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Reencarnado como hijo de Nyx en una novela ¿cómo debo salvar el mundo? - Capítulo 18

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18: 18 18: 18 Effiro y Lavinia salieron de la cafetería, en dirección a la primera misión.

Debido a la división de misiones, decidieron que ambos grupos realizarían primero las misiones de nivel 1, luego las de nivel 2 y dejarían la última y más difícil para completarla todos juntos.

Por lo tanto, comenzarían con las misiones más fáciles que habían aceptado.

La misión que les había tocado a ellos no era muy complicada; sólo necesitaban ayudar en la recolección de oricalco, un mineral especial.

Era considerado normalmente como uno de los minerales divinos, y eso lo hacía de especial interés para la creación de armas para semidioses.

A diferencia de lo que se creía en el mundo de Effiro, en donde se pensaba que el oricalco podía ser una aleación de cobre y zinc, en este mundo era un metal que se podía encontrar de manera natural bajo tierra.

¿Para qué podían necesitar su ayuda?

Según la información proporcionada junto al informe, un grupo de duendes traviesos se habían hecho con las minas, impidiendo el trabajo de los mineros.

Misión: problema de duendes en la mina de oricalco.

Nivel de la misión: nivel 1 Información: un grupo de traviesos duendes se han instalado en una mina de oricalco cercana y están causando problemas a los trabajadores.

Se requiere ayuda para deshacerse de ellos.

Recompensa: una mena de oricalco, 20 créditos.

Estos duendes no eran como los goblins de las novelas de fantasía, que mataban humanos sin dudar y utilizaban a las mujeres de otras razas como incubadoras para dar a luz a sus hijos.

Estos duendes simplemente eran juguetones, pero llegaban a ser bastante molestos y podían dificultar el trabajo.

Como era de esperarse, los semidioses poderosos estaban demasiado ocupados con misiones de mayor dificultad, dejando esta clase de trabajos a los más nuevos y débiles.

Effiro no podía culparles.

¿Quién se dedicaría a resolver esta clase de problemas menores cuando hay asuntos que requieren su atención?

Solo podía agradecer al mundo por la existencia de una misión tan fácil e irrelevante a los ojos de la mayoría de personas.

Eso les ponía las cosas mucho más fáciles.

No sólo tenían un trabajo relativamente sencillo, sino que además recibirían una buena recompensa.

El oricalco podía venderse por una gran cantidad de dinero, y cualquiera que supiera trabajar con ese metal podía hacer armas de alta calidad, bastante valiosas para aquellos semidioses que no contaban con un arma de herencia divina.

Los créditos, por el contrario, eran un sistema monetario utilizado por la Academia de Semidioses.

Con ellos se podían comprar elementos que no estaban disponibles de manera gratuita, como ciertas comidas de origen especial, técnicas o armas.

Para Effiro, la mayoría de elementos que podía comprar no eran importantes, pero había algo que sí lo era: las pociones.

Sabía que serían necesarias más adelante, y necesitaría particularmente dos tipos distintos: las de curación y las de energía divina.

Hasta que su habilidad de Hierbas encantadas no alcanzase el nivel suficiente, no podría crear esa clase de pociones por su cuenta.

Ya lo había probado; sólo podía hacer crecer hierbas con efectos alucinógenos, algo que no le decepcionó tanto.

Tenía bastante utilidad en combate.

Tras una caminata de más de media hora, finalmente llegaron a la entrada de la mina, donde ya les estaba esperando un hombre vestido de minero.

“¿Son ustedes quienes aceptaron la misión que emitimos?” Su voz era rasposa, probablemente por la inhalación de polvo.

“Sí, somos nosotros” “Gracias a los dioses.

Esos malditos duendes se han adueñado de nuestra mina y no nos dejan trabajar en paz” “No se preocupe, nosotros nos encargaremos de ese problema” Dejaron al hombre, entrando en el interior de la mina.

El interior era oscuro, apenas iluminado por una serie de linternas de cristal ubicadas a intervalos regulares en las paredes.

Una estructura de vigas de madera hacían las veces de soportes para evitar que el túnel se derrumbase, y polvo gris flotaba en el aire como una niebla permanente y omnipresente.

“Entonces, ¿cómo vamos a superar esta misión?” Lavinia preguntó, rompiendo el silencio a su alrededor.

“No podemos matar a los duendes.

Sería un derramamiento de sangre cruel e innecesario.

Incluso si son molestos e impiden a los mineros continuar con su trabajo, nunca han matado a nadie” Eran criaturas juguetonas, pero no eran inherentemente malvadas.

No merecían ser asesinados a sangre fría.

“Eso no responde a mi pregunta” “Lo sé.

Pero ya tengo un plan, así que no hace falta que te preocupes por eso.

