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Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 197

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197: Capítulo 197 197: Capítulo 197 Lo primero que Circe sintió al despertar fue la presencia de alguien más en la cama con ella, el calor de su cuerpo envolviéndola, imposible de ignorar.

Se ceñía a su espalda, su cintura, sus costillas, como si a la propia cama le hubieran crecido brazos durante la noche.

Abrió los ojos a la pálida luz de la mañana que se colaba por el resquicio de las cortinas y bañaba la habitación en un suave resplandor.

El pesado brazo que la rodeaba se sentía más real ahora que estaba completamente despierta y no tanto como un fragmento de su imaginación.

Circe supo que era él sin necesidad de volverse a mirar.

Ahora hasta las sábanas olían a él.

Se giró lentamente entre sus brazos para poder verlo mejor.

La luz dibujaba las líneas afiladas de su rostro, la inclinación de su hombro y la sombra de una barba incipiente a lo largo de su mandíbula.

Él yacía boca arriba, con un brazo bajo la cabeza y el otro ahora curvado posesivamente a su alrededor.

Habría pensado que seguía dormido si no la hubiera atraído al instante hacia él, de modo que su cuerpo quedó a medias sobre el suyo, con la mejilla apretada contra su pecho y una de sus piernas enganchada sobre su muslo, como si hubiera decidido que la distancia entre ellos era sencillamente inaceptable.

Sintió el pecho de él vibrar con un suspiro de satisfacción.

Ahora el corazón le latía más deprisa.

Nunca antes se había despertado junto a un hombre.

Y mucho menos así, piel con piel bajo la misma manta, con el pecho desnudo de él alzándose contra su mejilla y la fina tela de lino de su camisón como única barrera entre ellos.

Debía moverse.

Sabía que tenía que hacerlo.

Pero el tranquilo ritmo de la respiración de él la mantenía inmóvil.

Era suave, como si se hubiera vuelto a dormir ahora que ella estaba completamente pegada a él.

Observó el lento subir y bajar de su pecho, el leve palpitar de una vena en su garganta, y cómo sus oscuras pestañas arrojaban sombras sobre sus mejillas.

Su mente no podía dejar de pensar en lo guapo que era, y dormido se veía igual de tentador, con sus habituales rasgos afilados ahora suavizados, casi tiernos.

Su cuerpo aún vibraba con el recuerdo de lo que habían hecho en su carruaje.

Guapo, fuerte y capaz de llevarla a la cima del placer solo con sus dedos.

Sacudió la cabeza, haciendo lo posible por disipar aquellos pensamientos lascivos.

Últimamente, sus emociones se convertían en un torbellino cada vez que él estaba cerca, dejándola insegura de lo que sentía en realidad.

Él la descolocaba de formas que no podía comprender del todo, y la atracción que sentía por él no hacía más que aumentar su confusión.

Un pequeño sonido se le escapó y él alzó las pestañas.

Sus ojos de un marrón fundido, aún adormilados, encontraron los de ella al instante.

Durante un latido, ninguno de los dos se movió.

Entonces, la comisura de sus labios se curvó con pereza.

—Buenos días —murmuró con voz áspera y ronca por el sueño.

Circe sintió que el calor le inundaba el rostro y descendía a lugares más traicioneros.

—Estás en la cama —susurró, sin saber muy bien qué más decir.

—Ya me di cuenta —respondió él.

Su mano, que había descansado con levedad sobre la parte baja de su espalda, se movió, y sus dedos se abrieron en una caricia lenta y deliberada que hizo que a ella se le entrecortara la respiración—.

Te pasaste a mi lado en algún momento después de la medianoche.

Decidí no oponerme.

—Claro que no —protestó ella con indignación, pero sus palabras carecieron de fuerza.

A pesar de su tono burlón, no percibió engaño alguno en sus palabras y supo que decía la verdad.

—Pues sí, y te veías tan adorable que no me atreví a devolverte a tu sitio.

Jamás habría adivinado que te gusta abrazarte a la gente mientras duermes.

La sonrisa ladina de Ragnar era pícara, del mismo tipo que antes la irritaba.

Ahora, su visión le provocó un vuelco en el estómago, sobre todo con él tan cerca y su cuerpo pegado a su pecho desnudo.

Estaba justo donde él la quería, y el hombre la mantendría allí todo el día si pudiera.

Sus mejillas le ardieron aún más.

Circe hizo el amago de retirarse, desplazando su peso para zafarse, pero el brazo de él se tensó, deslizándose por completo alrededor de su cintura y atrayéndola de nuevo hasta que quedó tumbada a medias sobre él, con los pechos suavemente oprimidos contra su torso y las caderas alineadas de una forma que hizo que su pulso se acelerara.

—Quédate —le dijo él en voz baja al oído, y ella sintió cómo el brazo de él se flexionaba a su alrededor.

Su mano volvió a moverse; la palma se deslizó por la curva de su columna y el pulgar recorrió cada centímetro de piel a través del fino camisón hasta que ella se arqueó sin querer.

La palma de él se movía en círculos lentos y relajantes a lo largo del arco de su espalda, como si estuviera amansando a una criatura salvaje.

Cada pasada disipaba la tensión de sus músculos hasta que quedó relajada contra él, con la mejilla pegada al ritmo constante de su corazón.

Cuando sus dedos le llegaron a la nuca, los hundió en su cabello e inclinó el rostro de ella hacia el suyo antes de besarla.

El beso comenzó con suavidad, apenas un roce de labios.

Entonces, los de ella se separaron con un leve jadeo y él aceptó la invitación; su lengua se deslizó contra la de ella en una lenta y deliberada posesión que la deshizo por dentro.

Más que oírlo, sintió el gruñido que retumbaba en el pecho de él y que vibraba a través de ella en todos los puntos donde se tocaban.

Su otra mano encontró el borde del camisón y se deslizó por debajo hasta su piel desnuda; la palma callosa ascendió por la parte posterior de su muslo, ahuecando, amasando, instándola a subir más la pierna hasta que ella quedó a horcajadas sobre su cadera.

La dura erección de él presionó contra la unión de sus muslos.

Él los hizo girar con un solo movimiento fluido hasta que ella quedó debajo, con el peso del cuerpo de él formando una jaula deliciosa.

Su boca abandonó la de ella para dejar un rastro de fuego por su garganta, rozando levemente con los dientes el frenético latido de su pulso.

La mano que tenía en su cabello se apretó lo justo para hacerla jadear antes de soltarla; la otra, en su muslo, ascendió más, y el pulgar rozó el sensible pliegue de su ingle, haciéndole a su cuerpo cosas que nadie le había hecho jamás.

—Ragnar —exhaló ella, cerrando los ojos con fuerza por un instante.

Él alzó la cabeza; sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros.

—Dime que pare —dijo con voz ronca—, y lo haré.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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