Reencarnado como hijo de Nyx en una novela ¿cómo debo salvar el mundo? - Capítulo 23
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23: 23 23: 23 Alexandro y Jeanne se sentían profundamente asqueados por las horrendas criaturas que les atacaban en manada.
Bueno, Jeanne era la que se sentía asqueada.
A Alexandro no le importaba matar a aquellos seres.
De hecho, le resultaba entretenido.
Eran criaturas extrañas, y eso les hacía más interesantes de matar.
Cada vez que un arma impactaba en sus cuerpos, la blanda y gelatinosa carne era penetrada con facilidad, dejando salir chorros de sangre de tonos grises, azules o verdosos.
Y los gritos de dolor también eran interesantes.
Eran mucho más parecidos a rugidos guturales, transmitiendo una ira primigenia de la cual no podían hacer alarde.
Eran monstruos aterradores, bestias asquerosas e inmundas que podían inducir pesadillas sólo con sus espantosas apariencias.
Sin embargo, sus cuerpos no eran tan fuertes como cabría esperar, y ambos semidioses fueron capaces de encargarse de las hordas aparentemente interminables que iban a por ellos.
Alexandro luchaba como un berserker enfurecido, empuñando en su mano izquierda una lanza y en su mano derecha una espada.
Con cada movimiento de sus brazos, la carne era atravesada y los huesos (en caso de que los hubiera) eran aplastastados y cortados.
A su paso dejaba un rastro de cadáveres destrozados y ensangrentados, como un huracán salvaje que atravesaba el campo de batalla.
Por su lado, Jeanne atacaba a los enemigos desde la retaguardia, asegurándose de que ninguno se acercaba demasiado desde un punto ciego.
Su mera presencia parecía evocar una sensación de incomodidad en los monstruos, quienes parecían perturbados por su presencia y trataban activamente de evitar acercarse a ella, posiblemente debido a su legado de Apolo.
Sus flechas eran disparadas con una maestría que denotaba una gran experiencia, alcanzando a criaturas que se hallaban incluso a cincuenta metros de distancia, las cuales eran atravesadas tan fácilmente como mantequilla cortada por un cuchillo al rojo vivo.
Cuando no habían monstruos peligrosos de los que Alexandro no se podía encargar, abandonaba su arco para invocar una lira dorada.
Cuando tocaba la lira dorada, una hermosa y dulce melodía recorría la desolada tierra, ralentizando el proceso de transmisión de información de las sinapsis, lo que daba como resultado una disminución en la velocidad de los monstruos.
En contraste, Alexandro veía su velocidad de movimiento y de reacción multiplicada, lo que le permitía acabar con más monstruos en menos tiempo.
¿Y si alguna de esas espeluznantes criaturas lograba llegar hasta ella?
Bueno, eso tampoco suponía un problema.
Cada vez que una bestia se acercaba demasiado a ella, un par de dagas hechas de luz sólida se materializaban en sus manos.
Con una fuerza y una destreza sobrenaturales, atravesaba los puntos vitales de sus víctimas en cuestión de segundos, terminando con el combate tan rápido como comenzaba.
Al igual que Effiro se veía fortalecido en la noche, Jeanne se beneficiaba enormemente al estar expuesta al sol.
Y, en medio de la monotonía en la que se había aquella masacre, finalmente ocurrió algo nuevo.
Se presentó como un mal presentimiento, y luego surgió con un aura tan fría que la temperatura descendió varios grados.
Los monstruos redujeron el ritmo, antes de detenerse y finalmente retroceder y huir, dejando el campo de batalla libre para el combate que allí iba a suceder.
Sin importar cuál fuese el resultado, ellos solo serían carne de cañón para ser sacrificados sin éxito.
La forma del recién llegado era innegablemente humano, pero cualquiera podía notar que no lo era.
Cabello largo y negro como la noche, una túnica de colores chillones que llamaba la atención y un par de ojos de un profundo tono carmesí.
