Reclamada por los multimillonarios obsesivos - Capítulo 1
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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 Serena Vale
—Te lo prometo, Rena.
Todo va a salir bien —me aseguró mi mejor amiga, Lila—.
Lo hemos revisado una, dos, tres y hasta cuatro veces.
Todo está perfecto.
—¿Estás segura?
—no pude evitar preguntar.
Era mi gran día.
Llevaba imaginándolo desde siempre.
Si algo saliera mal, no podría disfrutar del resto del día.
—Estoy segura —dijo, tomando mis manos para que dejara de juguetear con ellas—.
Vas a estar bien.
Tu boda será la mejor a la que haya asistido cualquiera de los presentes.
—Gracias, Lila.
Sé que apenas me has aguantado estas últimas semanas.
Lila soltó una risita y se sentó en el sofá.
—Pronto todo valdrá la pena.
Pasado mañana por la noche, serás la esposa de uno de los solteros más cotizados de Nueva York.
Bueno, aunque entonces ya no será un soltero.
Me reí y me senté a su lado en el sofá.
Había oído a mucha gente describir a Douglas como encantador, exitoso y seguro de sí mismo.
Pero para mí, era el hombre que me traía café cuando trabajaba hasta tarde.
Era el hombre que se quedaba dormido leyendo en el sofá, a mi lado.
Era el hombre que me ayudó a buscar un nuevo trabajo, aunque él podía pagar todas las facturas.
Era el hombre que me hizo creer que el amor no era tan complicado.
Revisé el móvil.
Aún no había ningún mensaje suyo.
Seguramente se le había alargado una reunión.
Pero no pasaba nada.
Era su último día de trabajo antes de tenerlo solo para mí durante los próximos días.
La cena de ensayo era mañana.
La boda, al día siguiente, y nos iríamos de luna de miel justo después.
Estaba deseando que llegara.
—¿Todavía en el trabajo?
—preguntó Lila al verme mirar el móvil.
Asentí.
—Ah, el amor.
Tú, planeando una boda, y él, todavía ocupado pensando en hojas de cálculo.
Me reí, fingiendo que no me afectaba ni un poco.
—Al menos uno de los dos tiene cerebro para pagar las facturas.
—Lo dices como si no tuvieras un trabajo esperándote para cuando vuelvas de la luna de miel.
—No puedo depender de él para todo.
—Cierto.
Lila, con su imponente metro setenta y cinco de altura, era una modelo muy conocida.
No había pasarela que no hubiera pisado.
Era muy solicitada y, sin embargo, me había dedicado la mayor parte de su tiempo estas últimas semanas, ayudándome a prepararlo todo para la boda, a pesar de que Douglas había contratado a una organizadora de bodas.
Era un ángel enviado del cielo.
Afirmaba que me ayudaba porque estaba libre, pero yo dudaba que alguien como Lila pudiera estarlo durante tres semanas seguidas.
Lo más seguro es que hubiera tenido que cancelar muchas cosas para poder ayudarme.
La única forma de devolverle el favor era estar ahí para ella también cuando quisiera casarse.
Aunque dudaba que eso fuera a suceder pronto.
Tenía un hombre nuevo cada mes y no se disculpaba por ello.
Cuando Lila se fue, el sol ya se había puesto y, para cuando la puerta principal se abrió de nuevo, era más de medianoche.
Todavía en el salón, me puse de pie automáticamente, con una sonrisa en el rostro.
Estaba a punto de quedarme dormida.
Por suerte, llegó antes de que me venciera el sueño.
Douglas entró, con el traje colgado de un brazo.
Tenía el pelo rubio alborotado, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces.
Sus ojos parecían cansados y se sorprendió al verme.
—¿Aún despierta, cariño?
—No dejo de pensar en nuestro gran día —dije con sinceridad y una amplia sonrisa, tomando su traje mientras él se quitaba los zapatos—.
No podía dormir, así que decidí esperarte.
Me dio un beso rápido y dejó el maletín sobre la encimera.
Observé cómo se aflojaba la corbata y se quitaba los gemelos.
Mientras se arremangaba las mangas de la camisa, le serví un vaso de agua y se lo di.
—¿Estás emocionado?
—¿De casarme contigo?
—sonrió ampliamente—.
Por supuesto que sí.
—Tu madre me llamó antes —le dije mientras hablábamos del plan para el día siguiente—.
Quería confirmar la suite del hotel.
—Le dije que se relajara.
Lo está tratando como si fuera una boda real.
Me reí.
La madre de Douglas lo adoraba.
Era el único varón de cinco hijos.
Por extensión, también me adoraba a mí.
Ella era la segunda persona más feliz con mi boda.
La primera era yo.
—Bueno, eres su único hijo varón.
Deja que disfrute de su momento.
Se acercó y me rodeó con sus brazos.
—El momento eres tú.
—Me apretó los hombros con dulzura y dejó un beso en mi frente—.
Tú eres mi momento.
—Y tú eres mi momento —apoyé la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón contra mi oído.
Después de estar juntos dos años y medio, sus palabras todavía conseguían que sintiera mariposas en el estómago.
Permanecimos en silencio durante un rato, hasta que Douglas finalmente habló.
—Vamos a la cama.
Nos espera un día largo.
Tenía razón.
Los próximos dos días iban a ser más estresantes que las últimas semanas, pero valdría la pena.
Valdría la pena caminar por el pasillo directamente hacia el hombre que amaba y con el que quería pasar el resto de mi vida.
Me dio un beso de buenas noches, murmurando algo sobre reuniones a primera hora y que nos veríamos mañana en la cena, antes de quedarse dormido.
Debió de tener un día muy largo, por lo fácil que cayó rendido, sin ni siquiera molestarse en ducharse o quitarse del todo la ropa del trabajo.
Apagué la luz y me quedé despierta un rato más, con el corazón rebosante de felicidad.
Todo estaba listo.
El vestido.
Las flores.
Los votos.
Estaba deseando que llegara el día siguiente.
Si hubiera sabido que aquello era el comienzo de algo muy nuevo.
Una advertencia habría estado bien, al menos.
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