Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 267
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Capítulo 267: Capítulo 267
Sus instintos le gritaban que se apartara de lo que fuera que lo estuviera causando. No lo hizo. En su lugar, se quedó quieta y continuó centrándose en ese punto bajo sus costillas mientras la sensación se intensificaba.
La presión se desplegó, extendiéndose por su pecho y extremidades en tenues hilos luminosos. Jadeó suavemente mientras su consciencia se expandía más allá de su cuerpo.
Su consciencia se agudizó aún más. Podía sentir el pulso débil de la zarigüeya, su lánguido latido mientras luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse con vida.
Su alma ardía en silencio como una pequeña llama, fácil de apagar. Pero por mucho que luchara, la muerte era inevitable.
A Circe se le cortó la respiración.
—Siento algo —susurró.
—Descríbelo —dijo la mujer con calma.
—Es la sensación de unas correas que se desabrochan —dijo Circe—. Siento cómo su alma se desprende lentamente del cuerpo. Como si ya no perteneciera a él.
—Ese es el proceso de la muerte —replicó la mujer—. No es simplemente la ausencia de vida, sino también el proceso de un alma liberándose de sus confines.
Circe abrió los ojos. El brillo en sus brazos era ahora visible, finas líneas que le recorrían la piel como si fueran venas. —Si puedo sentirlo —dijo—, entonces puedo detenerlo. ¿O no?
La mujer guardó silencio un momento.
—Inténtalo —dijo al fin.
Circe se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero lo ignoró. Extendió la mano hacia la zarigüeya, con cuidado de no tocarla, centrándose en cambio en esa silenciosa llama interior.
Dejó que el instinto la guiara, pues hasta ahora no le había fallado. Acumuló la presión en su pecho y la empujó hacia fuera.
El pecho de la zarigüeya subía y bajaba ahora con más fuerza.
Los ojos de Circe se agrandaron. —Lo he conseguido.
Por un momento, pareció que lo había logrado, pero al cabo de un rato, el alma se resistió, oponiéndose a su poder.
La sensación fue inmediata y discordante. Su magia respondió a la resistencia al instante. Lo que había sido un suave empujón se convirtió de repente en una oleada violenta, mientras su poder brotaba furiosamente de ella.
La zarigüeya se convulsionó y un débil sonido escapó de su garganta.
—Circe —dijo la mujer bruscamente—. ¡Para!
Circe se quedó helada. El brillo de sus brazos refulgió y luego chisporroteó hasta apagarse.
La zarigüeya volvió a quedarse quieta y la llama de su interior se desvaneció por completo.
Circe retrocedió tambaleándose, con una náusea que crecía rápidamente. Apenas se dio cuenta de que la mujer la sujetaba antes de que sus rodillas golpearan la piedra.
—Yo… —Circe tragó saliva con dificultad—. No sé qué acaba de pasar. Creía que lo estaba haciendo bien.
—Estaba destinado a suceder —dijo la mujer con indiferencia.
Circe apretó con fuerza la tela de su vestido en el puño para anclarse a la realidad mientras los últimos ecos de la magia se desvanecían. El pulso le martilleaba dolorosamente en los oídos.
—Dijiste que podía intentarlo —le acusó.
—Lo dije. ¿De qué otro modo vas a aprender que la muerte es inevitable, incluso para los seres más poderosos que se proclaman inmortales? Por ahora solo puedes ralentizar su llegada, no detenerla permanentemente.
Circe la miró, con la ira y la vergüenza entrelazándose en su interior. —La he matado.
—No —dijo la mujer con firmeza—. Retrasaste lo inevitable e hiciste su tránsito más difícil.
Sus palabras cayeron como una losa.
Circe tomó una bocanada de aire. —¿Entonces cuál era el objetivo? —exigió—. Si no puedo salvarla, ¿para qué me muestras esto?
La mujer se movió para plantarse frente a ella, tan cerca que Circe pudo sentir todo el peso de su presencia.
—Porque tu poder es mucho más complejo de lo que crees, tanto que podrías pasarte una vida entera aprendiendo y aun así no lo entenderías del todo —dijo con voz suave—. Esta lección trata de entender cuándo no interferir.
Circe apretó la mandíbula. —Eso suena a excusa.
—Es una verdad que tu madre nunca aprendió —replicó la mujer en voz baja.
Circe se estremeció antes de poder evitarlo. La mera mención de su madre evocó en ella emociones largo tiempo enterradas.
Su tía se volvió hacia la forma inmóvil de la Zarigüeya. Con un movimiento sutil, rozó con dos dedos una parte de su pelaje que no estaba manchada de sangre. Hubo un breve destello en el aire, tan diferente de la magia de Circe.
—Mira —dijo.
Circe lo sintió de inmediato. La mujer no forzó su magia sobre el animal. En cambio, esta se enroscó alrededor de los últimos rastros persistentes del alma de la zarigüeya que ya se desvanecían. Su magia obró para sacarla del cuerpo con delicadeza y le permitió desenmarañarse por completo.
No hubo resistencia por parte del animal.
—Intentaste atar lo que ya se estaba yendo —le explicó su tía.
Circe tragó saliva. —¿Y tú?
—Yo facilité su tránsito —dijo la mujer—. Eso es todo lo que mi magia permite.
Circe se miró las manos. El tenue brillo había desaparecido.
—Entonces, ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Circe en voz baja.
La mujer la estudió. —Eso es lo que descubriremos a lo largo de muchas lecciones. Entonces su espalda se enderezó y se giró para mirar fijamente el camino que habían tomado para llegar hasta allí.
Circe sintió el tirón de la vigilia.
—Una cosa más —dijo Circe apresuradamente—. Nunca me has dicho tu nombre.
La mirada de la mujer sostuvo la suya y la expresión que cruzó sus ojos le dijo a Circe que la omisión había sido muy intencionada.
—Los nombres son muy preciados para nuestra especie. Ofrecer tu verdadero nombre a alguien es lo mismo que someterte a quedar ligado a esa persona. Dudo que aprecies todo lo que eso conlleva.
Circe sentía que se desvanecía. —¿Entonces cómo debería llamarte?
—Dena.
Eso fue lo último que Circe oyó antes de que la luz se desvaneciera.
Se despertó de golpe, con el corazón desbocado mientras intentaba calmar su respiración. La habitación estaba a oscuras y, por un momento, le costó recordar dónde estaba. Justo cuando su angustia aumentaba, unos brazos fuertes la rodearon, atrayéndola de lleno contra un cuerpo cálido y sólido.
—Shh, estás bien. Estás aquí conmigo —susurró él contra su pelo, mientras su mano se movía lentamente por su espalda en caricias tranquilizadoras.
Inspiró el familiar aroma a sándalo y cuero y empezó a calmarse, reconociéndolo al instante. Poco a poco, su respiración se ralentizó a medida que el pánico remitía.
Él la abrazó un rato más hasta que sus párpados se volvieron pesados y el sueño tiró de ella una vez más. Esta vez, sabía que no sería convocada.
La mantuvo apoyada contra su pecho mientras ella se dejaba llevar, y la firmeza constante de su cuerpo solo la ayudó a relajarse aún más. Justo cuando empezaba a caer de nuevo en la inconsciencia, le oyó murmurar algo en voz baja. Las palabras fueron tan suaves que apenas pudo distinguirlas a través de la neblina del sueño, pero no importaba. En ese momento, se sintió querida.
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