Reconquistar el Corazón de la Luna Rechazada - Capítulo 62
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
62: Capítulo 62 62: Capítulo 62 Lyra
—No corras —dijo Caine de nuevo, con voz grave pero firme.
La orden pretendía calmarme, pero consiguió lo contrario.
Se me cortó la respiración y el pecho me latía demasiado deprisa.
Quería moverme, escapar, correr, hacer algo, pero mis piernas se quedaron paralizadas.
Cada parte de mí gritaba que actuara, pero una vocecita en mi cabeza me obligaba rígidamente a obedecer la orden de Caine.
Y así lo hice.
Al volverme hacia el oso, con la postura tensa, preparada, oí a Caine maldecir por lo bajo.
—Mierda.
Eso no fue tranquilizador.
—¿Qué?
—Ese no es el oso que pensaba cazar hoy.
—¿Eh?
—Este es más grande, más viejo y más peligroso.
Evitamos este tipo de osos cuando vamos de caza.
Un escalofrío me recorrió la espalda a medida que el significado de sus palabras echaba raíces en mi cabeza.
Estábamos en un gran aprieto.
Mis ojos se dirigieron de nuevo a la criatura y todo lo que Caine había dicho sonaba a verdad.
El oso era enorme, sus hombros anchos y llenos de cicatrices, su pelaje apelmazado con barro seco y vetas de sangre.
Le faltaba un trozo de pelo en una oreja y unas largas y desvaídas marcas de garras le surcaban la cara.
No era un oso cualquiera.
Su cuerpo portaba las marcas de batallas brutales, si es que esas cicatrices significaban algo.
Era peligroso.
Peligroso, y con una respiración que se había vuelto fuerte y furiosa mientras su mirada se clavaba en nosotros.
—Nos… —grazné—.
Nos ha visto.
—Lo sé.
Quédate detrás de mí.
Caine se descolgó la espada que llevaba sujeta a la espalda y cogió el rifle corto que tenía en la cintura.
—¿Qu-qué estás haciendo?
No respondió.
Cargó el arma y disparó.
El disparo restalló como un trueno, resonando por el bosque.
La bala dio en el blanco, directa al ojo del oso.
Gritó de rabia, se irguió sobre sus patas traseras y luego cargó.
Directo hacia mí.
No.
No.
No.
Llamé a Laika, pero fue inútil, mi poder ni siquiera me servía para transformarme.
Intenté moverme, apartarme de un salto, pero mi pie se enganchó en una raíz retorcida.
Caí al suelo con fuerza y el golpe me dejó sin aire en los pulmones.
—No.
No.
No.
Diosa, por fav…
No estaba preparada para morir en un lugar como este.
Pero el oso ya no avanzaba estruendosamente hacia mí.
Una sombra negra se estrelló contra él, deteniéndolo en seco y desviándolo de su trayectoria.
Todo lo que siguió después fue un borrón.
Un gruñido que no pertenecía al oso rasgó el aire.
Ese gruñido era de… Caine.
Él era la sombra negra.
Un grito ahogado de asombro escapó de mis labios.
Se estaba transformando.
La piel le brillaba y se resquebrajaba, su cuerpo se partía con una precisión nauseabunda.
Sus huesos se retorcieron con un crujido, su columna se arqueó y sus extremidades se estiraron y engrosaron.
Un pelaje sano —negro como el cielo nocturno, con vetas plateadas que brillaban sobre sus hombros— le cubrió el cuerpo.
Donde antes había un hombre, ahora había una bestia.
Una enorme y primitiva bestia, un lobo renegado.
Sus zarpas eran más grandes que mi cara, sus garras brillaban con un filo mortal y su lomo era tan alto que me llegaría a las costillas si yo estuviera de pie.
Sus ojos ardían dorados mientras se abalanzaba sobre el oso en el aire, estrellándolo de nuevo contra el tronco del árbol contra el que había chocado.
Juntos cayeron al suelo.
El oso gruñó y levantó su enorme zarpa para atacar.
El lobo de Caine la esquivó y, agachándose, le hincó los dientes en el pecho.
Sus músculos se ondulaban con cada golpe y sus profundos gruñidos guturales vibraban por todo el bosque.
Las dos fieras rodaron por la tierra, un borrón de dientes, pelo, garras y rabia.
El oso intentó asestar otro golpe y lo consiguió, rasgándole el costado a Caine con sus garras.
Soltó un gañido, retrocedió bruscamente y la sangre manó de él.
Pero no se rindió.
Saltando hacia delante, esta vez más salvaje, Caine hundió sus colmillos en la garganta del oso.
Y no lo soltó.
Ni cuando el oso rugió.
Ni cuando se debatió con violencia.
Ni siquiera cuando lo aplastó contra el suelo con todo su peso.
Caine mordió más profundo, gruñendo con las mandíbulas apretadas hasta que, finalmente, con una última sacudida, el oso dejó de moverse.
Su cuerpo se aflojó y se quedó quieto, los ojos se le cerraron lentamente.
Estaba muerto.
Caine había vencido al oso.
—¡Caine!
—corrí hacia el enorme lobo, que ahora se tambaleaba sobre sus patas—.
¡Caine!
—grité de nuevo, pero fue en vano.
Sus patas cedieron y se desplomó en el suelo con un golpe seco.
Caí de rodillas, la piel raspándome con dureza contra la tierra, y acuné al lobo en mis brazos.
Su pelaje estaba empapado en sangre; parte era del oso, pero demasiada era suya.
—Quédate conmigo —dije con voz ahogada, apoyando una mano temblorosa en su hocico—.
Te tengo.
Solo…
aguanta.
Una lágrima rodó por mi mejilla.
—Por favor, Caine…
por favor, aguanta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com