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Reencarnado como un Príncipe Imperial - Capítulo 57

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57: ¿Dónde están?

57: ¿Dónde están?

La fecha es el 1 de enero de 1923, un nuevo comienzo, un nuevo capítulo en la historia.

Sin embargo, a pesar de ser el primer día del año, Alexander trabajó como de costumbre y se ocupó de sus tareas diarias como si fuera una mañana cualquiera.

Después de todo, para él era solo otro día de trabajo.

Aunque su mente estaba cada vez más agotada por los meses que había pasado viviendo como el futuro Emperador del Imperio de Rutenia.

En sus cuatro meses de gobierno, Alexander llevó a cabo reformas radicales que transformaron al Imperio de Rutenia en su conjunto.

Desde derechos básicos hasta la rehabilitación del Imperio a nivel nacional.

Aunque todavía queda mucho por lograr antes de que el Imperio esté verdaderamente en condiciones de ocupar el lugar que le corresponde como uno de los imperios más fuertes del mundo.

Puede que sea el país más grande del mundo que abarca dos continentes, pero para muchos, el Imperio de Rutenia era visto como un enorme tigre de papel.

Alexander comenzó su día tomando un desayuno contundente llamado Desayuno Inglés Completo.

Consistía en salchichas, judías con tomate, beicon, huevos fritos, tostadas, tomates a la parrilla, champiñones y, por último, pero no menos importante, café.

Bueno, los cocineros del palacio podrían haberle preparado té, pero Alexander prefería el café.

Hoy será un gran día para él, ya que se encontrará con el culpable, el responsable de la muerte de los padres de Alexander y el que le disparó en el pecho días atrás.

La policía, que tenía bajo custodia al culpable, no había logrado sacarle información.

Para Alexander, era un activo de valor incalculable que podría conducirlos a la guarida de la Mano Negra y, con suerte, poner fin al terrorismo interno que sufría el Imperio de Rutenia.

Tras terminar su desayuno con un sorbo de café, se abrió una puerta, haciendo que Alexander levantara la vista.

—Rolan, ¿está listo el coche?

—preguntó Alexander sin más.

—Sí, Su Majestad —respondió Rolan, haciendo una leve reverencia mientras se acercaba a él.

—Muy bien.

—Limpiándose los labios con un pañuelo, Alexander se levantó de su asiento y cogió su abrigo negro del respaldo de la silla.

Mientras se lo echaba por los hombros, se giró hacia Rolan—.

Vamos…

Al salir por la entrada del palacio, Alexander sintió un viento frío en el cuello y alzó la vista para ver nubes de un gris oscuro cerniéndose sobre él.

Los copos de nieve caían con suavidad, posándose con delicadeza en su pelo y en su rostro.

Se estremeció ligeramente, pero intentó mantener la compostura mientras se dirigía al vehículo con la ayuda de su bastón.

Nada más entrar en el vehículo, el motor del coche cobró vida y este comenzó a alejarse del palacio.

Dentro del vehículo, Alexander golpeaba rítmicamente el regatón de su bastón contra el suelo mientras miraba por la ventanilla, observando cómo caía la nieve y los árboles se doblaban muy ligeramente para dejarlos pasar.

Rolan, que iba en el asiento del copiloto, inició una conversación.

—Su Majestad, ¿hay alguna razón para que vaya a la comisaría?

Es decir, todavía no es seguro que salga después del incidente que tuvo lugar hace unos días —dijo Rolan.

—Lo sé…, por eso he traído a la caballería —dijo Alexander, echando un vistazo por encima del hombro, donde vio una columna de coches que los seguían.

Devolvió su mirada a Rolan—.

Necesito estar allí para que mi plan funcione.

Estoy desesperado por descubrir quién urdió este despreciable acto de terrorismo de hace unos días.

Además, esta es una visita sorpresa, así que nadie tenía por qué saberlo.

Rolan asintió lentamente, comprendiendo por completo el motivo de su visita.

—Y ¿cuál es su plan, si se puede saber, Su Majestad?

—Lo verás pronto.

¿Has avisado ya a Dmitri?

