Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 76
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76: Capítulo 76 76: Capítulo 76 Esa noche, Ragnar encontró a Circe escondida en uno de los nichos ocultos cerca de las dependencias de la servidumbre.
Estaba profundamente dormida y apenas se inmutó cuando él se le acercó.
Ni siquiera se crispó cuando se agachó a su lado.
Yacía de costado sobre el frío suelo de piedra, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos ciñéndola con fuerza en un ovillo protector.
El tenue resplandor de los apliques cercanos proyectaba una luz suave sobre su rostro, que suavizaba sus afilados rasgos y le daba un aspecto casi etéreo.
Por un momento, Ragnar se quedó allí, sin más, observándola.
Su expresión era apacible, indefensa.
Era una visión tan inusual que le tocó una fibra muy honda.
Sacudió la cabeza y dejó escapar un quedo suspiro.
—Mujer terca y exasperante —masculló, aunque las comisuras de sus labios lo traicionaron al esbozar una renuente sonrisa.
Incluso acurrucada así en el suelo, parecía más tranquila que cuando estaba despierta, fulminándolo con la mirada.
En vez de despertarla, se sentó en el suelo frente a ella con un gruñido de cansancio, reclinándose contra la fría pared.
Se dijo a sí mismo que solo sería un momento.
Iba a ser una breve pausa para descansar del nuevo infierno al que ella lo había sometido esa noche.
Le había llevado más tiempo de lo habitual encontrarla.
Se le estaba dando cada vez mejor esconderse, lo que le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Intentó mirar a otro lado, a cualquier parte que no fuera la mujer dormida frente a él.
Fijó la mirada en una diminuta grieta que recorría el techo, luego en el parpadeo de la llama del aplique; cualquier lugar que no fuera su rostro o la suave piel que recordaba demasiado bien de la vez que se la había echado al hombro como un saco de harina.
Pero esa noche, sus ojos parecían tener voluntad propia.
Volvían a posarse en ella, atraídos por un hilo invisible, y se demoraban más de lo debido en la curva de su mejilla, la línea de su mandíbula, el delicado vaivén de su pecho.
Dejó escapar un gemido ahogado y reclinó la cabeza contra la pared.
Decididamente, algo no andaba bien en él.
Debería marcharse y volver a sus aposentos, donde su cama estaba caliente y su cabeza no se llenaría de pensamientos que no tenía por qué albergar.
La mansión era segura, estaba fuertemente custodiada, y no había ningún peligro real acechando entre las sombras esa noche.
Circe estaría perfectamente bien si la dejaba allí, durmiendo sin que nadie la molestara.
Y, sin embargo… sus piernas no se movieron.
Su cuerpo se negaba a obedecer la lógica de su mente.
Permaneció clavado en el sitio, lastrado por algo a lo que no podía ponerle nombre.
La idea de dejarla allí, sola y con frío, hizo que algo en su interior se retorciera en señal de protesta.
Las noches eran cada vez más frías, y solo empeorarían a medida que el invierno se acercaba.
Apoyó el dorso de la mano en el suelo de piedra.
Estaba helado, y Circe yacía directamente sobre él, sin una manta ni tan siquiera una capa para resguardarse del frío.
Frunció el ceño.
La tela de la ropa de ella era demasiado fina para ofrecerle verdadero abrigo.
Tal vez ella le arrancaría los ojos si intentaba despertarla, pero eso no le impediría cogerla en brazos y arrojarla sobre su cama, donde no moriría congelada.
Hizo un ademán de moverse, preparándose para hacer exactamente eso.
Pero justo cuando iba a moverse, ella se removió.
Un quejido adolorido se le escapó de los labios.
Fue tan suave que resultó casi inaudible, pero le provocó un sobresalto.
Se quedó helado, con el nombre de ella atascado en la garganta.
Se retorció, inquieta, frunciendo el ceño con angustia, y de pronto, sin previo aviso, se incorporó de un salto.
Se llevó la mano al pecho, como para calmar los latidos de su corazón, y respiraba con jadeos entrecortados.
Tenía los ojos desorbitados y su mirada se movía frenéticamente.
Parecía desorientada.
Ragnar la observó, con la expresión ensombrecida por la preocupación.
No era la primera vez que la veía despertar así, con un aspecto tan alterado y sin aliento, como si acabara de presenciar algo terrible.
Esperó a que la respiración de ella se calmara antes de hablar.
—¿Pesadillas?
Los ojos de ella se clavaron en él, sorprendidos, como si no se hubiera percatado de que estaba allí hasta que le oyó hablar.
—Nunca las tenías cuando estabas conmigo en el palacio —añadió en voz baja al ver que no respondía.
Ella alzó la barbilla a la defensiva, a pesar de que le temblaba la voz.
—No veo en qué puede concernirte eso.
Ragnar se percató del rubor que le subía por el cuello hasta las mejillas.
Ignoró el tono cortante de sus palabras y continuó como si ella no hubiera hablado.
—¿Cuándo empezaron?
Ella desvió la mirada.
Apretó los labios.
Aun cuando apartaba la vista, seguía observándolo por el rabillo del ojo.
El silencio se tensó entre ellos como una cuerda a punto de romperse.
Finalmente, ella habló, pero en lugar de responder a su pregunta, optó por cambiar de tema.
—Tienes un aspecto lamentable —observó—.
Y cansado.
Ragnar parpadeó, sin inmutarse.
—¿Y de quién es la culpa?
—preguntó con sequedad—.
Eres la única que me hace deambular por la mansión sin descanso cada noche.
—Yo nunca te he pedido que hagas nada —espetó ella, lanzándole una mirada mordaz—.
Eres tú el que no me deja en paz.
—¿Creías que bromeaba cuando dije que siempre te encontraría y te arrastraría de vuelta a mi habitación si era necesario?
Francamente, ella había pensado que iba de farol cuando dijo aquellas palabras.
Supuso que era uno de sus muchos intentos por desestabilizarla, por forzar su obediencia mediante la intimidación.
Ahora, mientras lo miraba, sentado tranquilamente frente a ella, con las sombras de la luz de las velas danzando sobre los marcados ángulos de su rostro, comprendió con una certeza cada vez mayor que no iba de farol.
Él nunca lo hacía.
Ahora estaba segura de que se había vuelto total y rematadamente loco.
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