Reencarnado como un Príncipe Imperial - Capítulo 180
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- Capítulo 180 - 180 Los infortunios de Alexander Parte 2
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180: Los infortunios de Alexander Parte 2 180: Los infortunios de Alexander Parte 2 Alexander le devolvió el abrazo y le plantó un ligero beso en la frente.
Esta sensación era probablemente lo que necesitaba en este momento.
—¿Está dormida?
—Sí, te echa de menos —dijo Sofía en voz baja mientras se apartaba de su marido y se hacía a un lado.
Le hizo un gesto para que entrara.
Alexander asintió en silencio antes de cerrar la puerta y dirigirse a la cama donde yacía Anya, durmiendo profundamente.
Alexander se sentó a su lado y la observó, contemplando su expresión apacible.
Incluso dormida, parecía un ángel, con una pequeña sonrisa adornando sus labios.
Alargó la mano y, con delicadeza, le apartó unos mechones de pelo de la cara.
La expresión en el rostro de su hija era de paz.
Deseó que así fuera para siempre.
El simple hecho de observarla le recordaba el momento en que juró proteger a su familia.
Sin embargo, había fracasado en eso recientemente, al enviar a sus hermanas al Imperio Yamato, donde existía hostilidad entre su Imperio y el de ellos.
Fue una estupidez por su parte y lo admitía.
Un emperador debe ser perspicaz, ver varios pasos por delante de los demás y tomar decisiones sabias.
Sin embargo, la verdad era que a veces no conseguía hacerlo.
—¿De verdad merezco mi puesto como emperador de Rutenia?
—dijo Alexander en voz baja, pero lo suficientemente alto para que Sofía lo oyera.
—¿Qué quieres decir con eso, Alex?
—Sofía se acercó a él rápidamente y se sentó a su lado.
—Estoy empezando a darme cuenta… quizá no soy apto para este trabajo.
Quizá otra persona debería estar en mi lugar —respondió Alexander mientras se giraba para mirar a su esposa.
—Deja de decir tonterías, Alexander —Sofía le puso ambas manos en el rostro, calentándoselo ligeramente con el más suave de los toques—.
¿Por qué se te ocurriría pensar algo así?
—No lo sé…, se me acaba de ocurrir —dijo Alexander mientras continuaba—.
Las decisiones que tomé como Emperador podrían haber matado a mis hermanas.
Me falta perspicacia.
Si no las hubiera enviado allí, para empezar no estaríamos en este lío.
La guerra no existiría.
Ahora que lo pienso, puede que ese sea el caso.
Debería dedicarme solo a lo que se me da bien, que es construir cosas.
Sofía le dedicó una cálida sonrisa mientras su pulgar recorría sus mejillas con afecto.
—Alex, eres el mejor hombre que existe.
Eres el único emperador que Rutenia merece.
Sin ti, el Imperio Ruteniano habría caído en la ruina, no sería la segunda economía más grande del mundo, y tampoco sería tan hermoso como lo es hoy.
Muchos emperadores han servido a Rutenia, pero nadie ha hecho más por ella que tú.
Así que no dejes que esas dudas se interpongan en tu camino.
Alexander sonrió débilmente y puso su mano sobre la de ella, que todavía le ahuecaba el rostro.
—Siempre consigues hacerme sentir mejor.
La próxima vez seré más inteligente y me adaptaré si es necesario.
Gracias por estar aquí conmigo, Soph.
Te amo.
Sofía se inclinó hacia delante y le besó la frente con delicadeza mientras lo miraba a los ojos con ternura.
—Siempre estaré a tu lado, Alexander, ¿no es eso lo que nos prometimos en nuestra boda?
Nos ayudaremos mutuamente, aunque tú eres el que hace todo el trabajo mientras que yo solo me quedo en el palacio, saliendo de vez en cuando para enseñar a los niños en la escuela de arte.
—Es un trabajo noble, Sofía —respondió Alexander con cariño mientras tomaba su mano y entrelazaba sus dedos.
—Así que…
¿ya estás bien?
¿Te has calmado un poco?
—preguntó Sofía en tono burlón.
Alexander rio entre dientes antes de responder.
—Bueno, no estoy muy acostumbrado a este tipo de charla, pero ciertamente es efectiva.
Creo que ahora puedo hacerlo mejor —sonrió.
Sofía le devolvió la sonrisa.
Al ver que su marido volvía a su estado de calma, se relajó un poco.
—Muy bien, entonces, comandante en jefe.
Todavía tienes una guerra que ganar.
Así que puedes volver al Edificio del Estado Mayor General si es necesario.
