Reclamada por los multimillonarios obsesivos - Capítulo 28
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28: CAPÍTULO 28 28: CAPÍTULO 28 Nikolai Vetrov
Era muy tarde.
El edificio estaba en silencio.
Todo el mundo se había ido a casa, pero yo seguía detrás de mi escritorio, revisando proyectos y leyendo propuestas.
Había pasado una semana desde que volví al trabajo.
Tuve que trabajar el doble para compensar el tiempo que perdí la semana pasada.
Ya ni siquiera estaba concentrado.
Simplemente no me apetecía irme.
Me encantaba estar en mi oficina.
Era el único lugar tranquilo.
Era el único lugar donde sentía que tenía el control de mi vida.
Me recliné en la silla y me froté la frente con el pulgar, intentando aliviar el dolor de cabeza que se me había estado formando desde la tarde.
Mi teléfono vibró, el que tenía mi número privado, y lo cogí de inmediato.
No me sorprendió ver quién era.
[Rafael: ¿Ya te has ido de la oficina?]
Escribí una respuesta rápidamente porque el hombre se quejaría si tardaba un segundo más en responder.
[Yo: no]
[Rafael: ¿Estás solo?]
[Yo: ¿Qué?
¿Vas a pedirme fotos?]
[Rafael: No tiene gracia] Podía imaginármelo poniendo los ojos en blanco.
[Yo: Estoy solo]
Ya no respondió.
Acababa de dejar el teléfono cuando oí el clic mecánico detrás de la estantería.
Un momento después, se abrió ligeramente y Rafael salió de detrás de ella, empujando la puerta para abrirla más y poder pasar.
Parecía demasiado enérgico para el apretado horario que había tenido hoy.
Se rio entre dientes cuando me vio.
—¿Sigues trabajando?
Lo miré fijamente.
Seguía de pie en la puerta que unía nuestras dos oficinas.
A veces, quedar con Rafael hacía que pareciéramos amantes secretos.
Rodeó mi mesa para ponerse detrás de mí.
—¿En qué estás trabajando?
—preguntó, asomándose para ver el documento que tenía delante.
Lo cerré.
—¿Has venido para esto?
—Menudo puto gruñón —masculló antes de darse la vuelta para sentarse frente a mí—.
Bueno, te traigo noticias.
Quizá te hagan fruncir menos el ceño.
—No estoy frunciendo el ceño.
—Si tú lo dices —se rio entre dientes, colocando ambas piernas sobre mi escritorio.
Mi mandíbula se tensó, pero aparté la mirada.
Siempre se quejaba de mi mal humor, y luego hacía cosas que sabía que me fastidiarían.
Tener un amigo era un fastidio—.
En fin, que está trabajando para nosotros.
—¿Quién?
—Serena.
Hice una pausa, sin estar seguro de haber oído bien.
—¿Qué Serena?
—¿Con qué otra Serena pasaste la última semana?
Me quedé paralizado, porque ¿cuáles eran las putas probabilidades?
Me había dicho a mí mismo que lo de Bahía Liora se había acabado en el momento en que el jet aterrizó.
Se suponía que esa semana no debía seguirnos a casa.
Se suponía que no volvería a verla.
Estaba destinada a ser un recuerdo lejano.
No importaba cuántas veces al día pensara en ella.
Estaba destinada a ser solo un recuerdo.
¿Estaba el destino jugándome una mala pasada?
—Te has quedado sin palabras, ¿eh?
—sonrió Rafael—.
Yo también.
Creí que estaba alucinando cuando entré en la reunión y oí su voz, y entonces se dio la vuelta y era ella de verdad.
Con mucha más ropa de la que llevaba en Bahía Liora, pero la misma mujer, al fin y al cabo.
Me reí entre dientes, negando con la cabeza.
Estaba más que seguro de que le había repetido esas palabras a ella, o al menos algo por el estilo.
—¿Estuvo en tu reunión?
¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Esa es la parte más increíble.
Solo lleva aquí una semana.
Es tan impresionante.
Hace que la desee todavía más.
Golpeé el bolígrafo contra mi escritorio, un hábito que había copiado del hombre que tenía delante.
—¿Todavía la deseas?
—¿Y por qué coño no?
¿Tú no?
—¿Qué ha pasado con tu reputación de tener una mujer nueva cada semana?
—Deberías haberla visto con su ropa formal, Nikolai.
Las reglas, definitivamente, no se aplican a ella.
—Tú nunca sigues tus propias reglas de todos modos —negué con la cabeza.
Rafael odiaba las reglas, pero eso era porque creció teniendo demasiadas que seguir.
Ahora, tenía la costumbre de crear reglas y romperlas él mismo.
Probablemente solo estaba traumatizado, pero no iba a ser yo quien se lo dijera—.
Gracias por informarme, supongo.
Rafael frunció el ceño, bajó las piernas al suelo y se inclinó hacia delante.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres de mí, Rafael?
Se encogió de hombros.
—Nada.
Solo pensé que debías saberlo, ya que no paras de decir que no te interesa.
Apreté los dientes.
—No me interesa.
Enarcó una ceja, con la diversión reflejada en su rostro.
—Claro.
No respondí.
La verdad era que no tenía la libertad de estar interesado.
Lo de Bahía Liora debía terminar en Bahía Liora.
No se suponía que me siguiera de vuelta a mi vida real.
Rafael era libre de coquetear abiertamente con quien quisiera.
Era libre de tirarse a tantas mujeres como quisiera, siempre y cuando no provocara un escándalo para la empresa.
Yo, en cambio, no podía hacer eso.
—Lo que hagas con ella es tu decisión —dije—.
De todas formas, está en tu parte de la empresa.
Rafael se rio por lo bajo, como si no creyera que yo me creía mis propias palabras.
Y no lo hacía.
—La he invitado a cenar el domingo.
—Me alegro por ti.
Ladeó la cabeza.
—¿No vienes?
—Tú eres su jefe.
Tú la has invitado a salir.
¿Por qué debería estar yo allí?
—Claro —dijo arrastrando las palabras—.
La reserva es a las cuatro.
—Estoy ocupado.
—Pues despeja tu agenda.
No hice ningún comentario.
—Bueno, te dejo con tu…
lo que sea con lo que estés ocupado.
Recuerda irte a casa pronto —se levantó de la silla—.
O puedes quedarte en mi casa.
—Buenas noches, Rafael —dije de forma deliberada.
Volvió a la puerta oculta.
—Buenas noches, Nik.
La puerta se cerró tras él con un suave golpe y de nuevo se hizo el silencio.
El silencio que normalmente anhelaba.
El silencio que de repente era demasiado ruidoso.
Me recliné en la silla, echando la cabeza hacia atrás.
Intenté decirme a mí mismo que el hecho de que Serena trabajara aquí no importaba.
Que la semana pasada no significaba nada.
Pero sí que importaba.
Porque nunca me había sentido más vivo que durante la semana pasada.
Sabía, sin lugar a dudas, que estaba jodido.
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