Hacía mucho tiempo que había abandonado su humanidad, abrazando el nuevo poder que se le había ofrecido.
“Un humano corrupto, ¿eh?
Parece que hoy es nuestro día de suerte, ha decidido presentarse ante nosotros” Alexandro levantó su lanza en alto, abandonando la espada para poder sostener su otra arma firmemente con ambas manos.
Jeanne también sujetó con fuerza su arco, con una flecha ya engarzada y lista para impactar en su enemigo.
“¿Vosotros sois los dos mortales a los que debo matar?
Vaya, no parecéis la gran cosa.
Espero que no os importe lo que voy a hacer a continuación” el humano corrupto tenía un rostro inexpresivo, con sus dos manos extendidas y emitiendo una extraña energía helada.
Había perdido todo rastro de emoción hacía mucho tiempo, un pequeño precio a pagar a cambio de poder trascender sus límites.
“No me gusta este tipo” Jeanne murmuró, tensando la cuerda del arco al máximo.
“Tú tampoco me gustas, chica.
Irradias un aura luminosa…
me resulta nauseabundo” el humano corrupto levantó su mano, apuntando a ambos.
Al instante, la energía del frío se condensó en una serie de estacas de hielo, que salieron disparadas contra los dos semidioses.
Alexandro se puso frente a Jeanne, haciendo girar la lanza para interceptar todos los proyectiles.
Una vez que el ataque se detuvo, bajó su lanza y la observó con detenimiento.
Allí donde el hielo entró en contacto con su arma, una capa de escarcha se había formado.
Esa era una habilidad peligrosa.
“¿Sorprendido?
Tengo algunos trucos más bajo la manga, así que…” el humano balanceó su brazo en un movimiento casi teatral, y una oleada de hielo se abalanzó sobre ellos.
Era un ataque que afectaría un gran área, y sería complicado defenderse de algo como eso.
Y en ese momento, un sonido de lira resonó en el páramo.
Alto.
Claro.
Agudo y hermoso.
“Do” la voz de Jeanne era calmada.
En algún momento, había cambiado su arco nuevamente por su lira.
¿Qué había ocurrido con la flecha que estaba en el arco?
La respuesta le llegó un momento después.
Con un silbido bajo, la flecha cortó el aire y atravesó su garganta en un ataque descendende, alojándose en su carne.
“¿Qué es esto?
¿Un ataque sorpresa?” El humano corrupto se llevó la mano al cuello y, con un tirón, se arrancó la flecha, sosteniéndola en su mano antes de aplastarla.
La herida en su cuello, de la cual manaba sangre, comenzó a cerrarse lentamente, hasta que estuvo como nuevo.
“Magnífico…
simplemente magnífico.
¡Dejar que os muestre todo lo que soy capaz de hacer!” Imitando la emoción como si fuera un actor, volvió al ataque con aún más fuerza.
Una lluvia de afilada estacas de hielo cayó del cielo, y ola tras ola de frío y nieve se abalanzó sobre los dos semidioses, cortando cualquier posibilidad de esquivar.
Si querían evitar los ataques y vencer a su enemigo, primero debían bloquear el hielo.
El cuerpo de Jeanne liberó una ola de calor, luchando contra el frío y el hielo que trataba de llegar hasta ellos.
Era una defensa temporal, así que debían aprovecharla mientras pudieran.
Alexandro sostuvo su lanza con fuerza y la lanzó contra el enemigo.
El arma, catapultada por la gran fuerza del hijo de Ares, atravesó el muro de hielo que se hallaba en su camino, impactando de lleno en el pecho de su víctima.
Pero ahí no se quedó todo.
Jeanne disparó tres flechas seguidas: una en el entrecejo, otra en el estómago y una tercera en la entrepierna.
El humano corrupto no se rindió, y de su cuerpo escapó una gran cantidad de energía helada, congelando todo a su alrededor.
