Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 237
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237: Capítulo 237 237: Capítulo 237 Ragnar no respondió al principio, pero en su mente ya sopesaba las posibilidades con el tipo de concentración calculada que reservaba para el campo de batalla y para cuando analizaba estrategias de guerra.
Incluso mientras ella hablaba, él ya había empezado a buscar soluciones, rebuscando en su mente cualquier cosa que pudiera serle de utilidad.
Intentó recordar textos medio olvidados y pasajes oscuros con los que se había topado a lo largo de los años.
Tomos encuadernados en piel y antiguos pergaminos guardados en los rincones polvorientos de las bibliotecas que una vez visitó; cualquier cosa que pudiera arrojar algo de luz sobre la situación de Circe o, como mínimo, indicarles la dirección correcta.
Mentalmente, ya estaba reorganizando sus días, sopesando cuánto tiempo podría dedicar a investigar en su biblioteca personal, a cuántos eruditos podría consultar con discreción y a qué antiguos contactos valdría la pena recurrir.
Si existía la más remota posibilidad de que hubiera algún conocimiento que pudiera ayudar a Circe, él lo encontraría.
Ella acababa de sincerarse con él —había expresado por fin en voz alta las extrañas e inquietantes verdades que había sobrellevado sola durante tanto tiempo—, pero Ragnar ya había asumido esa carga como si siempre hubiera sido suya.
Para él, fue un acto instintivo.
Mientras ella estuviera a su lado, no volvería a enfrentarse a sus problemas sola.
Si había algo a su alcance que pudiera hacer para aligerar las cargas de su vida, por poco que fuera, lo haría sin dudarlo.
Sin embargo, cuanto más se prolongaba su silencio, más crecía la inquietud de Circe.
No había apartado la mirada de él ni un solo instante desde que se lo había contado, atenta a cualquier cambio en su expresión.
Al cabo de un rato, sus pensamientos comenzaron a entrar en una espiral.
¿Había dicho demasiado?
¿Habría sido mejor guardárselo todo para ella?
Le escrutó el rostro con ansiedad, intentando descifrar su expresión, con el corazón martilleándole dolorosamente en el pecho.
¿Acaso le creería?
¿O pensaría que estaba perdiendo el juicio poco a poco y que todo aquello no era más que una enrevesada historia que había urdido en su mente?
No se lo reprocharía si él pensara así.
Ella misma se habría mostrado escéptica si otra persona le hubiera contado lo mismo.
Cada segundo que él permanecía en silencio no hacía más que aumentar su desasosiego, hasta que se volvió casi insoportable.
Era tan intenso que sintió ganas de agarrarlo por los hombros y zarandearlo hasta que le hablara.
—Todo lo que acabas de decir me resulta bastante desconocido —dijo Ragnar al fin, con voz grave y mesurada—.
No creo haber oído hablar nunca de un ser capaz de invocar a otro a través de los sueños.
En lugar de temor, una oleada de alivio recorrió a Circe.
No estaba restándole importancia.
No se burlaba de ella ni la miraba con incredulidad.
Estaba pensando, sopesando de verdad sus palabras, y solo eso bastó para calmar el temblor de su corazón.
Su respuesta tampoco fue una sorpresa.
No esperaba que él tuviera todas las soluciones a sus problemas.
—Pero investigaré más al respecto —añadió él de inmediato, como si presintiera el rumbo que tomarían los pensamientos de ella si no lo hacía—.
Y haré averiguaciones.
Seguro que hay alguien que sabe algo que pueda ayudarnos.
Se movió ligeramente y apretó más el brazo que la rodeaba.
—Y si todas las demás opciones fallan —prosiguió, con un tono que se agudizó, cargado de resolución—, le arrancaremos la verdad directamente a la mujer que te invoca.
Tiene que haber una razón detrás de todo lo que ha hecho.
Cuando descubramos qué quiere de ti, podremos usar esa información como ventaja.
Los engranajes de su mente ya se habían puesto en marcha.
Las piezas que antes parecían inconexas empezaban a encajar, y los vagos contornos de un plan se formaban mientras hablaba.
Aún estaba incompleto, sin pulir, pero era algo.
—Gracias —susurró Circe.
La gratitud brillaba en sus ojos mientras le sonreía, incapaz de evitarlo.
Él no tenía ninguna obligación de hacer nada de aquello; sin embargo, había aceptado su verdad sin oponer resistencia y había hecho suyo el problema sin una sola queja.
Cada vez que él decía «nosotros», el corazón de ella se ablandaba un poco más.
Era su forma sutil de recordarle que ya no estaba sola, que, fuera lo que fuera lo que les aguardaba, lo afrontarían juntos.
El brazo de Ragnar siguió rodeándola mientras yacían uno junto al otro.
Su presencia era firme y reconfortante.
Ella deseó rodearlo también con sus brazos, aferrarse a él en un abrazo sin palabras, pero el agotamiento que pesaba sobre su cuerpo se negó a ceder.
En su lugar, se movió un poco y apoyó la cabeza en el pecho de él, escuchando el ritmo sereno de los latidos de su corazón.
Al hacerlo, su mirada recorrió la habitación y se posó en una caja envuelta que le resultó familiar, apoyada sobre la cómoda.
Se le cortó la respiración.
Era la primera vez que reparaba en ella, y sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
—El regalo de Mina —dijo en voz baja—.
Lo has traído.
Se había olvidado por completo de los libros que Mina le había ofrecido en el baile.
Con el caos del ataque y todo lo que vino después, se le había borrado por completo de la mente.
Sin embargo, ver la caja allí ahora la llenó de una calidez inesperada.
El hecho de que él lo recordara, que se hubiera tomado la molestia de recuperarla para ella, significaba más de lo que podía expresar con palabras.
—No quería que lo perdieras —replicó Ragnar con sencillez.
A falta de poder llevarle la cabeza del hombre que la había apuñalado, esto era lo mínimo que podía hacer.
***
Dos días antes
Las últimas notas de la música se desvanecieron en un suave silencio mientras el baile llegaba a su elegante fin.
Los sirvientes se movían sigilosamente por el gran salón, recogiendo las copas abandonadas con experta eficiencia.
Los invitados se demoraban en pequeños grupos, con las voces bajas y llenas de regocijo mientras hablaban entre sí, reacios a que la noche terminara.
Unos pocos ya estaban completamente ebrios de tanto vino, mientras que los demás solo estaban ligeramente achispados.
Intercambiaban despedidas bajo los candelabros de luz mortecina, cuyo brillo, antes deslumbrante, ahora se había suavizado como las ascuas de un fuego agonizante.
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