Recuperando a mi Luna secreta - Capítulo 117
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117: Capítulo 117 Sin salida 117: Capítulo 117 Sin salida Punto de vista de Allison
Me enderecé, preparándome ya para irme, cuando Lucian volvió a hablar.
—No hablaba contigo.
La habitación se quedó helada, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa.
Los hombros de Heidi se tensaron; su voz salió en un susurro.
—Lucian…
¿te refieres a mí?
Lucian se irguió en la cama.
—Ella es mi Luna.
Ella es la que se queda.
Le cayó como una bofetada.
No una sonora.
No una caótica.
Sino una limpia y silenciosa, de las que dejan eco.
—He venido a cuidarte —dijo ella, con la voz quebrada—.
Lo que sea que Allison pueda hacer, yo puedo…
—Pero solo ella es Luna Allison Storm.
¡Pum!
Ahí estaba.
Definitivo, innegable.
Como un veredicto.
Heidi parpadeó como si la hubieran golpeado de verdad.
—Mi abuelo llegará pronto —añadió Lucian, quizá sintiendo un raro destello de piedad.
Un salvavidas.
Una salida elegante.
Un último jirón de dignidad que recoger antes de la retirada.
Ella asintió una vez, parpadeando para contener las lágrimas que ahora amenazaban con derramarse de verdad.
—Cuídate —murmuró, y salió.
La puerta se cerró tras ella con un clic, como el final de una mala audición.
—
En la silenciosa habitación del hospital, Lucian me observaba por el rabillo del ojo, estudiando la tensa línea de mi mandíbula, la forma en que miraba al frente como si hubiera construido un muro de silencio.
—¿Por qué no aprendes de su manual?
—masculló.
—Al menos ella sabe cómo actuar.
Tú…, tú solo encajas el golpe en silencio cada vez.
Solté una risa corta y fría.
—Así que te diste cuenta de que era teatro.
Bravo.
Lucian cerró los ojos con un suspiro.
—No sigas —dijo, con voz baja—.
Lo que sea que vayas a decir probablemente merezca una advertencia para sensibles, y yo técnicamente sigo enfermo.
Solo…
tómatelo con más calma por una vez.
—A mí me pareces bastante lúcido —dije, poniéndome de pie—.
Haré que la enfermera de noche venga a verte.
Necesito irme a casa.
—¿Cansada?
—preguntó, aún con los ojos cerrados.
—Tengo que volver con Lily —repliqué, ignorando la pregunta detrás de su pregunta.
—Quiero que te quedes —dijo, y su voz tenía esa suavidad doliente que la hacía sonar como un niño pidiendo una lamparita de noche.
Hice una pausa.
Por un segundo, pensé que podría estar bromeando, pero no.
Aquello era sinceridad en su rostro.
Sinceridad pura, sin filtros e inoportuna.
Lucian extendió la mano y sus dedos rozaron el bajo de mi camisa.
Tiró de él, suave y deliberadamente, como un niño que tira de la manga de su madre en el pasillo de los dulces.
—No te pido que me cuides esta noche.
Solo duerme en la cama de acompañante.
Solo quiero verte…
¿por favor?
No respondí de inmediato.
Sus ojos tenían esa mirada —tierna, casi estúpidamente sincera—, de esas que podrían hacer que hasta una máquina expendedora se sintiera deseada.
Y por una fracción de segundo, solo una, mis defensas flaquearon.
Pero solo por un segundo.
—No.
Lucian exhaló, exasperado.
—¿Es que ya nunca me dices otra cosa que no?
—Acepta el divorcio y te incluiré unos cuantos síes.
Me miró fijamente durante un largo momento, indescifrable.
—Está bien —dijo al fin—.
Quédate esta noche y mañana hablaremos del divorcio.
Últimamente, las promesas de Lucian no venían precisamente con garantía, pero hasta el más leve susurro de esperanza seguía siendo…
bueno, esperanza.
Además, estábamos en un hospital; no era precisamente el lugar ideal para sus habituales artimañas emocionales.
Después de enjuagarme en el estrecho baño, me acomodé en la cama de acompañante frente a la suya.
El colchón era el clásico de hospital: rígido, con forro de plástico y tan acogedor como una auditoría de impuestos.