La hija de Apolo no se quedó atrás, y de su mano surgió un torrente de llamas naranjas.
Tenía la intención de incinerar a ese monstruo inhumano de una vez por todas, acabando así con su regeneración.
El choque de temperaturas provocó una onda de aire, que giró sobre sí misma hasta formar un pequeño ciclón, cuyo tamaño aumentaba con cada momento que pasaba.
El humano corrupto se abalanzó sobre Jeanne con la intención de desgarrar su garganta con sus propias manos, pero su brazo fue sostenido por una mano fuerte.
Alexandro le golpeó con su puño en el rostro, rompiéndole la nariz y varios dientes a su enemigo.
Con su otra mano, el humano corrupto agarró el cuello de Alexandro, tratando de derribarlo.
Ambos cayeron al suelo, rodando sobre el otro mientras trataban de imponer su ventaja.
Alexandro le apuñaló en el estómago múltiples veces con una daga, y el humano corrupto trató de desgarrar su pecho con afiladas uñas de hielo.
A pesar de su regeneración, estaba en desventaja.
Era un dos contra uno, y su fuerza física era significativamente menor que la de sus enemigos.
Necesitaba crear distancia y continuar atacando hasta que se agotasen, pero eso ya no le era posible.
No sabía cuanto tiempo había pasado, ni cuántas veces se había regenerado, pero sí que sabía que se habían estado golpeando una y otra vez, como si no pudieran hacer otra cosa.
Eso era lo más cerca que podía estar de sentir algo parecido a la emoción.
Y en ese momento, en el que su mente estaba centrada completamente en el enemigo frente a él, llegó un ataque por la espalda.
No se dio cuenta, ni siquiera cuando lo recibió.
Una flecha se clavó justo en su corazón, con la fuerza suficiente como para atravesar con facilidad el acero y cubierta con una capa de luz solar dorada.
Su cuerpo se comenzó a desintegrar en motas de polvo, y pronto no quedó nada de él, ni siquiera su ropa.
Los dos semidioses se miraron por un momento, antes de llegar a un consenso.
“¿Vamos a buscar más enemigos?” …
Lira y María formaban el dúo perfecto.
Siendo ambas hijas de Hermes, tenían una conexión casi sobrenatural con la otra, gracias a la cual podían luchar en sincronía.
No necesitaban usar sus habilidades divinas para enfrentarse a los monstruos que trataban de asediarlas, ya que eran lo suficientemente fuertes y rápidas como para lidiar con los números interminables de criaturas que salían de quién sabe donde.
Lira sostenía una espada larga de doble filo en sus manos, cortando los cuerpos de cualquier monstruo que se le acercase y creando distancia, mientras que María rebanaba carne y huesos con un par de dagas.
Trabajaban perfectamente en tandem, y tal vez fue esa la razón por la que su verdadero enemigo decidió hacer acto de presencia en ese momento.
Su presencia se hizo notar desde el momento en que dio el primer paso en su dirección, y ningún ser vivo de ese plano aberrante se atrevió a moverse un paso.
Luego sobrevino el calor: intenso, sofocante y seco.
El aire se ondulaba y diatorsionaba, y la tierra humeaba al ver evaporarse el poco agua que contenía entre sus pequeñas grietas.
Cabello naranja, túnica negra y un par de ojos rojos que ardían con malevolencia.
Sin duda, él era el enemigo al que estaban buscando.
“¿Vosotras sois las dos semidiosas que se han colado en mi territorio sin permiso?
Y veo que no estáis con los otros invasores que os acompañaron hasta aquí.
Simplemente perfecto.
¿Debería hervir vuestros cuerpos hasta que quedéis reducidas a cenizas humeantes?” Su voz era ronca, como la de alguien que fumaba y bebía sin parar.
“Prefiero mantener mi integridad física, gracias.
