Reencarnado como hijo de Nyx en una novela ¿cómo debo salvar el mundo? - Capítulo 3
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3: 3 3: 3 Allí, en medio del claro del bosque, se encontraba un árbol.
Se alzaba orgullosamente, y de una de sus ramas colgaba un único fruto: una manzana dorada de aspecto delicioso y valioso.
Ese era el premio a por el que había ido: una manzana dorada del jardín de las Hespérides.
Pero aquello no fue lo que le llamó la atención; fue la criatura que se alzaba de manera protectora frente al árbol, como si no quisiera que nadie lo alcanzase.
Era el protector del árbol de manzanas doradas, una criatura serpentina, muy parecida a un dragón, pero con cinco cabezas en lugar de una.
No era una hidra, a pesar de que se parecía mucho.
Era uno de los retoños de Ladón, el protector del árbol de manzanas doradas original.
A pesar de su origen, la criatura que se interponía en su camino no era tan aterradora como su ancestro.
Aún así, pudo sentir las pulsaciones de su corazón incrementarse y su respiración volverse más superficial.
¿Era esto miedo?
Sí, pero había algo más mezclado en ello: emoción.
Se sentía emocionado ante la perspectiva de enfrentarse a esa criatura monstruosa, igual que los héroes de antaño.
Pero decidió intentar primero llevarse la manzana dorada sin necesidad de empezar un conflicto.
Las sombras en la base del árbol se volvieron líquidas, y pequeñas extremidades se extendieron lenta y delicadamente hacia la rama de la que colgaba el apetitoso fruto.
Pero, para su decepción, el plan no salió como lo había esperado.
Cuando las sombras estaban a solo unos pocos centímetros de la manzana dorada, una de las cabezas del reptil se giró de repente, soltando un silbido agudo y escalofriante.
Le había descubierto.
Nueva misión: Mata al retoño de Ladón.
Recompensa: +10 xp para Sombra Primordial, vial de néctar.
Aquella notificación le tomó por sorpresa.
¿Así era como podía conseguir misiones?
Debía apuntárselo para más adelante.
Gracias a esto podía sacar un beneficio extra de sus acciones.
La oscuridad se arremolinó a su alrededor, transformándose en una espada de brillante y resistente sustancia negra.
Cada uso de la habilidad gastaba energía divina, pero confiaba en que su reserva actual era suficiente para al menos sobrevivir al encuentro.
Salió de su escondite, espada en mano, y miró a la criatura.
Sus ojos morados se encontraron con los suyos, de color carmesí y llenos de intención asesina.
El monstruo no pensaba dejarle ir vivo después de que trató de llevarse su posesión más preciada, el tesoro que había decidido proteger con su propia vida.
El choque entre ambos ahora se había vuelto inevitable, y ambos estaban listos para empezar el combate.
Tal vez podría huir.
Después de todo, no había razón para arriesgar su vida de manera innecesaria.
Eso es lo que habría pensado en el pasado.
En su vida anterior, había sido alguien que prefería evitar las situaciones peligrosas.
¿Pero ahora?
No podía quedarse de brazos cruzados y dejar que otros, incluyendo monstruos, le intimidasen.
Además, la manzana era una de las cosas que le sería útil más adelante.
No se lo pensó dos veces.
Lanzó la espada en un movimiento horizontal, cortando una de las cabezas del monstruo antes de que pudiera moverse.
Aún así, ya había comenzado a regenerarse.
Esa era una de las peculiaridades de la criatura: mientras una de sus cabezas permaneciera intacta, podría sobrevivir a casi cualquier daño.
Una criatura poderosa y desafiante, eso es lo que era.
Y le emocionaba enfrentarla.
La noche era profunda.
Era hermosa.
Y le hacía poderoso.
Aquel era su dominio, y la oscuridad le volvía aún más poderoso cuando se rodeaba de ella.
Las sombras salieron disparadas en forma de dagas afiladas, perforando la carne en una lluvia de negrura con un sonido agudo.
El engendro de Ladón dejó escapar un rugido de dolor, un sonido tan fuerte que hizo retumbar todo el bosque y obligó a las aves cercanas a huir.
Estaba enfurecido.
El dolor y la humillación que recibió por parte de aquel mortal hicieron que su sangre hirviera.
¿Desde cuando un guardián como él se había visto en una posición como esa?
Ni siquiera Heracles había tratado de esa manera a su glorioso antepasado.
Se abalanzó sobre el semidios en una carrera enfurecida, con sus cinco cabezas fijas en su objetivo.
Effiro logró esquivar la embestida a tiempo, apuñalando a cambio el costado de la criatura con una nueva espada de oscuridad.
La hoja se hundió profundamente en el cuerpo del monstruo, atravesando el pulmón con gran fuerza.