Nuestro enfrentamiento nocturno comenzó sin siquiera un «¿cómo va tu herida?».
—Te guste o no —dije, con los ojos fijos en las baldosas del techo—, mi abogado ya está redactando los papeles del divorcio.
Lucian se giró hacia mí, apoyando la cabeza en una mano.
Sus ojos brillaban con esa mezcla familiar de malicia y amenaza.
—La mayoría de la gente calienta con una charla trivial antes de soltar bombas —murmuró, con voz baja y rasposa.
—¿Alguna vez te detienes a pensar en mis sentimientos?
No piqué.
—Estoy pensando que un divorcio de mutuo acuerdo mantiene las cosas limpias —dije secamente—.
Sin dramas en los tribunales.
Sin más titulares.
Solo una ruptura limpia.
Su sonrisa se desvaneció gradualmente.
—Quiero saber por qué estás tan empeñada en el divorcio.
La pregunta era tan absurda que casi me reí.
Pero antes de que pudiera responder, él continuó.
—El divorcio es solo una formalidad.
Un trozo de papel.
¿Por qué tratarlo como una cruzada sagrada?
—Ese «trozo de papel» se llama libertad —repliqué, con voz firme y cortante.
—No es solo tinta y firmas.
Soy yo cortando el último hilo que me ata a este circo.
Es el derecho a despertarme sin una correa.
Es poder respirar sin comprobar si te ofende.
La expresión de Lucian se agrió.
—Vaya —dijo secamente—.
¿Así que el divorcio te convierte en un pájaro o algo?
¿Qué, ahora soy tu jaula?
Hice una pausa.
—Si de verdad crees que no significa nada, ¿por qué luchas con tanta saña para evitar que suceda?
Se giró para tumbarse boca arriba con un suspiro frustrado, su lenguaje corporal gritaba «conversación terminada».
Tardó menos de cinco segundos en volverse a girar.
—Estás acelerando esto porque tienes a otro esperando, ¿verdad?
—acusó.
—Algún alfa nuevo y reluciente listo para ocupar mi lugar.
Eso es lo que me está carcomiendo.
—¿Y tú no?
—repliqué, genuinamente curiosa.
—Has tenido a Heidi esperando entre bastidores como una suplente en una telenovela.
Pero sigues sin darle el papel principal.
¿Qué clase de hombre hace eso?
La mandíbula de Lucian se apretó con tanta fuerza que casi crujió.
—Ya lo he dicho antes.
Heidi nunca iba a ser Luna.
Nunca se lo prometí.
Lo examiné de arriba abajo, lenta y prolongadamente.
—Eso solo te hace peor —dije.
—¿Darle largas sin tener nunca la intención de comprometerte?
Eso no es noble, Lucian.
Es cobarde.
No respondió.
Solo se dio la vuelta de nuevo, su espalda formando una barricada literal y emocional.
El mensaje era claro: cerrado a debate.
—Oye —dije, con voz más cortante.
—¿Tienes que desconectarte emocionalmente cada vez que hablamos de algo que importa?
—Depende —masculló—.
Pruébame en la cama y verás cuánto tiempo puedo mantenerme…
activo.
Tengo un sólido récord de aguante de tres días.
Claro.
Ese hombre podía convertir una insinuación en un arma más rápido que un camarero aburrido en una noche de trivial.
—¿Vas a firmar los papeles o no?
—espeté.
—Si no, le haré saber a mi abogado que usaremos la táctica de tierra quemada.
—Para —gimió Lucian.
—Me estoy mareando y tengo náuseas.
—Ni siquiera estás medicado ahora mismo.
¿Qué podría estar mareándote?
—La palabra «divorcio».
Es un detonante físico.
Podría vomitar.
Y si lo hago, ¿adivina quién está en la zona de salpicaduras?
Típico.
El rey del drama con bata de hospital.
Puse los ojos en blanco, me di la vuelta y me subí la fina manta del hospital.
Si el hombre ni siquiera podía decir la palabra que empieza por D sin montar un numerito, estaba claro que no quedaba nada más que discutir esta noche.
Cerré los ojos, dejando que el silencio estéril de la habitación difuminara todo lo demás.
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