Reencarnado como hijo de Nyx en una novela ¿cómo debo salvar el mundo? - Capítulo 1
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1: 1 1: 1 “Maldito cabrón…” Effiro miró el mando en sus manos antes de elevar la mirada a la pantalla de la televisión, viendo dos grandes palabras de un rojo brillante.
Game Over.
Miró la pantalla, y aquellas grandes palabras le devolvieron la mirada, como una cruel broma del destino.
“Parece que yo soy el ganador.
Eso significa que me invitarás a comer, ¿verdad?” Abraham le miró con una sonrisa en su rostro, claramente disfrutando de la sensación de victoria.
Habían hecho una apuesta, y ahora que Effiro la había perdido, debía cumplir su palabra e invitar a su amigo a comer.
“Ugh, supongo que sí” se llevó la mano a la nariz y la pellizcó en un gesto de frustración, pero no intentó negarse.
Se levantó del sofá con aire deprimido, poniéndose una chaqueta y una cartera antes de mirar a su amigo.
“¿Vienes o qué?
Vamos a conseguir ahora algo de comida” “¿No puedes pedir la comida por el teléfono, como una persona normal?” “Si hay que comprar comida, entonces prefiero ir al restaurante que hay aquí cerca.
Créeme, es un sitio espectacular para comer” “Está bien.
De todos modos, no soy yo quien tiene que pagar por ello, así que supongo que no hace daño aceptar.
Adelante, lidera el camino, mi fiel sirviente” Effiro gruñó de molestia, pero no hizo ningún comentario.
Sabía que, de haber estado en el otro extremo, ambos se habrían comportado igual que el otro.
Ambos salieron a la calle: era un típico día de invierno, con nubes grises que cubrían el cielo como una manta de algodón mojado, ocultando el brillante sol.
Inmediatamente fueron recibidos por una ráfaga de frío viento del norte, el cual les mordió con fuerza aún con la cálida protección que las chaquetas les ofrecían.
La piel se les puso de gallina, pero no retrocedieron a la seguridad del hogar.
En su lugar, avanzaron por la calle en dirección al restaurante, tomando bocanadas de aire congelado que no hicieron mucho para aliviar sus cuerpos y mentes.
Y entonces sucedió.
Un aullido resonó en las paredes de hormigón y concreto, un sonido tan inhumano y antinatural que un escalofrío recorrió sus columnas vertebrales solo con escucharlo.
El sonido parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez, como si la realidad misma fuera incapaz de decidir cúal era su procedencia.
Unos momentos después, el espacio se onduló a varios metros de distancia, abriéndose como una horrible herida, un presagio de muerte y calamidad.
Una extremidad peluda, cubierta de vello tan negro como el vacío y terminada en cinco garras surgió de la grieta espacial, seguida de otra, y pronto el cuerpo del ser al que pertenecía quedó al descubierto.
Era una criatura de gran tamaño, midiendo varios metros de largo.
Su hocico alargado contenía unos colmillos extremadamente afilados, los cuales brillaban de manera amenazadora bajo la luz ambiental.
Gruñó en su dirección, y el sonido fue tan aterrador que sus mentes se vieron inundadas por el mayor terror que sintieron en su vida.
Por encima de sus cabezas, el cielo sufrió un cambio.
Las nubes grises se deshicieron en volutas de vapor, dejando al descubierto una extensión de cielo de color rojo carmesí.
El sol, que antaño brillaba orgulloso con una luz dorada, ahora estaba rodeado por una serie de zarcillos oscuros que se asemejaban inquietantemente a las mandíbulas de un lobo.
Los alrededores se llenaron de gritos; ellos no eran los únicos que veían los cambios en el mundo.
Aquello era real, muy real.
Y eso solo lo hacía peor.
Effiro deseó que aquello fuera una pesadilla, pero sabía que estaba despierto.
La criatura le miró con unos ojos amarillo brillante, con una mirada depredadora en el rostro.
Tenía hambre, y ellos dos eran su próxima comida.
No necesitaron palabras; sus cuerpos de movieron por puro instinto, dándose la vuelta antes de huir con toda la velocidad que sus piernas les podía ofrecer.
Pero no fue suficiente.
Escuchó a la criatura, de apariencia lupina, corriendo detrás de ellos, persiguiéndoles con una alegría sádica propia de un depredador cazando a su presa.
