Recuperando a mi Luna secreta - Capítulo 119
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119: Capítulo 119: Perro loco 119: Capítulo 119: Perro loco Punto de vista de Allison
El tiempo por fin se había vuelto cálido, atrayendo a la gente fuera de sus casas como polillas a las luces de un porche.
A Lily le había dado últimamente por el arenero del parquecito que había a unas manzanas de nuestro apartamento.
Se pasaba horas allí con su palita de plástico, cavando hoyos y volviéndolos a llenar como si fuera su trabajo a tiempo completo; el tipo de concentración intensa que esperarías de alguien que intenta desactivar una bomba con sus propias manos.
Pura felicidad infantil.
Sin filtros.
Sin plazos.
Solo arena e imaginación.
Después de cenar, me agarró la mano con ese tironcito decidido que no dejaba lugar a debate.
—¡Hora del arenero, Mami!
—declaró, ya a medio camino de la puerta.
El paseo desde los Apartamentos para Personas Mayores Paddington hasta el parque duraba unos diez minutos, lo justo para que Lily me pusiera al día de la última ronda de dramas del arenero.
La entrega de hoy: disputas territoriales y quién tenía el derecho legal sobre la esquina noroeste del arenero.
Me acomodé en uno de los bancos de piedra que daban al parque infantil, con los ojos clavados en la pequeña figura de Lily.
—¿Te importa si me siento aquí?
Levanté la vista y vi a una mujer con leggings y una sudadera con capucha ancha, con una correa en la mano.
Un pequeño Bichon Frise blanco me miró parpadeando como si hubiera interrumpido su crisis existencial.
Señaló el lado vacío del banco.
—Claro —dije, apartándome un poco—.
Banco público, reglas públicas.
Se sentó y enseguida se puso a hablar como si fuéramos viejas amigas retomando una conversación a medias.
—Ah, ese de ahí…
—dijo, señalando con la cabeza a un niño que cavaba junto a Lily—.
Ese es mi hijo.
El adicto al arenero número dos.
Justo entonces, Lily me miró y me dedicó esa sonrisa, la que te golpea como un rayo de sol en el pecho.
Hacía que cada rabieta, cada tos de las tres de la mañana, cada viaje a la compra en solitario con una niña inquieta mereciera la pena.
—Es tu hija, ¿verdad?
—preguntó la mujer—.
Se parece mucho a ti.
Es preciosa.
Creo que os vi a las dos aquí el otro día.
¿De nuevo de turno en el arenero?
—Sí, mi hija insiste en venir todos los días —dije, mientras veía a Lily echar arena con cuidado en su cubo.
—Llegados a este punto, estoy pensando en desviar nuestro correo aquí.
Ella se rio.
—El mío igual.
Los niños y sus obsesiones, ¿verdad?
Una semana son los dinosaurios, la siguiente es la arena.
O la purpurina.
Que Dios nos ayude cuando sea la purpurina.
Siguió parloteando sobre las distintas fases de su hijo y, sin darme cuenta, me encontré acariciando al Bichon Frise que estaba a sus pies.
El perro parecía inusualmente tranquilo; apenas reconoció mi caricia con una breve mirada antes de volver a acomodarse.
—Tu perro se porta muy bien —comenté.
Se le iluminó la cara de orgullo.
—Oh, Cookie es un encanto…
la mayor parte del tiempo.
Entonces su tono cambió, solo un poco.
—El único problema es que pierde los estribos por completo con los olores fuertes.
Perfumes, aceites esenciales…
Es como pulsar un interruptor.
Cuando eso ocurre, no obedece a nadie.
Algo cruzó su rostro, quizá arrepentimiento, como si hubiera hablado de más.
Pero desapareció tan rápido que casi me convencí de que lo había imaginado.
Al otro lado del parque, su hijo empezó de repente a lanzar arena en arcos dramáticos, como si fuera un molino de viento.
—¡Felix!
—espetó con voz cortante—.
¡No tires arena!
¡Podrías darle a alguien en los ojos!
El niño ni siquiera se inmutó.
De hecho, redobló la apuesta, lanzando puñados con la alegría temeraria de un niño que conocía las reglas y al que simplemente no le importaban.
Parte de la arena aterrizó en el pelo de Lily.
Me puse de pie, con los músculos tensos, justo cuando la mujer se acercó con paso decidido, con Cookie trotando a su lado.
Llamé a Lily: —¡Cariño, apártate un poco!
—y me acerqué deprisa.
Lo que ocurrió a continuación se desarrolló en una horrible y entrecortada cámara lenta.
A medida que la mujer se acercaba a su hijo, Cookie se animó de repente: las orejas alerta, la nariz moviéndose como loca.
Entonces, sin previo aviso, se abalanzó.
No hacia Felix.
Hacia Lily.
Con los dientes al descubierto.
Gruñendo.
Un giro de 180 grados con respecto a la bolita de pelo adormilada que era hacía unos segundos.
Se me paró el corazón.
El instinto se activó antes de que pudiera pensar.
Me lancé entre ellos.