Hermana, ¿qué crees que deberíamos hacer nosotras con este idiota?” Lira se giró para mirar a Maria.
“Creo que deberíamos demostrarle a este idiota por qué no está bien subestimar a un par de chicas lindas, hermana” Maria respondió, girando sus dagas con destreza.
El humano corrupto sólo gruñó, abalanzándose sobre ambas.
El suelo bajo sus pies se fundió y, segundos después, apareció frente a ambas semidiosas.
Su velocidad era abrumadora, pero no era el único capaz de hacer eso.
A una velocidad que superaba la del sonido, ambas se apartaron de su camino, esquivando el golpe.
En lo que se refería a velocidad, las dos hijas de Hermes resaltaban bastante.
Atacaron desde dos ángulos distintos con sus respectivas armas, tratando de partir su cuerpo por la mitad.
El humano corrupto detuvo la espada y las dagas con las manos desnudas, dejando que se hundieran en su carne a cambio de proteger el resto de su cuerpo.
El fuego surgió desde sus palmas sangrantes, tratando de incinerar sus cuerpos.
Las dos se apartaron con la misma velocidad con la que se lanzaron sobre él, evitando el ataque nuevamente.
El humano corrupto comenzó a enfurecerse.
Aquel par de mujeres no hacían más que sacarle de quicio con su vaivén.
Trató de volver a usar su fuego contra ellas, pero ni siquiera fue capaz de hacer saltar una chispa esta vez.
Su furia se calmó, reemplazada por la confusión.
“Creo que no entiende lo que ocurre, hermana” “Claro que no lo entiende.
No sabe que una de nuestras habilidades nos permite anular cualquier habilidad relacionada con el fuego” ¿Por qué demonios tuvo que ir a por esas dos mujeres?
De repente, parecían mucho más aterradoras que antes.
Su única habilidad especial, su pirokinesis, había sido bloqueada, lo que reducía todo a sus capacidades físicas.
Sin nada más que pudiera hacer, se lanzó de nuevo al combate, usando todo su cuerpo como un arma.
Sus puños y sus pies chocaron contra las armas de metal de las dos semidiosas, intercambiando golpes con cada segundo que pasaba.
El cuerpo del humano corrupto fue cortado y apuñalado en múltiples ocasiones, pero su regeneración se hizo cargo de todo el daño que no pudo evitar.
Sólo un poco más.
Seguramente la anulación de sus habilidades debía de tener un límite de tiempo.
Si soportaba un poco más, podría conseguir algo de ventaja.
Pero las dos chicas ya lo sabían.
Lira sacó una moneda de bronce y, con un movimiento de su pulgar, la lanzó al aire.
Al instante, el flujo del tiempo cambió.
Todo se movía mucho más lento: las extrañas criaturas del cielo, los monstruos aberrantes del suelo y, por supuesto, el propio humano corrupto.
Todo se movía a cámara lenta, salvo las dos hijas de Hermes.
Desde su punto de vista, la velocidad de ambas era abrumadora, muy superior a la que habían mostrado anteriormente.
Aún así, no le preocupaba eso.
Incluso si lograban herirle, ¿acaso no podía regenerarse?
Pero las dos semidiosas tenían aún más trucos bajo la manga.
Otra de sus habilidades les permitía acumular la energía cinética de los golpes que lanzaban y bloqueaban para liberarla posteriormente.
No era una habilidad todopoderosa, pero era más que suficiente.
Las armas de ambas destrozaron el cuerpo de su enemigo, junto con todo el suelo en un área de cincuenta metros.
La fuerza del golpe fue tal que el cuerpo del humano corrupto fue incapaz de recuperarse, con su regeneración llevada al límite por la inmensa fuerza a la que se vio sometido.
Las hermanas se miraron y suspiraron.
Al final, no había sido la gran cosa.
¿Realmente debían de tener cuidado?
Como regalo, aquí tenéis un capítulo más largo de lo normal.
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