Tú solo concéntrate en el entorno y mantén tus sentidos enfocados” En ese momento, detuvo su paso.

Antes de que Lavinia pudiera preguntar la razón, una pesada piedra cayó en la posición en la que iba a estar Effiro si hubiera continuado moviéndose.

“Parece que ya hemos dado con esos pequeños granujas.

Y pensar que se mostrarían tan rápido” se encogió se hombros, como si lo que acababa de pasar fuera algo normal, y fijó su mirada en las pequeñas figuras que se escabuyían por las vigas del techo.

Dones proféticos tiene su utilidad, después de todo.

Ambos siguieron desde el suelo a los duendes, hasta que finalmente llegaron a la que se había convertido en su guarida: un pequeño agujero en una de las paredes, que conectaba con una sala más amplia al otro lado.

“¿Cómo se supone que les vamos a obligar a salir?

Es imposible que entremos ahí, y les asustaremos si destruimos la pared” “Te dije que lo tenía todo planeado, ¿verdad?

Pues esto también está planeado.

Déjamelo a mí” Polvo de estrellas se arremolinó alrededor de Effiro, hasta convertirse en una mano lo suficientemente pequeña como para entrar por el agujero.

Puede que el tamaño máximo de sus construcciones sea de quince metros, pero eso deja mucho márgen en lo que refiere a tamaños por debajo de esa cota.

La mano de polvo de estrellas se introdujo en el interior del agujero, buscando cualquier forma de vida.

Pudieron escuchar chillidos de sorpresa y miedo provenientes del otro lado, mientras las pequeñas criaturas corrían sin rumbo fijo, entrometiéndose en el camino del resto.

Uno a uno fueron sacados de su guarida, asegurados mediante cadenas de polvo estelar que, pese a su fragilidad, les resultaban indestructibles.

Pronto, todos habían sido colocados unos al lado de otros en una línea recta, con sus movimientos completamente restringidos e incapaces de escapar.

Casi parecían prisioneros de guerra y, en cierto modo, eso es lo que eran.

Viéndolos luchando por zafarse de sus ataduras, Effiro se sintió un poco mal.

Sin embargo, tenía una misión que cumplir, y no iban a sufrir daño por permanecer en ese estado por un poco más de tiempo.

Se puso de cuclillas, bajando el rostro al mismo nivel que las caras de los duendes antes de hablar.

“Hagamos un trato, ¿vale?” Los duendes dejaron de moverse, esperando expectantes a sus próximas palabras.

Si podían negociar su libertad, entonces valía la pena escuchar lo que tenía que decir aquel semidios.

“Os doy estas hierbas que tengo aquí y, a cambio, abandonaréis esta mina y os buscaréis otro sitio en el cual habitar” Effiro metió la mano en el interior de la capa que cubría su cuerpo, sacando un manojo de hierbas de tonos verde oscuro.

Las pequeñas criaturas miraron el manojo de hierbas con curiosidad, y él las acercó a sus rostros para que pudieran inspeccionarlas por sí mismos.

Uno de ellos, el más cercano, le dio un pequeño mordisco a una de las hojas.

Poco a poco, su mirada se nublo y una sonrisa boba apareció en su rostro.

Cuando todos hubieron tenido una muestra de aquellas plantas, Effiro les volvió a preguntar.

“Entonces, ¿tenemos un trato o no?” Todos asintieron al unísono.

Lo veían como algo aceptable.

Les llevaron hasta la superficie, y una vez allí, les soltaron.

Effiro puso las hierbas en las manos de uno de los duendes, y ambos vieron cómo se iban a la carrera, tropezando con la nada y riendo.

“¿Qué demonios les has dado para que estén así?” Lavinia se giró para mirarle, preguntando directamente a Effiro.

“Nada de importancia, solo unas cuantas plantas con efectos alucinógenos” se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

“¿Les has drogado?” “Técnicamente, sí.

Se les veía muy felices, ¿no crees?

Seguramente se levantarán mañana completamente desorientados” “Me parece increíble.

De todas las cosas, nunca pensé que completarías esta misión drogando a unos duendes” “Bueno, al menos he resuelto el problema de manera pacífica.

Es mucho mejor esto que echarles a patadas, sólo para que vuelvan más tarde” “Supongo que tienes razón.

¿Los otros habrán terminado su misión?” “Tal vez.

Después de todo, dudo que sea muy complicado para ellos encargarse de un problema de infestación de remoras.

Lo mejor será que nos pongamos en marcha para completar la próxima misión” Effiro comenzó a avanzar a su próximo destino, con Lavinia siguiéndole desde atrás.

Nota: las remoras son un tipo de pez que existe en la vida real, y es también el nombre de un pez de la mitología griega, del cual se decía que podía detener por completo el movimiento de los barcos al adherirse a estos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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