Reclamada por los multimillonarios obsesivos - Capítulo 32
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32: CAPÍTULO 32 32: CAPÍTULO 32 Serena Vale
Apenas pude dormir esa noche.
Pasé la mayor parte del tiempo dando vueltas en la cama, con la cabeza llena de los dos hombres en los que intentaba no pensar.
No paraba de revivir todo lo que pasó en el restaurante.
Sus manos.
Sus bocas.
Sus voces.
La forma en que me miraban era como si quisieran devorarme entera.
No estaba segura de si tomarlo como algo bueno o malo.
No fue algo convencional, pero ¿acaso liarme con mis jefes era tan malo?
En mi defensa, los conocí fuera del trabajo.
Teníamos un trato.
Nos acostamos y luego volvimos a encontrarnos en el trabajo.
Eso no fue culpa mía, ¿o sí?
Solté un quejido.
Estaba buscando una razón para justificar lo mucho que los deseaba.
El hecho de que ni siquiera intentaran contenerse lo hacía todo aún más difícil.
Lila ni siquiera estaba cerca para poder desahogarme con ella sobre la cena.
Cuando volví a casa, ya no estaba.
Se había ido a otra ciudad y se quedaría allí una semana.
Su trabajo era bastante flexible, pero eso también significaba que a veces trabajaba a horas intempestivas.
Me estaba cepillando los dientes cuando mi teléfono vibró con un mensaje de Rebecca.
[Rebecca: El Sr.
Moretti quiere verte esta mañana.
Dice que es urgente.]
Cerré los ojos un instante.
¿Sería porque no había respondido a sus mensajes de anoche?
Y en cuanto a Rebecca, ¿no le preocupaba ni lo más mínimo que el jefe estuviera demasiado interesado en mí?
Sin embargo, ya que ella no sospechaba nada, no podía darle ningún motivo para que lo hiciera.
[Yo: Entendido.]
Me vestí rápidamente.
Justo cuando estaba a punto de salir, decidí mirarme al espejo por última vez.
Abrí los ojos de par en par.
Casi había olvidado el tremendo chupetón que Ralph me había dejado anoche.
Habría sido muy embarazoso ir a trabajar con eso en el cuello.
Peor aún, Ralph se habría burlado de mí hasta el cansancio.
Me puse corrector rápidamente y, como no me pareció suficiente, también un pañuelo.
La gente me lanzaba miradas extrañas cuando llegué al edificio de la oficina.
No los culpaba.
Yo también sentiría curiosidad si viera a alguien con un pañuelo puesto con el calor que hacía.
El viaje en ascensor hasta la última planta fue una tortura.
Aún no estaba lista para verlo después de lo de anoche, pero ese hombre ni siquiera me daba espacio para respirar.
Las puertas se abrieron y lo vi al fondo del pasillo, de pie junto a su puerta, esperándome.
Su equipo de asistentes se me quedó mirando mientras me acercaba a él.
Ya sabía que debían de tener la cabeza llena de preguntas.
No todos los días veían a su jefe esperar personalmente a una empleada fuera de su despacho.
—Buenos días —dijo cuando llegué a su altura, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo.
Cuando volvieron a subir, se posaron en el pañuelo de mi cuello y esbozó una leve sonrisa.
—Buenos días, señor Moretti —intenté mantener un tono profesional—.
¿Hay alguna razón por la que quisiera verme esta mañana?
—Ah, ese fue Nikolai.
—¿Qué?
En lugar de responder, pulsó el botón que abría las puertas de su despacho.
Entré con vacilación.
La oficina era enorme.
Era casi del tamaño de todo el departamento de marketing.
Dudaba que necesitara tanto espacio para algo.
Miré por el despacho y vi a Nik sentado en un sofá en una esquina.
Ralph entró detrás de mí y cerró la puerta con llave a sus espaldas.
Parpadeé, sorprendida.
—¿No se supone que son enemigos?
Ralph se rio entre dientes a mi espalda.
—¿Eso es lo que te preocupa ahora mismo?
Nik se levantó y se me acercó.
—No respondiste a mi mensaje.
¿Acaso había algo que responder?
—Solo me dijiste que guardara tu número.
—¿Lo has guardado?
Me mordí el labio inferior.
Aún no lo había guardado.
Sentía que guardarlo sería como admitir que lo deseaba de una forma poco profesional.
Nik asintió, captando el mensaje.
Miré a ambos hombres.
Ralph tenía razón.
Tenía cosas más importantes de las que preocuparme, como estar a solas con dos hombres que me hacían perder la moral.
—¿Es por eso que me has hecho venir?
—le pregunté.
Si de verdad quería que le respondiera, podría haber enviado un segundo mensaje.
Él dio un paso más, acercándose.
Instintivamente quise retroceder, pero no lo hice.
En vez de eso, ladeé la cabeza para poder mirarlo.
—Quería ver si te arrepentías.
—¿Arrepentirme de qué?
—pregunté, haciéndome la tonta.
—De anoche —dijo, sin reparos en recordármelo—.
Saliste huyendo.
—Yo… —Esta vez no pude evitar dar un paso atrás, pero choqué con Ralph.
Estaba atrapada entre los dos, sin escapatoria—.
No me arrepiento —admití—, pero no sé si quiero que vuelva a ocurrir.
—¿Y si nosotros no hemos acabado contigo?
—preguntó Ralph, sus labios rozando el lóbulo de mi oreja.
Como no respondí, Nik volvió a hablar.
—Solo dinos una cosa, Serena.
No estaba segura de querer saber a qué se refería, pero aun así pregunté: —¿El qué?
—Si no nos hubiéramos detenido anoche, ¿habrías dejado que te tuviéramos?
Solo era una pregunta, pero también un recordatorio de la facilidad con la que me había entregado a ellos la noche anterior.
Si no se hubieran apartado, probablemente nunca habría recuperado el juicio.
Al darme cuenta de ello, sentí que me ardían las mejillas.
—La respuesta es que sí, ¿verdad?
—insistió Nik.
No tenía respuesta para eso, pero por suerte, su teléfono vibró con un mensaje.
Lo miró y apretó la mandíbula—.
Rafael organizará una cita y entonces hablaremos como es debido.
Por la forma en que alargó la palabra «hablar», supe que se refería a mucho más que una simple conversación, pero aun así me sorprendí a mí misma asintiendo.
Nik me dedicó una última mirada antes de alejarse.
Observé cómo movía un cuadro de la pared, pulsaba un botón oculto tras él y la estantería se abría.
Abrí los ojos como platos.
—¿Un pasadizo secreto?
—¿De qué otro modo podríamos mantener nuestra relación en secreto?
—se rio Ralph a mi espalda.
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