Reencarnado como Paladín: Mis Gustos Culposos se Volvieron Reales - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 La Infiltración
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18: La Infiltración 18: La Infiltración La noche era espesa y sin estrellas cuando el pequeño grupo de infiltración se movió hacia las murallas de Eldoria.
La ciudad se alzaba sobre una colina fortificada como un monumento de piedra blanca y acero, envuelta en una atmósfera opresiva.
Estandartes de la diosa colgaban de las torres, sus bordes dorados brillando bajo la luz de la luna roja como advertencias.
El aire olía a incienso sagrado y humo de hogueras, y desde las murallas se escuchaban cánticos constantes de los fanáticos, oraciones repetidas sin descanso.
Alex, Liliana y cuatro demonios de élite avanzaban como sombras entre los edificios exteriores.
Habían dejado al grueso del ejército oculto en las colinas cercanas, esperando la señal.
Alex llevaba una capa oscura sobre su armadura ligera.
Su espada santa estaba envuelta en tela negra para ocultar su brillo.
Liliana iba a su lado, vestida completamente de negro, su presencia fría y silenciosa.
Los celos y el miedo aún flotaban entre ellos, pero la urgencia de la misión los mantenía unidos.
Al cruzar la primera muralla exterior y adentrarse en las calles de Eldoria, Alex sintió una micro-reacción visceral.
Su cuerpo se tensó.
La ciudad estaba impecablemente limpia, con calles de piedra blanca y estatuas de la diosa en cada esquina.
Pero la atmósfera era asfixiante.
Los pocos habitantes que aún caminaban por las calles lo hacían con la cabeza baja, murmurando oraciones.
En las plazas se veían postes de purificación usados recientemente, con restos de ceniza y cadenas.
“Esto se supone que era lo que debía defender…” pensó Alex con un nudo en la garganta.
“Un pueblo de la Luz… y ahora estoy aquí, infiltrándome como un traidor para salvar a una general demoníaca.” Liliana notó su cambio de expresión y se acercó un poco más, rozando su brazo.
—Concéntrate —susurró—.
No podemos permitirnos distracciones.
Alex asintió, pero el pensamiento seguía allí, carcomiéndolo.
El grupo se movía con sigilo hacia la plaza central.
Eldoria era un laberinto de calles estrechas y edificios altos con ventanas tapiadas.
En cada esquina había patrullas de paladines y sacerdotes, sus armaduras plateadas brillando bajo la luz de las antorchas sagradas.
El ambiente era opresivo: el olor a incienso mezclado con el de carne quemada de ejecuciones recientes, y el constante murmullo de oraciones que parecía nunca detenerse.
—Hay guardias en la muralla norte —susurró uno de los exploradores—.
Pero el sector este está más débil.
La plaza central está fuertemente vigilada.
Alex asintió.
Su mente estaba dividida.
Una parte pensaba en Valeria.
Otra parte no dejaba de ver las marcas en el cuello de Liliana.
De repente, Liliana se acercó más a él mientras se ocultaban detrás de un muro.
—Alex —susurró—.
Si esto sale mal… quiero que sepas que no te odio.
Tengo miedo… pero no te odio.
Alex la miró.
Por un instante, la culpa lo golpeó con fuerza, pero también sintió un calor extraño en el pecho.
—Gracias —respondió en voz baja—.
No voy a fallarte de nuevo.
El grupo continuó avanzando hacia el interior de la ciudad, acercándose peligrosamente a la plaza central donde se preparaba la ejecución.
Mientras tanto, en las profundidades de la fortaleza sagrada de Eldoria, Valeria von Schatten sufría.
La celda era un cubo de piedra blanca con runas doradas grabadas en cada pared.
La luz sagrada constante quemaba su piel como ácido lento.
Las cadenas benditas le rodeaban las muñecas, el cuello y los tobillos, suprimiendo casi todo su poder demoníaco.
Su túnica blanca estaba manchada de sangre seca y su piel pálida mostraba múltiples quemaduras.
Dos sacerdotes y un paladín de alto rango entraron en la celda.
—Última oportunidad, bestia —dijo el sacerdote principal con voz solemne—.
Dinos dónde se encuentra la fortaleza principal del Señor Demonio.
Dinos cómo podemos llegar hasta él.
Si cooperas, tu muerte será rápida y limpia.
Valeria levantó la cabeza con dificultad.
A pesar de las cadenas y las quemaduras, sus ojos rojos brillaban con desafío.
—Prefiero arder en luz sagrada antes que traicionar a los míos —respondió con voz ronca pero firme.
El paladín activó una runa en la pared.
Una luz dorada intensa golpeó el cuerpo de Valeria, haciendo que arqueara la espalda y soltara un grito ahogado.
El dolor era insoportable, como si le estuvieran arrancando la piel del alma.
Cuando la luz se apagó, Valeria jadeaba, con el cuerpo temblando.
—Alex… —susurró para sí misma, tan bajo que nadie más lo escuchó—.
Ven… por favor… Los sacerdotes se miraron entre sí.
—Mañana al amanecer será quemada en la plaza pública —dijo uno de ellos—.
Su sufrimiento servirá como ejemplo.
Valeria cerró los ojos.
En su mente, solo aparecía un nombre.
Alex.
Recordó el momento en que lo vio por primera vez en el bosque, temblando con su armadura blanca.
Recordó cómo la protegió de los cazadores a pesar de ser un paladín.
Recordó su sangre ofreciéndose para calmar su sed.
Recordó su voz temblorosa cuando le dijo que confiaba en ella.
De pronto, la puerta de la celda se abrió.
Cuatro guardias entraron.
—Es la hora —dijo uno de ellos—.
La van a preparar para la ejecución.
Le pusieron una bolsa negra gruesa sobre la cabeza.
Valeria sintió cómo la levantaban y la arrastraban fuera de la celda.
Mientras la llevaban por los pasillos de piedra, escuchaba muchos murmullos a su alrededor: —…la bestia demoníaca… —…mañana arderá en la plaza… —…ejemplo para todos los impuros… —…la diosa se complacerá con su sufrimiento… En su mente, solo había una cosa: Alex… El grupo de infiltración de Alex se acercaba cada vez más a la plaza central.
La ciudad se sentía más opresiva con cada calle que cruzaban: estatuas de la diosa con ojos acusadores, altares improvisados con cenizas de ejecuciones recientes, y el constante murmullo de oraciones que parecía nunca detenerse.
Alex apretó los dientes.
La culpa y la determinación luchaban dentro de él.
—No vamos a llegar tarde —susurró, más para sí mismo que para los demás.
Liliana lo miró de reojo.
Su mano rozó la de él por un segundo, un contacto breve pero intencional.
—Juntos —dijo en voz baja.
El rescate acababa de comenzar.
Y el tiempo se estaba agotando.
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