Reclamada por su marido y sus mejores amigos - Capítulo 114
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- Capítulo 114 - 114 CAPÍTULO 114 BORDES DE LA PARANOIA
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114: CAPÍTULO 114: BORDES DE LA PARANOIA 114: CAPÍTULO 114: BORDES DE LA PARANOIA «No debería estar aquí», pensó Myla mientras caminaba por el oscuro callejón.
Intentó detenerse y volver por donde había venido, pero parecía que su voluntad era tan débil como sus piernas, porque estas siguieron avanzando, hundiéndola cada vez más en la oscuridad.
Las altas paredes de ladrillo a ambos lados parecían apretarla demasiado, engullendo la pálida franja de cielo sobre su cabeza.
Cuanto más se adentraba, más oscuro se volvía todo, y las sombras se espesaban hasta parecer lo bastante densas como para poder tocarlas.
Entonces oyó unos pasos tras ella, lo que provocó que el pánico se le disparara mientras el miedo le erizaba la piel.
Al principio eran lentos.
Parecían deliberados y acompasados, como si alguien caminara sin prisa porque sabía que no necesitaba acelerar.
A Myla se le entrecortó la respiración y giró la cabeza ligeramente, demasiado asustada para mirar hacia atrás, pero incapaz de reprimir el impulso de aguzar el oído.
De repente, sus pies se detuvieron.
E, inmediatamente, los pasos tras ella también cesaron.
El corazón se le desbocó.
Aterrada, echó a andar de nuevo…, ahora más deprisa.
Su pulso se triplicó y el corazón le aporreaba el pecho mientras los pasos volvían a sonar, igualando su ritmo a la perfección.
—No, no, no —susurró, con la palabra arrancada del pecho.
Y entonces, echó a correr.
Le ardían los pulmones mientras esprintaba, braceando con fuerza, con los zapatos resbalándole ligeramente sobre el terreno irregular.
El callejón se extendía interminable ante ella, y la salida no parecía acercarse nunca, por mucho que corriera.
Las paredes parecían inclinarse hacia dentro, el aire se volvía denso y le oprimía el pecho.
Tras ella, los pasos también se convirtieron en una carrera.
Pronto, el sonido de la persecución lo inundó todo, llenándole los oídos hasta ahogar su propia respiración.
Ahora podía sentirla, esa presencia, tan cerca que el vello de su nuca se erizó.
Corrió con más ganas, mientras el pánico la desgarraba y las lágrimas de miedo le nublaban la visión.
El suelo empezó a temblar.
Al principio fue sutil, una extraña vibración bajo sus pies.
Luego los ladrillos empezaron a temblar, provocando que una lluvia de polvo le cayera de lo alto.
Las paredes se agrietaron con profundos quejidos, como si el propio callejón se estuviera desmoronando.
Myla gritó al tropezar y caer de bruces, amortiguando el golpe con las manos y raspándose la piel dolorosamente contra la piedra.
Antes de que pudiera levantarse, una mano la aferró por el hombro desde atrás.
Ella chilló, retorciéndose e intentando liberarse a patadas, pero el agarre se hizo más fuerte y comenzó a arrastrarla hacia atrás, hacia la negrura absoluta de las paredes que se desmoronaban.
—Mmm…
—graznó una voz, con un sonido parecido al de las hojas secas arrastrándose sobre una tumba.
El grito de Myla se interrumpió bruscamente cuando la tierra por fin se abrió bajo sus pies y se la tragó entera.
—Mía…
—Una voz se abrió paso en el caos—.
¡Nena, despierta!
Se despertó con un respingo, todo su cuerpo se sacudió y el corazón le latía tan deprisa que dolía, mientras sus pulmones inhalaban aire como si hubiera estado demasiado tiempo bajo el agua.
Al abrir los ojos, vio dos rostros cerniéndose sobre ella.
—Eh…, eh —dijo Hayden con una voz suave y tranquilizadora.
Tenía las manos en los hombros de ella, con un agarre suave pero firme—.
Solo somos B y yo.
Estás a salvo.
Beck estaba a su lado; con una mano le acariciaba el pelo mientras con la otra trazaba círculos lentos en su brazo.
Sus ojos estaban ensombrecidos por la preocupación.
Myla dejó escapar un suspiro entrecortado de alivio y se relajó un poco.
Pero el sueño todavía se adhería a su piel, pegajoso y malsano, y el miedo se negaba a abandonarla.
—Solo ha sido una pesadilla —murmuró Hayden, atrayéndola hacia su pecho.
Ella se aferró a él, clavando los dedos en su camisa mientras hundía el rostro en su cuello.
El aroma familiar de él la devolvió a la realidad, y el contacto de Beck la calmó aún más.
Los dos hombres intercambiaron una mirada de preocupación por encima de la cabeza de ella.
Las pesadillas y el miedo eran cada vez más frecuentes.
Y se estaban volviendo tan graves que ya no podía estar sola, ni por un momento.
No podía quedarse sola en una habitación.
Seguía de una estancia a otra a cualquiera de ellos que estuviera cerca.
Siempre esperaba a que alguien la acompañara antes de bañarse o de ir al vestidor para cambiarse de ropa.
Llevaba días sin salir, ni siquiera al jardín, su lugar favorito de la propiedad.
Los hombres se habían adaptado sin que ella se diera cuenta y sin comentárselo.
Habían ajustado sus horarios de trabajo en la oficina para que uno de ellos siempre estuviera con ella en casa.
Como hoy, por ejemplo: Jared había ido a la oficina mientras Beck se quedaba en casa.
Y Hayden también saldría pronto para una reunión.
Beck le acarició el pelo.
—¿Ya estás mejor?
Ella asintió apenas; el pánico residual aún vibraba bajo su piel.
Necesitaba sentir algo…, algo visceral que le quemara del cerebro el recuerdo de aquellos pasos y el miedo a ser cazada.
Necesitaba la seguridad y la reafirmación de los hombres que amaba.
Hayden se sobresaltó, dejando escapar una brusca bocanada de aire cuando la mano de Myla se deslizó de repente bajo las sábanas de seda y luego, de forma posesiva, le agarró y apretó la polla a través de los bóxers.
—Vaya, ¿estás bien?
—preguntó Hayden con voz tensa, mientras la polla se le endurecía porque ella seguía masajeándosela.
—Haz que me olvide —susurró con voz sensual y lujuriosa.
Luego se giró para mirar a Beck, con los ojos suplicantes—.
Por favor…
os necesito.
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