Reconquistar el Corazón de la Luna Rechazada - Capítulo 152
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152: Capítulo 152 152: Capítulo 152 Lyra
«La lluvia y el mar no se mezclan.
Es un mal presagio».
Eso es lo que solían decir los marineros.
Y en este momento, empezaba a creerles.
Estaba de pie en el borde de la cubierta, con los brazos apretados a mi alrededor, intentando ignorar el pavor helado que me recorría la espalda mientras otro trueno retumbaba en el cielo.
Estaba en el mar.
En el barco de Lewis, que había zarpado hacía unos minutos.
Debería estar feliz.
Por fin me iba, y debería estar pensando en lo que me esperaba en esta nueva isla que él había preparado para Padre y para mí.
Sin embargo, la llovizna y las gotas de lluvia que me golpeaban la cara me hacían pensar y sentir lo contrario.
Me estremecí y me froté los brazos con fuerza.
Miré las aguas oscuras y las olas que azotaban los costados del barco, esperando que el sonido me calmara.
No lo hizo.
—Vas a coger un resfriado ahí plantada.
—La puerta de la cubierta se abrió con un crujido a mi espalda y resonó la voz de Lewis.
Le oí acercarse antes de sentir su presencia—.
Lyra —me puso una mano en el hombro y volví a estremecerme—.
Entra.
En el camarote se está mucho más calentito.
—Solo… necesito un poco de aire fresco.
—El camarote no está cargado, ¿verdad?
—musitó él.
—No lo está.
Pero es demasiado silencioso.
Es… quiero quedarme aquí fuera.
Por favor.
Soltó un suspiro—.
Ly… —El barco se sacudió con fuerza hacia un lado y le interrumpió justo cuando los motores enmudecieron y el movimiento cesó.
Solté un grito ahogado.
—¿Qué demonios ha sido eso?
¿Por qué hemos parado?
Lewis frunció el ceño.
—Probablemente el control rutinario de la guardia costera.
—Forzó una pequeña sonrisa que no hizo nada para calmar mis nervios crispados—.
Paran barcos todo el tiempo para buscar drogas y cosas por el estilo.
Tenemos que cooperar con ellos y nos dejarán ir sin ningún problema.
Justo entonces, las luces nos inundaron.
Vi una lancha que se acercaba a toda velocidad.
Luego otra.
Y otra.
Y otra.
Una voz gritó por un megáfono: «¡Esta embarcación ha sido detenida para una inspección de seguridad!
¡Todos a bordo deben permanecer donde están!».
Me encogí y miré a Lewis, que no parecía sorprendido en lo más mínimo.
Es más, su mirada decía: «¿Ves?
Te lo dije».
Más lanchas patrulleras nos rodearon.
Los focos y las linternas se multiplicaron, y miré a mi alrededor, contándolas.
Ocho lanchas patrulleras en total.
¿No era demasiado?
Mi inquietud se multiplicó por diez.
—Lewis… —susurré—, esto no me da buena espina.
Él enarcó una ceja.
—¿A qué te refieres?
—Está lloviendo.
¿Por qué iban a detener un barco con ocho lanchas patrulleras con este tiempo?
—Es normal, Lyra.
No te preocupes.
Pues yo sí que me iba a preocupar.
—¿Y si…?
—Me mordí el labio y el corazón se me aceleró—.
¿Y si no son guardacostas?
¿Y si se han enterado y esto es solo una trampa?
—¿Ellos?
—Liam.
Los secuestradores.
—En serio, Lyra —siseó Lewis—.
¿Por qué se te ocurre pensar en ellos ahora?
Es un procedimiento habitual.
Revisarán la embarcación y nos pondremos en camino.
—¿Y si hacen algo más que eso?
—Me froté los brazos frenéticamente, mirando a mi alrededor mientras los guardacostas subían a bordo y registraban por todas partes—.
¿Y si en realidad son los secuestradores?
¿O Liam?
Si es él, si está aquí, entonces no lo entiendes, Lewis, no lo entiendes, pero yo sí.
Te hará algo malo.
Lo sé.
Puedo sentirlo.
Yo…
Lewis me agarró por los hombros y me sacudió con fuerza.
—Deja de decir esas cosas.
Deja de pensar en ellos.
En Liam.
O en esos estúpidos secuestradores.
—No puedo dejar de pensar.
—Sí que puedes.
No están aquí.
Céntrate en eso.
Y respira.
—Yo… no puedo…
—Sí, sí puedes.
—Su tono era cortante, casi autoritario—.
Inspira, ahora espira, intenta hacerlo conmigo.
Inspiró lentamente y luego espiró.
—Hazlo.
Lo hice.
Seguí sus instrucciones, con la respiración entrecortada mientras el aire entraba y salía de mis pulmones.