Una nueva oleada de dolor le asaltó, y bramó al cielo con furia renovada.
Su cola, larga y sinuosa como la de una serpiente, se balanceó con la potencia de un látigo, impactando el cuerpo del semidios.
Por suerte, Effiro pudo usar la Sombra Primordial para cubrirse con una capa de oscuridad, absorbiendo el impacto.
Si no lo hubiera hecho, lo más probable es que sus huesos se hubieran roto.
Incluso podría haber llegado a morir.
Su cuerpo impactó con el tronco de un árbol, derribándolo y deteniendo su vuelo.
El engendro de Ladón volvió a la carga, apuntando a la figura que se encontraba tendida en el suelo.
Sin embargo, cuando estaba a punto de pisotear su cuerpo, se hundió en la oscuridad a su alrededor, como si no hubiera estado allí.
Apareció detrás del monstruo, tomando represalias cortando su cola con un movimiento limpio y veloz.
Se sentía emocionado.
Más emocionado de lo que se había sentido en toda su vida.
La adrenalina del momento había inundado su sistema sanguíneo, haciéndole sentir más despierto de lo que se había sentido jamás.
Y, con la fuerza creciente que recibía de la oscuridad, casi creía ser invencible.
Pero sabía que no era así.
Si no tenía cuidado, entonces caería muerto sin saber cómo ocurrió.
Ese era el peligro de ese mundo.
Podía atacar al monstruo constantemente, pero le sería casi imposible acabar con su vida a menos que lograse cortar sus cinco cabezas antes de que tuviera tiempo de regenerarse.
¿Qué podía hacer?
Podía lanzar un ataque directo para atravesarlas a la vez, pero existía el riesgo de fallar, y eso supondría un mayor gasto de energía.
A menos que no quedase otra opción, continuaría luchando hasta encontrar el momento adecuado para atacar.
Lanzó la nueva espada contra una de las cabezas, atravesando el cráneo con fuerza y clavándolo en uno de los árboles cercanos al claro.
La bestia era torpe.
Rápida, pero no lo suficiente.
Fuerte, pero primero debía de conectar un golpe con su enemigo.
Mientras supiera lidiar con el monstruo, podría hacerle frente sin temer nada.
En cierto modo era más fácil luchar contra él que contra otros monstruos, todo gracias a su mayor tamaño y menor maniobrabilidad.
Pero la resistencia era un problema importante.
No podía vencer en ese apartado.
Podía sentir sus reservas de energía divina agotándose.
Si tan solo pudiera reutilizar las armas de sombras después de arrojarlas, entonces podría ahorrarse todos aquellos problemas.
Sí, era necesario mantener la distancia si quería conservar la ventaja que había conseguido, pero no era el método más viable si eso continuaba así.
Cuatro cuchillas se materializaron en sus manos, las cuales lanzó a las cuatro cabezas restantes.
Pero el monstruo no era estúpido.
Sus cuellos serpentinos se retorcieron en todas direcciones, esquivando los ataques del semidios mientras su quinta cabeza se liberaba de la espada que la mantenía presa.
Sus mandíbulas se abrieron en su máxima extensión, dejando caer gruesos hilos de saliva venenosa.
Si recibía una sola mordedura, seguramente se vería obligado a huir lo más rápido posible.
No moriría instantáneamente, pero no sería el mismo caso si no recibía atención médica urgente.
La bestia volvió a atacar, y Effiro se preparó para esquivar de nuevo.
Sin embargo, en ese mismo instante, algo inesperado ocurrió.
“¡Miríada de espadas- Balada!” Una espada brillante surgió por encima de su cabeza, atravesando una de los cuellos del monstruo hasta casi alcanzar su corazón.
Sólo con ver aquel increíble y perfecto movimiento, Effiro fue capaz de reconocer a la persona que había llegado.
Ahora que le habían dado la oportunidad que estaba esperando, no pensaba desaprovecharla.
La oscuridad se retorció bajo sus órdenes, tomando la forma de largas, gruesas y afiladas espinas, las cuales salieron disparadas directamente contra el engendro de Ladón.
El monstruo, que había sido tomado por sorpresa, no tuvo tiempo de reaccionar al nuevo ataque.
La sangre rojiza de la bestia llovió sobre la tierra del bosque mientras su cuerpo se desplomaba, reducido a un montón de carne y escamas inertes.
El guardián del tesoro fue derrotado.
Sin embargo, viendo a la hermosa figura que se alzaba ante él en todo su glorioso esplendor, Effiro se dio cuenta de que las cosas podrían complicarse.
Aunque eso era algo que había esperado.
La siguiente parte de su plan iba a llevarse a cabo más pronto de lo que creía.
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