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Reconquistar el Corazón de la Luna Rechazada - Capítulo 120

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120: Capítulo 120 120: Capítulo 120 Liam
Cuando olí el aroma de ese cabrón en Lyra, perdí el control.

La lógica me abandonó y lo único que quería era explotar como una bomba de relojería.

Estaba enfadado.

Furioso.

Y la conversación que siguió lo hizo evidente.

Lo que no esperaba era que todo se diera la vuelta y me saliera el tiro por la culata.

¿Cómo era posible que, si hacía solo unos minutos yo tenía el control y estaba dispuesto a destrozar a Lyra, ahora ese control se me hubiera escapado y fuera ella la que me estuviera destrozando a mí?

Donde antes había estado enfadado, ahora estaba confundido.

Decepcionado.

Me atrevería a decir…

triste.

Aries se removió con inquietud en mi interior.

Prepárate, compañero.

Lo que va a decir…

te hará pedazos de formas que nunca hubieras imaginado.

Intenté armarme de valor.

Me dije que podría soportarlo.

Pero cuanto más la miraba, allí de pie, frágil pero desafiante, temblando mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, supe que iba a destruirme.

—Te diré por qué.

—Verás —empezó con voz suave—, hubo un tiempo en el que podrías haberme hecho esta pregunta y quizá te lo habría contado todo.

Te habría dado una respuesta que te gustaría.

—En aquel entonces, tenía esperanza.

Y esperé.

Cada día.

Esperando que volvieras a mí.

Esperando que me miraras como lo hacías antes.

Con amor.

Con orgullo.

Con ternura.

En aquella época, podrías haberme pedido que hiciera o dijera la cosa más tonta, y lo habría hecho sin dudar.

—Solía revivir los tiempos de antes como si fueran una película.

Cada noche, mientras esperaba, recordaba las noches que pasábamos en vela hablando de un para siempre.

Cómo trazabas constelaciones en mi piel con tus dedos.

Cómo prometiste que nunca estaría sola.

Te esperé, aferrándome a esos recuerdos como a un salvavidas.

Mientras hablaba, le temblaban los labios.

Recordé los días de los que hablaba.

Desde la primera noche que la vi en el despacho de su padre, hasta enamorarme perdidamente de ella, descubrir que era mi compañera y luego pedirle matrimonio.

Todo había sido de color de rosa en aquel entonces.

Nuestra vida había sido perfecta.

—Pero ¿acaso viniste?

—preguntó—.

No, no lo hiciste.

¿Me hiciste esta pregunta…, qué podías hacer para que te viera con buenos ojos?

No, no lo hiciste.

En cambio, era yo la que se preguntaba una y otra vez: «¿Qué hice mal?

¿Dónde se torció todo?

¿Qué nos pasó?».

—De hecho, sí que volviste, pero no como el Liam del que me había enamorado.

No.

Volviste convertido en una sombra de ti mismo, impulsado por la venganza y el odio.

Y eso no fue todo.

No solo cambiaste.

Trajiste la destrucción contigo.

Destrozaste todo lo que amaba, todo lo que apreciaba con todo mi corazón.

Primero, fue la empresa de mi padre, que quebró.

Luego, su repentino accidente.

Después te perdí a ti.

Y perdí a nuestro bebé.

Nuestro bebé…

Se le quebró la voz, la última palabra la destrozó por completo.

Retrocedió tambaleándose, como si decirlo la hubiera golpeado físicamente, y se abrazó a sí misma como si intentara mantener unidos sus pedazos.

—¿Dónde estabas entonces con todas tus preguntas?

En ninguna parte.

En cambio, estabas con ella.

Incluso cuando caí gravemente enferma.

Nunca viniste.

—Pensé que eso era todo.

Pero entonces me secuestraron.

Estaba atrapada en esa isla y aterrorizada.

¿Viniste?

Esperé durante meses.

Tu hijo, Xavier, también esperó.

En un momento dado, me pregunté si quizá no viniste a por el bebé porque no querías venir a por mí.

Así de cruel podías ser.

Y, sinceramente, no me extrañaría de ti.

Eso no es lo que pasó.

Díselo.

Intentamos salvarla.

La buscamos todos los días.

Aries me instó a hablar, pero ¿de qué servía?

El daño ya estaba hecho.

Ahora se reía; una risa amarga y dolorosa que me golpeaba una y otra vez.

—Esperé todo ese tiempo.

Por ti.

Por tus preguntas.

Por este mismo momento.

Pero nunca viniste.

—Y ahora quieres que te vea con buenos ojos.

No porque vaya a ayudarnos, sino porque no hacerlo hiere tu ego —rio de nuevo—.

Nunca te veré con buenos ojos, Liam.

Cuando te miro, lo único que veo es a un hombre amargado y cruel.

Un hombre que me detesta a mí, a mi familia y a todo lo que me importa.

Un hombre al que desearía no haber conocido nunca aquel día en el despacho de su padre.

Un hombre al que…

—Por favor, no lo hagas, Lyra.

No podía quedarme callado más tiempo.

Me estaba destrozando por dentro y no podía soportarlo.

Podía maldecirme, no me importaba.

Pero ese momento…, ese primer día que la vi en el despacho de su padre y me enamoré tan profundamente…, no dejaría que manchara ese recuerdo.

—No digas eso.

Ese día fue el mejor día de mi…

de nuestra vida.

Ella escupió en el suelo, delante de mí.

Sabía exactamente lo que eso significaba y una expresión de dolor cruzó mi rostro.

—Eso no es justo, Lyra.

Que escupas sobre nuestro primer recuerdo.

—Lo que no es justo es que yo siguiera amándote a pesar de todo lo que hiciste.

A pesar de tu odio, a pesar de cómo destruiste mi vida, todavía me aferraba a la esperanza.

Pero ahora…

puedo decir que me he liberado de esa esperanza.

¿Qué?

—También soy libre de decir que ya no te amo.

Soy libre de decir que te odio.

Retrocedí tambaleándome por la fuerza de sus palabras.

Aries también se tambaleó, herido.

—Te odio —repitió, hundiendo más el cuchillo—.

Te odio muchísimo, Liam Montrel.

El dolor me desgarró por dentro.

—¿Tú…

me odias?

—Sí, te odio.

Dioses.

Los ojos me ardían, llenos de lágrimas.

Me odiaba.

La mujer que amaba me odiaba.

Mierda.

—Déjame ir, Liam.

—¿Qué?

—Dame mi libertad.

Deja de intentar controlarme.

Si haces eso…

—sorbió por la nariz—, quizá te vea de otra manera.

Sopesé sus palabras.

Las decía todas en serio.

Y supe que…

si la dejaba ir, sería el fin para mí, para nosotros.

Pero al menos me vería de otra manera.

¿Con qué ojos?

¿Con mejores?

¿O con unos peores todavía?

—¿De verdad quieres eso?

Asintió con la cabeza.

Una vez.

Y eso me dijo que tenía que dejarla marchar.

Si de verdad la amaba como decía, tenía que concederle este único deseo.

Además, intentar controlarla siempre había sido un gesto mezquino por mi parte, uno que le hacía creer que todavía la despreciaba, aunque no fuera cierto.

Así que tenía que dejarla marchar.

—De acuerdo.

Te dejo marchar, Lyra.

Ya no eres mi amante, ni mi asistente.

No eres nada para mí.

Vete.

Sal de esta casa, de mi vida…

y no mires nunca atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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