—Eso es —susurró, apartándome un mechón de pelo húmedo de la cara—.
Ya estás a salvo, Lyra.
A salvo aquí conmigo.
Se inclinó hacia mí, con la voz firme como un ancla en la tormenta que se desataba en mi cabeza, firme a través de mis miedos.
—Deja de pensar en Liam y piensa en nosotros.
En la isla que te espera, en las mañanas tranquilas, en el sol sobre tu piel, en una vida en la que no tengas que encogerte a cada sonido.
Me apretó los hombros aún más.
—Se acabó el correr.
Se acabó el miedo.
Nadie que te haga daño.
Nadie que te haga sentir pequeña.
Solo tú, respirando por fin… libremente.
—Hizo una pausa antes de añadir—: Tu padre recibirá los cuidados que necesita.
Leo se asegurará de ello.
Y tú, tú tendrás tiempo para sanar.
Para descansar.
Para volver a sonreír, sonreír de verdad.
Esa paz que has estado persiguiendo toda tu vida… ya está cerca.
Solo aguanta, Lyra.
Aférrate a mí.
Y me aferré.
Sus palabras dibujaron una imagen en mi cabeza y asentí lentamente, mientras mi corazón se aliviaba un poco.
Paz.
Sanación.
Tranquilidad.
Eso era lo que me esperaba en la isla.
No Liam.
Liam nunca.
El portazo de las puertas de la cubierta al abrirse por segunda vez nos sacó de nuestro ensueño isleño, y dos guardacostas irrumpieron, arrastrando con ellos al capitán del barco.
Me puse rígida.
Dejaron caer al capitán al suelo, delante de nosotros.
—¿Qué transportan?
¿Quiénes son estos pasajeros?
—le preguntó un guardia.
—Son… son familia —tartamudeó el capitán—.
Familia enferma.
Nos dirigimos a las islas para
un tratamiento.
Los oficiales intercambiaron una mirada, la duda clara en sus rostros.
—Aun así tenemos que inspeccionar el barco —dijo uno.
Los ojos del capitán se desviaron hacia Lewis, quien asintió con la cabeza.
Al mismo tiempo, Lewis se inclinó hacia mí.
—Finge un síntoma.
Empieza a toser —susurró.
Tosí en mi mano, y él me siguió, agarrándose el pecho y tosiendo con fuerza.
Los oficiales pasaron a nuestro lado, alumbrando con las linternas los camarotes mientras registraban.
Estornudé ruidosamente, tapándome la boca.
Cuando un oficial miró hacia atrás, me incliné sobre la barandilla, con arcadas, y escupí al mar, fingiendo vomitar.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—preguntó el oficial, con un tono suave al hablar.
Asentí débilmente, limpiándome la boca.
—Ha estado pálida toda la noche —intervino Lewis con presteza.
El oficial me observó detenidamente y luego sacó un pequeño paquete de su bolsillo.
—Tome esto, ayuda con las náuseas.
Su piel tiene un aspecto apagado y presenta síntomas claros de mareo.
Tomé el paquete con manos temblorosas.
—Gracias.
La búsqueda continuó, abrieron cajas, empujaron puertas, y cuando no encontraron nada sospechoso, los oficiales finalmente volvieron con el capitán.
—Nada por aquí —mascullaron.
Despidiéndose con un gesto, salieron del barco y volvieron a subir a sus lanchas patrulleras.
Una por una, las ocho lanchas se alejaron y los focos de luz desaparecieron.
Exhalé largamente y caí de rodillas.
—Gracias a la diosa.
Lewis sonrió con suficiencia.
—Te dije que no entraras en pánico.
—¿Cómo no iba a entrar en pánico?
Casi me meo encima.
No te voy a mentir.
Él se rio entre dientes.
—Bueno, el capitán debería reanudar la marcha pronto.
Crisis evitada.
¿No es eso…?
Dejó de hablar bruscamente.
Fruncí el ceño.
—¿Lewis?
No me respondió.
Seguí su mirada hacia el cielo.
Y fue entonces cuando lo vi…, o más bien, lo oí.
El sonido que siguió.
El rugido de un helicóptero retumbando sobre nosotros.
Se me heló el aliento, pero peor aún, mi corazón dejó de latir cuando vi algo más.
La puerta del helicóptero se estaba abriendo, y de pie allí no estaba otro que… Liam.
No.
No.
No.
Esto no estaba pasando.
Pero sí que lo estaba.
Saltó del helicóptero con agilidad, su cuerpo girando en el aire, transformándose en mitad de la caída, el pelaje brotando, las extremidades estirándose y las garras brillando.
En un abrir y cerrar de ojos, Liam ya no era un hombre sino un lobo, descendiendo del cielo y directo hacia nosotros.
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