juro por el nombre de mi madre.
Pero el muchacho ya estaba negando con la cabeza antes incluso de que Ragnar pudiera terminar.
—¡No!
No, no lo entiendes —las palabras salieron atropelladamente de los labios del asesino—.
E-ellos lo saben.
Saben que he fallado.
Saben dónde estoy.
Van a matarme.
—¿Quiénes son ellos?
—preguntó Gonan desde la entrada, al mismo tiempo que Ragnar decía—: Nadie puede entrar en las celdas sin que se den cuenta.
La mirada en los ojos del muchacho delataba el conflicto de sus emociones.
De repente, se abalanzó de rodillas y se aferró a los brazos de Ragnar, clavando sus uñas sucias en la manga de su camisa.
—Mi hermana.
Se llama Cornelia Biven.
Vive sola en Kezar.
Encuéntrala antes de que ellos lo hagan y mantenla a salvo.
D-dile que la quiero y que lo siento.
Puso una mano sobre los dedos temblorosos del muchacho.
—Te lo prometo.
Ragnar sintió que Gonan se acercaba lentamente.
—El gremio quiere que desaparezcas —toció el muchacho—.
No quieren que asciendas al trono de Marzan.
La ve… —empezó a toser sin cesar.
Un fino hilo de sangre brotó del rabillo de sus ojos.
El cuerpo entero del muchacho temblaba.
—La ve… —intentó de nuevo, pero era como si las mismas palabras se le hubieran atascado en la garganta.
La piel de su rostro se onduló y cambió.
Una sección entera se desprendió por sí sola, pero en lugar de tiras de piel, era una tela fina lo que salía, alargándose a medida que más partes del rostro del asesino se desprendían.
Ragnar retrocedió por la sorpresa.
Parpadeó para asegurarse de que lo que estaba viendo era real.
Ante sus propios ojos, el rostro del muchacho parpadeó y se convirtió en el de otra persona.
Alguien mayor.
Alguien completamente diferente del muchacho que había estado interrogando.
Una vez que la piel del rostro del muchacho se desprendió por completo, la fina tela comenzó a enrollarse alrededor de su garganta, formando una soga apretada.
El muchacho tenía ahora un rostro que Ragnar no reconocía.
«No es un muchacho», pensó para sí.
«Un hombre, probablemente incluso mayor que yo, y se ha estado haciendo pasar por un muchacho todo este tiempo».
Las manos del asesino subieron para agarrarse la garganta mientras la tela se apretaba cada vez más.
La conmoción se desvaneció y la urgencia regresó de golpe, obligando a Ragnar a moverse.
Sacó un pequeño cuchillo de caza de su chaleco y acuchilló la soga, pero la hoja no pudo cortarla.
Ragnar vio cuando la vida abandonó los ojos del hombre.
Sus temblores cesaron y su cabeza se inclinó hacia un lado.
La tela alrededor de su cuello se aflojó, antes de caer por completo al suelo.
Su color era de un intenso tono carmesí.
Ragnar la miró en silencio.
Se negó a tocarla, ni siquiera con la punta de la bota.
Tenía miedo de lo que pasaría si lo hacía.
Nada de lo que había experimentado en su vida podía compararse con lo que acababa de presenciar en aquella celda.
Sus pensamientos se agitaban como un mar embravecido.
Miró al hombre muerto frente a él.
No sabía qué pensar de toda la situación.
Magia.
Una magia lo bastante fuerte como para alterar por completo la apariencia de una persona era algo inaudito.
Pero existía, lo había visto con sus propios ojos, y la gente que poseía tales habilidades quería matarlo.
¿Cómo se lucha contra un oponente que tiene la capacidad de cambiar su apariencia a voluntad?
—Deberíamos enterrar su cuerpo —dijo Gonan.
Estaba tan alterado como Ragnar por la experiencia.
Parecía que estaba a segundos de desplomarse.
Ninguno de los dos se esperaba lo que había sucedido, ni imaginaba que tales cosas fueran posibles.
—Sí —Ragnar soltó un aliento entrecortado—.
Deberíamos.
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