La velocidad de ambos no podía compararse: en cuestión de segundos, el cuerpo de Effiro cayó al suelo, derribado por un fuerte golpe en su espalda.
Se dio la vuelta, encontrándose cara a cara con las mandíbulas de aquella bestia salida de las profundidades del averno.
El olor era horrible: una mezcla de almizcle, sangre, muerte y putrefacción que hizo que su cabeza le diera vueltas y sintiera su bilis subir por su garganta.
Pero no tuvo oportunidad de vomitar el contenido en su estómago.
La boca de la criatura se cerró sobre su cabeza, aplastándola en un lío de sangre, hueso y materia gris, como una sandía aplastada por los colmillos de un hipopótamo.
Lo único bueno de su muerte es que fue lo suficientemente rápida como para ahorrarle el sufrimiento.
…
Effiro abrió los ojos, temblando visiblemente.
¿Qué demonios había pasado?
Recordaba claramente lo que había ocurrido: como perdió la apuesta, el desgarro del espacio, la aparición de aquella extraña criatura, los cambios en el cielo y, final y horrendamente, su propia muerte.
Pero allí estaba, sano y salvo, tumbado en una cama que se le hacía demasiado dura e incómoda para su espalda.
¿Fue todo una simple pesadilla?
Pero, cuando finalmente se enfocó en su entorno, se dio cuenta de que se encontraba en un lugar desconocido.
Aquella no era su casa, ni ningún lugar en el que él hubiera estado antes.
Se miró las manos, y se dio cuenta de que su piel era mucho más pálida de lo que solía ser.
Se levantó y fue rápidamente a la habitación que identificó como el baño, mirándose en el espejo.
Cabello largo de color negro ébano, ojos morado oscuro y un rostro que resultaba bastante delicado y hermoso.
Por mucho que le doliese admitirlo, ese no era su cuerpo.
Volvió a “su” cama, sentándose mientras pensaba en lo que eso significaba.
Reencarnación.
Había reencarnado en otro cuerpo, uno mucho más atractivo que su antiguo yo.
En su vida pasada, habría dado lo que fuera a cualquier deidad con tal de verse de esa manera.
Pero ahora había conseguido esa hermosa apariencia a cambio de algo por lo que sentía un gran apego: su propia vida.
Esta era su segunda oportunidad.
Pero, ¿quién era?
¿En qué clase de mundo había reencarnado?
Buscó con la mirada cualquier cosa que le pudiera dar una pista, y finalmente lo encontró: un sobre de color blanco puro, sellado con lacre rojo.
El dueño anterior del cuerpo lo había recogido, pero no lo abrió.
Quitó el lacre con cuidado, extrayendo una carta de su interior.
Miró quién la había enviado.
Joan Myller, directora de la Academia de Semidioses.
¿Joan Myller?
¿Academia de Semidioses?
Él conocía ambos nombres.
¿Acaso no los había leído antes?
Sí, lo había hecho.
Lo había leído en una de las novelas que leía en su antiguo mundo.
Por desgracia, no fue capaz de terminarla.
El autor no había terminado de escribirla.
Y ahora no podría terminar de leerla.
Leyó todo el contenido de la carta.
Estimado señor Effiro Shade, me complace anunciarle que usted ha sido seleccionado para unirse a la Academia de Semidioses.
Esperamos ansiosamente su participación en la prueba de ingreso que se celebrará el próximo miércoles a las 15:30.
Atentamente, Joan Myller, directora de la Academia de Semidioses.
Junto a la carta había un carnet que le identificaba como un semidios de la academia.
Había sido aceptado en la Academia de Semidioses.
Eso, en la novela, sólo significaba una cosa: él era un semidios.
Sin embargo, ¿quién demonios era su padre o madre divinos?
De hecho, ¿acaso tenía familia?
Mirando el lado bueno, al menos ahora sabía cuál era su identidad.
Aunque no recordaba a ningún personaje con ese nombre en la novela.
Y en ese momento…
Ding, anfitrión detectado.
Descargando sistema…
Bueno, aquí tenemos mi nueva historia.
Me he basado en la historia “Muerte de extra: soy el hijo de Hades” No va a ser exactamente igual, por si os lo preguntáis.
Tomará un rumbo distinto, pero de momento debo de seguir cierto orden.
Bueno, eso es todo.
Hasta el próximo capitulo.
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