Me clavó los dientes en el antebrazo en lugar de en la pierna de Lily.
El dolor me desgarró —brillante, al rojo vivo—, pero todo lo que sentí fue alivio.
Lily estaba ilesa.
Gracias a la Diosa Luna que llevaba mangas largas.
Al menos había algo entre sus dientes y mi piel.
Había desaparecido el cachorro tranquilo y adormilado.
En su lugar: un animal gruñón y desquiciado que se negaba a soltar.
Su dueña gritaba, tiraba de la correa, le pegaba…
Nada funcionaba.
Ahora lloraba, agarrándose al collar, pateando con desesperación, pero Cookie estaba aferrado.
Finalmente, un transeúnte corrió y le arrojó su chaqueta sobre la cabeza al perro, cegándolo y desorientándolo.
Cookie lanzó una última tarascada y luego soltó la presa con un ladrido furioso.
La mujer tiró de la correa con toda su fuerza, sujetándolo como a un potro salvaje.
Tenía la cara blanca como el papel y le temblaban las manos.
—¡Lo siento mucho!
¡Lo siento muchísimo!
—no paraba de repetir una y otra vez.
—Nunca ha mordido a nadie, te lo juro…
no sé qué ha pasado…
por favor, déjame ver…
Me remangué la manga.
La tela se me pegaba un poco al brazo y, al separarla, reveló unas marcas de punción de un rojo brillante sobre la piel pálida.
La visión me golpeó más fuerte que el dolor.
Tan cruda.
Tan repentina.
Tan real.
—Tenemos que llevarte a Urgencias —dijo la mujer, aterrorizada, mientras ya buscaba a tientas su teléfono.
—Vamos, yo te llevo.
Por favor.
Déjame ayudar.
Por suerte, había un hospital cerca.
Lily caminaba en silencio a mi lado, su manita aferrada a la mía, con pasos lentos pero firmes.
Tenía los ojos enrojecidos pero secos: mi pequeña y valiente guerrera, manteniéndose entera con la misma clase de frágil resolución que verías en un soldado después de la batalla.
No fue hasta que el médico empezó a limpiar mi herida y a preparar la vacuna antirrábica que se derrumbó.
Mi corazón se retorció más que los músculos de mi brazo.
—Lily, cariño, Mami está bien —dije con suavidad, intentando que no me temblara la voz.
—El médico dice que solo es una vacuna, nada grave.
La mordedura no es profunda.
No tienes que preocuparte, pequeña.
Mantuvo la cabeza gacha, limpiándose la cara con el dorso de la mano hasta que la piel le brilló por las lágrimas.
—No voy a volver al arenero nunca más —susurró, con una voz tan queda que apenas la oí—.
Nunca jamás.
La atraje hacia mí con el brazo sano, apretando los labios contra su pelo.
—Cariño, ha sido un accidente.
Solo uno.
No dejes que te quite algo que te encanta.
En mi interior, mi loba Jasmine se agitó, todavía en tensión, con los instintos erizados.
«Está a salvo», le recordé en silencio.
«La hemos protegido».
La mujer volvió de recepción, con el rostro pálido, la culpa adherida a ella como una segunda piel.
—Lo siento, de verdad que lo siento mucho —dijo, entregándome un trozo de papel con manos temblorosas—.
Lo he pagado todo…
aquí tienes mi número.
Por favor, llámame si…
si surge cualquier otra cosa.
Su remordimiento parecía real.
Pero eso no impedía que el recuerdo se repitiera, nítido y repentino, cada vez que parpadeaba.
La embestida.
El gruñido.
Los dientes.
Se me puso la piel de gallina mientras mi cerebro repasaba los «y si…».
Si hubiera sido más lenta.
Si el perro hubiera alcanzado la pierna de Lily.
Si la herida se hubiera infectado.
Con su condición, hasta una infección leve podría haberse convertido en algo catastrófico.
No podía soportar terminar esa frase, ni siquiera en mi propia cabeza.
La mujer siguió disculpándose, prometiendo que apuntaría al perro a un adiestramiento conductual de inmediato.
Asentí, demasiado agotada para decir mucho.
Cuando por fin se fue, las lágrimas de Lily se habían secado.
Alcanzó mi brazo vendado, con los labios fruncidos en concentración, y sopló suavemente sobre él.
—Mami, ¿todavía te duele?
—preguntó, con la voz sincera y temblorosa.
Sonreí y la abracé de nuevo.
—Cuando Lily sopla, me siento cien veces mejor.
Como un ventilador mágico hecho solo para Mami.
Eso me valió una pequeña sonrisa torcida en su cara surcada por las lágrimas.
Pero al soltarla, cuando iba a cogerle la mano de nuevo, algo me llamó la atención.
Una mancha más oscura en la pernera de su pantalón, justo encima del tobillo, donde la tela se pegaba, húmeda y fría.
Me agaché y la toqué.
La mancha húmeda empapó mis dedos como si fuera agua.
Pero no era solo agua.
Tenía un extraño olor a producto químico.
En mi interior, a Jasmine se le erizó el pelo.
«Algo no andaba bien».
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