—Sí, señor —confirmó Rolan—.

Él también visitará la comisaría, pero he omitido el detalle de que usted también iba a ir.

—Bien.

En apenas veinte minutos, Alexander llegó a la comisaría donde retenían al culpable.

Rolan salió del vehículo y le abrió la puerta.

Alexander apoyó el bastón en el suelo y se recostó ligeramente en él mientras avanzaba con pasos lentos y dolorosos hacia el edificio.

Pero, antes de llegar a la entrada, Alexander le entregó una pequeña bolsa a Rolan.

Rolan ladeó la cabeza.

—¿Qué es esto, Su Majestad?

—Es un pétalo de una flor que he cogido del jardín del palacio.

Quiero que lo muelas, saques la savia y la mezcles con agua.

—¿Un pétalo…, savia…, mezclarla con agua?

—repitió Rolan.

Como única respuesta, Alexander se limitó a asentir con la cabeza.

Rolan volvió a inclinar la cabeza.

—De inmediato, Su Majestad.

—Gracias, Rolan.

Tras esto, Alexander entró en el edificio y se dirigió a las escaleras que conducían a la sala de interrogatorios.

Casualmente, Dmitri ya se encontraba en la sala de interrogatorios, observando a uno de sus hombres interrogar al culpable.

Pero, como era de esperar, este no soltaba prenda.

Dmitri chasqueó la lengua, furioso, con ganas de darle un puñetazo en la cara a Gabriel por no soltar prenda.

—¡Dmitri!

—llamó Alexander.

Dmitri se sobresaltó y se giró para mirar a Alexander, dándose cuenta de que ahora estaba de pie a su lado.

Dmitri dio un respingo.

—¡Ah!

Disculpe, Su Alteza, no esperaba que viniera —dijo, e hizo una reverencia.

—¿Cómo va todo?

—Bueno…, ningún progreso por ahora, Su Majestad.

Este hombre no habla —dijo Dmitri.

—¿Ah, sí?

—musitó Alexander—.

Me gustaría interrogarlo, si no hay problema.

—¿Su Majestad?

Es el hombre que intentó matarlo.

Es peligroso —dijo Dmitri.

—¿Y?

—Mire, en cualquier otra circunstancia, tendría que decir que no.

Por motivos de seguridad.

—¿Motivos de seguridad?

—bufó Alexander—.

Tiene las extremidades atadas y hay dos guardias presentes en la sala.

¿Cómo podría hacerme daño?

Además…, no están progresando.

Quizá yo pueda…

acelerar las cosas.

Dmitri suspiró.

—Está bien, Su Majestad.

Pero, por favor, tenga cuidado y no se quede cerca de él.

—Entendido —dijo Alexander, y entró con paso decidido en la sala.

…

Tras cerrar la puerta, Alexander rodeó la mesa y reparó en el rostro magullado del culpable.

Realmente le habían dado una buena.

Gabriel alzó la mirada y distinguió una figura familiar.

Alexander sonrió mientras tomaba asiento.

—¿Buenos días.

¿Te sorprende verme?

—¡¿Tú?!

—La voz de Gabriel se elevó gradualmente, con los ojos desorbitados por la incredulidad—.

¿No estás muerto?

—Bueno, estoy sentado delante de ti, así que es obvio que estoy vivo.

A menos que sufras un hematoma subdural por la paliza que has recibido, que puede causar la muerte…

—¿De qué…

estás…

hablando?

—Solo digo que podrías ser tú el que está muerto, que estás alucinando todo esto y que de alguna manera nos hemos encontrado en este reino…

—Alexander soltó una risita momentánea y luego paró—.

Bueno, basta de tonterías.

He venido personalmente a preguntarte una cosa.

—No sacarás nada de mí…

—siseó Gabriel—.

Tuviste suerte de que no te acertara en el corazón, pero da igual…, mis camaradas ahí fuera terminarán el trabajo.

Mientras sigas con vida, el Imperio de Rutenia será un caos constante.

—¿Ah?

¿En serio?

—Alexander sonrió con picardía—.

He oído que mi hermana te visitó y la amenazaste…, tal y como acabas de hacer ahora.