Alexander murmuró pensativo y entonces…, de repente, atrajo a Sofía hacia él.
—No lo creo.
Pasaré la noche contigo y con Anya.
Además, mis generales ya han planeado la ofensiva, así que ya no me necesitan allí.
Por supuesto, si algo inesperado ocurre, lo que estadísticamente hablando, no sucederá.
Voy a usar esta noche para despejar mi mente.
Después de todo, como comandante en jefe, necesito tener la cabeza despejada antes de tomar grandes decisiones.
—Eso es genial, pero la cama de Anya es pequeña y no cabremos.
¿Qué hacemos?
—susurró Sofía al sentir que el abrazo de su marido se estrechaba a su alrededor.
—Bueno, podemos poner un colchón en el suelo.
Así Anya sentirá que sus padres duermen a su lado.
—No me esperaba eso, pero de acuerdo —rio Sofía suavemente—.
Por cierto, ¿tus hermanas están bien?
He oído que vienen del Imperio Yamato.
—Sí, las sacaron de Tokio a salvo.
Llegarán aquí mañana por la mañana.
No sé si podré enfrentarme a ellas o no…
—Ya empiezas otra vez —refunfuñó Sofía con un pequeño ceño fruncido—.
Alexander, los pensamientos negativos no te traerán nada bueno.
—De acuerdo, las recibiré de frente —prometió Alexander.
***
Imperio de Rutenia, Palacio de Invierno de San Petersburgo.
En la fría mañana del 18 de octubre de 1927, Alexander estaba de pie frente a la puerta, observando un convoy militar que avanzaba por el pavimento del Palacio de Invierno.
Su corazón latía deprisa, sintiéndose todavía culpable por la desgracia ocurrida en el Imperio Yamato.
Un hombre de pelo rubio salió del vehículo.
Alexander reconoció al hombre de inmediato.
Era Rolan.
Alexander sintió una oleada de alivio al verlo a salvo.
Después de todo, verlo vivo y sano indicaba que sus hermanas también lo estaban.
Rolan abrió la puerta del coche, permitiendo que tres Gran Duquesas salieran del vehículo.
Alexander se quedó sin aliento.
—Ana…, Christina…, Tiffa…
Alexander corrió rápidamente hacia ellas y las abrazó a las tres con fuerza.
—Me alegro…, me alegro de que las tres estéis a salvo —murmuró mientras las estrechaba más en su abrazo—.
No debería haberos dejado marchar…
La escena fue toda una conmoción para los presentes.
Pensar que verían a su emperador mostrar tal vulnerabilidad emocional los dejó un poco desconcertados.
—Hermano…
—Christina le devolvió el abrazo mientras se reía, avergonzada—.
Eso no es propio de un emperador…
—Me importa un bledo la etiqueta real.
Estoy tan contento de poder veros de nuevo.
¿Sabéis lo preocupado que estaba cuando me enteré de la noticia?
No podía pensar con claridad…
No dejaba de pensar: «¿Y si os pasa algo a las tres?».
No sé qué habría sido de mí.
—Hermano…, no puedo respirar…
—masculló Anastasia mientras luchaba por respirar bien atrapada en el fuerte abrazo de su hermano.
—Oh…, lo siento —Alexander las soltó de su abrazo y las miró a las tres.
Luego, una por una, les puso la mano en las mejillas con ternura.
—Estoy muy contento de que estéis a mi lado de nuevo.
No dejaré que algo así os vuelva a pasar.
Bueno, podemos seguir con esto dentro.
¿Qué tal si entráis las tres?
Ellas asintieron.
Los Guardias Imperiales las escoltaron al interior.
Mientras tanto, Rolan se acercó a él con una expresión de derrota en el rostro.
—Su Majestad…, yo…
—Rolan, basta, no quiero oírlo ahora mismo, no es que esté de buen humor.
Por ahora, vigila a mis ángeles.
—¿Ah, sí?
¿Acaso se dirige a algún sitio, Su Majestad?
—Sí, en dos horas.
Vuelvo a Operaciones de Comando.
Tenemos una guerra entre manos.
—Entiendo.
Muy bien, entraré, Su Majestad.
Cuando todos parecieron haber entrado en el Palacio de Invierno, Alexander se encaró con Sebastián.
—Vamos a darle un infierno a Yamato.
Inciaré la Ley de Producción de Defensa, produciendo en masa de todo, desde aviones hasta tanques.
Ganemos esta guerra y que el mundo sepa lo que pasa si joden con Rutenia.
Una sonrisa radiante apareció en el rostro de Sebastián.
Su emperador había vuelto al juego.
—Considérese hecho, Su Majestad.
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