—Estás…

perdiendo…

el…

tiempo aquí —dijo Gabriel, con la respiración agitada.

—Bueno, voy a probar suerte —dijo Alexander, e hizo un gesto con la mano para que Rolan se acercara.

Rolan entró en la sala con un vaso de agua.

—Debes de tener sed…, así que te he traído agua —dijo Alexander.

Gabriel clavó la mirada en el vaso de agua, receloso.

Al notar esto, Alexander se rio.

—¿Te preocupa que haya veneno en el agua?

Gabriel se quedó mirando el vaso, sumido en sus pensamientos.

Alexander bufó.

—Mira, si quisiera verte muerto, ya lo habría hecho hace días.

Alexander ladeó la cabeza, dándole a Rolan la señal para que procediera.

Rolan llevó el vaso de agua a la boca de Gabriel, obligándolo a tragar.

Cuando se lo hubo tragado todo, Rolan se detuvo.

—¿Ves?

Es solo agua corriente —dijo Alexander mientras sacaba un mapa del bolsillo—.

Volvamos a lo nuestro.

Quiero que me digas dónde se esconden tus camaradas.

Alexander desplegó el mapa y lo extendió sobre la mesa.

—Como la Mano Negra es un consorcio internacional, debe de haber una célula en cada nación, ¿no?

Es decir, tus camaradas no han logrado eludir la captura durante años por ser estúpidos.

Deben de tener un escondite en alguna parte, digamos en Siberia o en el Lejano Oriente.

Es un lugar aislado y lejos de nuestro control, un buen escondite.

Pero podría ser una pista falsa para que buscáramos allí, ya que, bueno, los malos suelen esconderse en lugares remotos.

Así que también cabe la posibilidad de que su guarida esté cerca de la capital.

—Tras decir esto, Alexander lo miró fijamente a los ojos, esperando una respuesta.

Gabriel repitió con calma: —No…

voy a decirte…

nada.

Alexander lo miró fijamente a los ojos, estudiándolo.

—Pero acabas de decirme algo… —dijo Alexander—.

Cuando mencioné Siberia y el Lejano Oriente, no tuviste ninguna reacción, así que dudo que tus matones se escondan en esa región.

Pero cuando dije «cerca», tus pupilas se dilataron, un marcador de reconocimiento.

Porque reconoces que «cerca» es la respuesta a mi pregunta.

Así que hemos reducido la búsqueda a esta zona.

Lo que quiero saber es la ubicación exacta.

Alexander empezó a enumerar nombres.

—Vilnius, Riga, Reval, Varsovia, Moscú, Minsk, Kiev, Smolensk, Járkov, Helsinki…
Gabriel parpadeó al oír Helsinki.

Otro marcador de reconocimiento.

—Así que tus camaradas están en Finlandia, ¿eh?

—preguntó Alexander.

Al dar en el blanco, Gabriel rugió: —¡Tú!

¡¿Qué le has puesto al agua?!

—Oh, acabas de confesarlo.

¿Así que están en Helsinki, eh?

Muy bien, como me has dado lo que quería, te diré qué había en el agua…
—El agua que has bebido estaba mezclada con un extracto de pétalos de beleño negro.

No tiene sabor, así que no lo notarías.

El extracto está cargado de escopolamina, que modula las vías nigroestriatales del cerebro.

En pocas palabras, te ablanda y te vuelve más susceptible a la sugestión —explicó Alexander con aire arrogante, y añadió—: Puedes considerarlo un suero de la verdad…, pero eso no existe.

—¡Maldito!

¡Voy a matarte!

—gritó Gabriel, revolviéndose con más fuerza contra sus ataduras.

—Es inútil…

—dijo Alexander, con un brillo gélido en la mirada—.

¡Dmitri!

Dmitri entró apresuradamente en la sala de interrogatorios.

—¿Sí, Su Majestad?

—Organiza un grupo operativo de inmediato y localiza a todos los insurgentes de Helsinki.

Decretaré el cierre del Gran Ducado de Finlandia y los acorralaremos como a ratas en una trampa.

—¡Entendido!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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